Supay: cómo los muertos de los Andes se convirtieron en el diablo
Supay no era el dios inca del mal: era la palabra para los muertos y su sombra, hasta que unos diccionarios del siglo XVI le pusieron cuernos. Hoy los mineros de Potosí se la dan al Tío, y le siguen dando de comer.
En las galerías del Cerro Rico de Potosí, a más de cuatro mil metros de altura, hay figuras de barro sentadas en la oscuridad. Tienen cuernos, ojos de vidrio y una boca muy abierta en la que los mineros dejan hojas de coca y cigarros encendidos. Las llaman el Tío. Si les preguntas quién es, unos te dirán que es el diablo, otros que es el dueño del mineral, y bastantes usarán una tercera palabra, en quechua: Supay.
En internet esas galerías salen como la mina donde se adora al demonio, y casi todo lo que se publica sobre Supay repite la misma idea: que era el dios inca del mal, el señor del inframundo, una especie de Hades de los Andes. Pero en las listas de divinidades que dejaron los cronistas no hay ningún dios Supay. Antes de 1532 la palabra tenía que ver con los muertos, con su sombra y con lo que queda de nosotros cuando nos morimos. Los cuernos se los pusieron después, y en buena parte con tinta.
Si la prefieres contada, está entera en el vídeo Supay: la historia completa.
¿Qué es Supay en la mitología inca?
La respuesta corta es que Supay no es un personaje, sino una clase de seres. En los primeros diccionarios coloniales la palabra se aplica a espíritus de varias clases, a las huacas que se veneraban y a algo emparentado con la sombra de las personas; hoy, en cualquier diccionario de quechua, significa simplemente «diablo» [1]. Entre un extremo y otro median unos ochenta años de frailes, catecismos y hogueras. El trabajo más fino para reconstruir lo que había antes lo hizo el filólogo Gerald Taylor, en un artículo de 1980 que sigue siendo la referencia.
Los griegos tenían a Hades y Perséfone, una pareja de reyes sentada en el trono de los muertos. En los Andes no hay un rey de abajo, y por eso las comparaciones con Hades o con Mictlantecuhtli, el señor mexica de los muertos, despistan más de lo que ayudan.
Conviene decir desde el principio por qué todo esto es difícil. Los pueblos andinos no escribían con letras: llevaban las cuentas en cuerdas anudadas, los quipus, mientras la memoria pasaba de boca en boca, de manera que casi todo lo que sabemos de cómo pensaban la muerte lo escribieron después de 1532 personas que llegaron de fuera o que se educaron con ellas, frailes, cronistas, curas que perseguían idolatrías y algún autor indígena ya bautizado, cada uno con sus intereses y con su idea de lo que estaba viendo. Para saber qué era supay antes de ellos hay que leer entre líneas, y lo que sale son pistas.
Los muertos que no se iban del todo
En los Andes los muertos no desaparecían. Los cuerpos de los antepasados se conservaban envueltos en tejidos, en cuevas y en casas de piedra. Se les llevaba comida y bebida. Los curas del siglo XVII los llamaban mallquis, y el jesuita Pablo José de Arriaga escribió que, después de las huacas de piedra, eran lo que más se veneraba: los huesos o los cuerpos enteros de los progenitores [2].
El cronista indígena Guamán Poma de Ayala dibujó hacia 1615 el calendario andino mes a mes. Noviembre es el Aya Marq'ay Killa, el mes de llevar a los difuntos, y cuenta que ese mes los sacaban de sus bóvedas, les daban de comer y de beber, los vestían con sus ropas más ricas y cantaban y bailaban con ellos [3]. A cualquiera que haya puesto una mesa para sus difuntos en Todos Santos, ese noviembre le resultará familiar.
