El infierno chino (Diyu): la historia completa y por qué no es para siempre
En China, morir era el principio de un trámite: diez tribunales en fechas fijas, un expediente con tu nombre y, al final, una anciana con un cuenco de caldo para olvidarlo todo y volver a nacer.
¿Cuánto tiempo se pasa uno en el infierno? En la China antigua la pregunta tenía respuesta, y venía con fechas. A los siete días de morir comparecías ante el primer juez y a los catorce ante el segundo; así hasta diez tribunales repartidos a lo largo de tres años, cada uno con su mesa, sus escribanos y tu expediente abierto encima. Al final del último pasillo te esperaba una anciana con un cuenco de caldo. Te lo bebías, se te olvidaba todo lo que habías sido y volvías a nacer.
A eso lo llamamos el infierno chino, y casi todo el mundo se lo imagina como el cristiano con otros demonios: llamas, torturas, una puerta que ya no se abre. Las listas que circulan por internet hablan de los 18 niveles del infierno y los recorren como un museo del horror. Pero en las fuentes chinas, para casi todos los condenados, la pena tenía fecha de cumplimiento. El Diyu era un tribunal que llevaba papeles, y de él se salía. Esta es su historia completa, de dónde viene, cómo te venían a buscar, qué se juzgaba en cada sala y por dónde se salía. Si la prefieres escuchar, está contada entera en el episodio del podcast.
¿Qué es el Diyu, el infierno chino?
Diyu quiere decir «la prisión de la tierra», y el nombre llegó tarde. Hace unos 2.700 años, un duque de Zheng se enfadó tanto con su madre, que había apoyado una rebelión de su hermano pequeño, que la desterró y le juró que no volverían a verse hasta las Fuentes Amarillas, el agua de debajo de la tierra adonde bajan los muertos. Se arrepintió enseguida, pero un juramento es un juramento, y un consejero le dio la salida: cavar hasta el agua y verse con ella en el túnel [1]. Antes de que existiera ningún infierno, el más allá chino era ya un lugar donde una madre y un hijo podían encontrarse bajo tierra.
En tiempos de la dinastía Han se decía que las almas volvían al monte Tai, una montaña sagrada del este. Allí las gobernaba un magistrado que sabía cuántos años de vida le tocaban a cada persona [2]. Antes de que hubiera castigos, alguien llevaba ya la cuenta. Cuando llegaron de la India los monjes budistas hablando de infiernos donde se pagaban las malas acciones, los traductores no inventaron palabra nueva y los llamaron «el infierno del monte Tai». Con los siglos el budismo, el taoísmo y la religión popular fueron colocando encima a sus propios jueces, y por eso el infierno chino tiene diez reyes a los que preside, desde el cielo, el Emperador de Jade, el más alto de los dioses chinos en la religión popular.
Conviene avisar de una cosa antes de seguir. Del infierno chino no hay un libro canónico, como hay una Divina Comedia: hay un sutra de hace más de mil años, un libro de moral del siglo XIX que fijó la imagen que pintaban los templos y muchos cuentos que se tomaron el más allá bastante a broma. No siempre coinciden en los nombres ni en el orden de los reyes.
Los mensajeros del infierno y los errores de nombre
Lo primero que te pasaba al morir es que venían a buscarte. En los templos se pintan unos mensajeros con cabeza de buey y cara de caballo que se llevan al difunto encadenado, y otros dos, hoy los más populares, los mensajeros de la Impermanencia, uno vestido de blanco y otro de negro, con unos sombreros altísimos. El escritor Lu Xun contaba en 1926 que en su tierra el blanco llevaba escrito en el sombrero «al verme, buena suerte», aunque en algunas estampas ponía otra cosa bastante menos tranquilizadora: «tú también has venido» [3].
Traían una orden con tu nombre, y ahí empezaban los problemas, porque en China hay muchísima gente que se llama igual. Un cuento de época Tang habla de una mujer, la señora Liang, que estuvo