El mundo de abajo tampoco era un lugar de castigo. Cada linaje tenía su pacarina, el sitio del que habían salido sus primeros antepasados: un cerro, una cueva, un manantial o una laguna. Arriaga lo resume con fastidio, porque unos decían que tal cerro y otros que tal fuente [2]. Los incas, que se decían descendientes del dios Inti, situaban su origen en una cueva cerca del Cuzco, de la que salieron, según el relato más conocido, Manco Cápac y Mama Ocllo con sus hermanos. De dentro de la tierra había salido la gente, y allí volvían los muertos.
¿Por qué los muertos ya no vuelven? La mazorca de Huarochirí
Hay un texto que deja oír todo esto casi desde dentro. Hacia 1608, en Huarochirí, en la sierra de Lima, alguien escribió en quechua lo que la gente contaba de sus dioses y sus antepasados. Es el Manuscrito de Huarochirí, y su capítulo 27 explica por qué los muertos ya no vuelven [4]. En los tiempos muy antiguos, cuando alguien moría, se velaba su cuerpo durante cinco días. El alma salía volando, no más grande que una mosca. Al quinto día regresaba. Una vez un difunto se retrasó y llegó al sexto. Su mujer, que llevaba esperándolo, se enfadó y le tiró una coronta de maíz, una mazorca. El alma se dio la vuelta y se marchó, y desde entonces los muertos ya no vuelven.

A mí me gusta mucho esta historia porque la muerte definitiva no la trae ningún dios ofendido, sino una mujer harta de esperar, con una mazorca en la mano. También dice algo sobre aquel mundo: los muertos andinos se iban al otro lado, pero el otro lado estaba cerca; durante un tiempo hubo ida y vuelta. Una precisión, para no sacarlo de quicio: en ese capítulo el texto quechua llama al alma anima, la palabra castellana, no supay [4].
¿Qué significaba supay antes de la conquista?
Según las pistas que reunió Taylor, supay nombraba algo cercano a la sombra o al alma de los muertos, y también a ciertos espíritus poderosos y ambivalentes, que podían protegerte o hacerte daño y con los que había que llevarse bien [1]. Las pistas son de varias clases. En algunos pueblos de Áncash, en la sierra del Perú, el quechua actual conserva hupay con el sentido de «alma» o «espíritu». En el texto de Huarochirí, cuando el autor quiere hablar de espíritus malos, escribe mana alli supay, «supay no buenos», y Taylor anota que, si supay ya hubiera sido el demonio, no habría hecho falta aclarar que no eran buenos [4].
Ahora, la otra cara, porque esto no es tan limpio como a veces se cuenta. Los primeros frailes que llegaron a la sierra hacia 1560 ya oían supay como nombre del demonio, y el propio Taylor admite que antes de la conquista pudo haber una idea de muertos temibles, castigados en el mundo de abajo [1]. Lo que se puede decir sin exagerar es que la palabra tuvo un sentido más amplio, ligado a la sombra y a los muertos, y que lo que vino después fue estrecharla hasta dejarla en una sola cosa.
Cómo un diccionario convirtió a Supay en el diablo
Para entenderlo hay que ponerse en el lugar de un fraile del siglo XVI que tiene que predicar en una lengua que no es la suya a gente que no conoce sus conceptos. Para unas palabras, como Dios o alma, se trae la castellana tal cual. Para otras busca en la lengua de allí algo que se parezca, y para «demonio» lo más parecido que encontraron fue el espíritu de los muertos.
En 1560 el dominico Domingo de Santo Tomás publicó en Valladolid el primer vocabulario del quechua. En el folio 131, una entrada debajo de otra, se lee: «çupay, angel, bueno, o malo» y «çupay, demonio, o trasgo de casa»; el trasgo era el duende doméstico de Castilla [5]. Un poco más abajo aparece çupaypa guacin, «infierno, lugar del demonio». Las dos cosas conviven en la misma página, el sentido amplio y el que se estaba imponiendo.

https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/4/4c/Lexicon_o_Vocabulario_de_la_lengua_general_del_Peru_1560.jpgCuarenta y ocho años después, en 1608, el jesuita Diego González Holguín publicó en Lima su gran vocabulario, y ahí çupay ya es una sola cosa: «El demonio». En la línea de abajo aparece otra palabra, çupan, «la sombra de persona, o animal» [6]. La sombra sigue pegada al diablo en la página, pero ya con otro nombre. En el altiplano pasó lo mismo con el aimara. En 1612 otro jesuita, Ludovico Bertonio, traduce «Demonio» por supayo, un préstamo del quechua. Añade que antiguamente se decía hahuari, «que es fantasma»; en otra parte del libro define hahuari como el muerto o algo así como su sombra [7]. Dos lenguas, dos diccionarios, y en los dos el diablo cristiano ocupa el sitio de los muertos.
Es lo que más me impresiona de toda la historia. No hizo falta prohibir a los antepasados; bastó con elegir bien la palabra con la que se los iba a nombrar desde el púlpito.
¿Qué es el Uku Pacha y cómo se convirtió en el infierno?
El paso siguiente fue imprimirlo. En 1583 un concilio de obispos reunido en Lima, el Tercer Concilio Limense, decidió que la doctrina se enseñara con textos únicos y fijos, y al año siguiente salió de la imprenta de Antonio Ricardo la Doctrina Christiana y catecismo, el primer libro impreso en Sudamérica. En su catecismo mayor se cuenta la caída de los ángeles rebeldes, que con su señor Satanás fueron arrojados al Uku Pacha [8]. Uku es lo de dentro, lo hondo. Holguín traduce Vcupacha como «el infierno, o lugar hondo» [6]. Aquel mundo de dentro era el de las pacarinas y los antepasados, y desde entonces era el sitio de Satanás.
Con el mundo de arriba (el Hanan Pacha, que pasó a ser el cielo) y el de en medio (el Kay Pacha) quedaba un esquema de tres pisos que se parece mucho a cielo, tierra e infierno. Por eso conviene mirar con algo de desconfianza las infografías de los tres mundos de la mitología inca que circulan por internet. Las palabras existían; lo que no consta antes de la catequesis es un sistema tan ordenado, con un infierno de castigo abajo, y las antropólogas que han trabajado en Bolivia, como Thérèse Bouysse-Cassagne y Olivia Harris, lo describen como una superposición colonial [9]. Otras culturas imaginaron tribunales que juzgan a las almas, como los diez de el Diyu chino; el infierno que acabó instalado en el Uku Pacha llegó en los catecismos.
Hubo quien le dio el último retoque desde Europa. El Inca Garcilaso de la Vega, hijo de un conquistador y de una noble inca, publicó en Lisboa en 1609 sus Comentarios Reales, y en ellos cuenta que los incas, para nombrar a Supay, escupían primero en señal de maldición, y que llamaban Hurin Pacha, «mundo bajo», a la tierra donde vivimos [10]. Es una fuente valiosa, pero hay que leerla sabiendo desde dónde escribe: desde Córdoba, a casi cincuenta años de haber salido del Cuzco, como católico convencido y con un propósito muy claro, demostrar que los incas ya intuían al Dios verdadero, al que llamaban Pachacámac. Para que ese dios fuera el bueno, el diablo tenía que ser otro. En su libro, el otro se llama Supay.
Las hogueras de los antepasados
Después llegó la parte más dura. A principios del siglo XVII, la Iglesia organizó en la sierra de Lima campañas de extirpación de idolatrías: los visitadores entraban en los pueblos, interrogaban a la gente, buscaban en las cuevas los cuerpos de los antepasados y los quemaban. Arriaga escribió en 1621 un manual para hacerlo bien, y en él cuenta que en los pueblos de la sierra se creía que las almas iban a una tierra llamada Upa marca, la tierra de los mudos [2]. Taylor se pregunta si detrás de ese nombre no estará supaymarca, el país de las sombras, aunque no pasa de ser una hipótesis [1].

Lo que no cabía en la doctrina era que un abuelo muerto siguiera teniendo un sitio en la mesa. Así que los antepasados sin bautizar pasaron a ser almas condenadas, y su nombre pasó a ser el del diablo. El blog ha seguido ese camino en otras culturas, desde el demonio Baal hasta otros dioses antiguos convertidos en demonios, pero en los Andes tiene una particularidad: lo que se demonizó no fue un dios con templo, sino los propios abuelos. Guamán Poma, que era indígena y cristiano ferviente, ya escribe zupay como diablo sin la menor duda y recoge maldiciones como Zupay apasunqui, que te lleve el diablo [3].
¿Quién es el Tío de la mina de Potosí?
Hasta aquí, la historia de una palabra. Debajo de la tierra pasaba otra cosa, y ahí supay empezó una segunda vida. En 1545 se empezó a sacar la plata del Cerro Rico de Potosí, y en 1573 el virrey Francisco de Toledo organizó la mita minera, el trabajo forzoso por turnos: desde 1578 y hasta la década de 1680 llegaron unos catorce mil hombres al año, de dieciséis corregimientos, repartidos en tercios, uno trabajando y dos descansando, al menos en teoría [11].

https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/7/77/1553-cerro_rico-cieza.pngSeguramente has oído que en Potosí murieron ocho millones de indígenas. La cifra la hizo famosa Eduardo Galeano en Las venas abiertas de América Latina, tomándola de un compilador inglés del siglo XIX que nunca pisó América, y no hay ninguna estimación académica de esa magnitud. No hace falta inflarla: lo que se sabe ya es bastante duro.
Hoy el Cerro Rico lo trabajan cooperativas de mineros, y en los ensanches de sus galerías está el Tío de la mina, una figura hecha con el barro de la propia montaña. La antropóloga Pascale Absi, que estudió durante años a los mineros de Potosí, cuenta que lo llaman indistintamente supay, diablo o maestro. Según ella, es a la vez el más diabólico y el más sociable de los seres de abajo [9]. Los martes y, sobre todo, los viernes se le hace la challa: coca en la boca, un cigarro encendido y alcohol de caña de 96 grados derramado en el suelo, y se le pide que la veta salga buena y que la montaña no se les venga encima.
Lo interesante es el trato que tienen con él. El Tío es el verdadero patrón de la mina, el dueño del mineral, pero está en deuda con los hombres que lo alimentan [9]. Si le das, te da. Si te olvidas de él, se cobra. Se parece mucho a lo que se hacía con los mallquis: alguien de abajo a quien se da de comer y con quien se negocia. Hay además un detalle que suele contarse al revés. En Potosí, la llama que se sacrifica el 1 de agosto ante la boca de la mina no es para el Tío, sino para la Pachamama, que también vive abajo y a la que los mineros tienen por su mujer; Absi explica que la sangre del animal ocupa el lugar de la de los hombres, una sustitución que remite a los sacrificios humanos que los cronistas atribuyeron a los incas [9].
¿Qué es la Supay Fiesta y por qué vuelven los muertos?
Falta saber quiénes son, en el fondo, esos diablos de abajo. Los mineros identifican al Tío con las almas de los condenados, y en especial con las de los mineros que murieron en la mina [9]. El diablo del Cerro Rico, el que lleva el nombre de supay, es también un muerto.
En el campo del norte de Potosí se va todavía más lejos. Allí, según la antropóloga Olivia Harris, los muertos vuelven con las primeras lluvias y se quedan entre los vivos hasta Carnaval, y el Carnaval, en esa zona, se llama Supay Fiesta, la fiesta de los supay. Cuando termina, se despide a las almas y se las devuelve a su mundo [9].

Para mí, esto es lo mejor de toda la historia. Siglos de catecismo hicieron de supay el nombre del diablo, y la gente siguió usando esa misma palabra para los que vuelven cada año a comer con su familia. Aquella mujer de Huarochirí le tiró una mazorca a su marido por llegar tarde, y desde entonces, decía el texto, los muertos ya no volvían. En el norte de Potosí vuelven cada año.
La próxima vez que veas a alguien entrar con una cámara en una mina de Potosí para enseñar dónde se adora al diablo, acuérdate de quién está sentado en esa galería. Lo que hay allí es más viejo que el diccionario de 1560: gente que trabaja dentro de la tierra y que no entra en casa ajena sin pedir permiso ni sin llevar algo de comer, como hacían sus abuelos con sus muertos. Supay no era el rey de ningún infierno, sino el nombre de lo que queda de nosotros cuando nos morimos, y lo convirtieron en el diablo a fuerza de diccionarios y de hogueras. Aun así, cada viernes, debajo del Cerro Rico, alguien le sigue poniendo coca en la boca. ¿Qué nombre le darías tú a quien te espera al otro lado?
Preguntas Frecuentes
¿Supay era el dios inca de la muerte?
No. Supay no aparece como dios ni como rey del inframundo en Guamán Poma, en Garcilaso ni en el Manuscrito de Huarochirí. Era una clase de espíritus, ligada a los muertos y a su sombra, que los misioneros usaron para traducir «demonio».
¿Qué tiene que ver Supay con la Diablada de Oruro?
La Diablada es la danza principal del Carnaval de Oruro, proclamado por la Unesco en 2001, que la describe como la llama llama o diablada [12]. En 1612 Bertonio ya anotaba Llama llama entre los «diablillos de las danzas» aimaras [7], y en las diabladas de hoy baila un personaje llamado Supay o China Supay.
¿Por qué el diablo de la mina se llama Tío?
No se sabe. La explicación más repetida dice que viene de «Dios», porque el quechua y el aimara no tienen el sonido de la d, pero nadie lo ha documentado. Otros lo relacionan con una palabra quechua para la arena o con el «tío» con que se saluda a un forastero; lo más probable es que no tenga un solo origen [9].
Fuentes y referencias bibliográficas
- Taylor G. Supay. Amerindia. 1980;5.
- Arriaga PJ de. Extirpación de la idolatría del Pirú. Lima; 1621.
- Guamán Poma de Ayala F. El primer nueva corónica y buen gobierno [c. 1615]. Edición digital de la Biblioteca Real de Dinamarca, Copenhague [citado 2026 Oct 11].
- Taylor G, editor y traductor. Ritos y tradiciones de Huarochirí del siglo XVII. Lima: Instituto de Estudios Peruanos / Instituto Francés de Estudios Andinos; 1987.
- Santo Tomás D de. Lexicon, o Vocabulario de la lengua general del Peru. Valladolid: Francisco Fernández de Córdova; 1560.
- González Holguín D. Vocabulario de la lengua general de todo el Peru llamada lengua Qquichua, o del Inca. Lima: Francisco del Canto; 1608.
- Bertonio L. Vocabulario de la lengua aymara. Juli: Francisco del Canto; 1612.
- Tercer Concilio Limense. Doctrina Christiana y catecismo para instruccion de los Indios. Lima: Antonio Ricardo; 1584.
- Absi P. Los ministros del diablo. El trabajo y sus representaciones en las minas de Potosí. La Paz: IRD / IFEA / PIEB; 2005.
- Garcilaso de la Vega I. Comentarios Reales de los Incas. Lisboa: Pedro Crasbeeck; 1609. Edición del Museo Inca Garcilaso, Cusco.
- Gil Montero R, Zagalsky PC. Colonial Organization of Mine Labour in Charcas (Present-Day Bolivia) and Its Consequences (Sixteenth to the Seventeenth Centuries). Int Rev Soc Hist. 2016;61(S24):71-92.
- Carnival of Oruro. UNESCO, Patrimonio Cultural Inmaterial. 2008 [citado 2026 Oct 11].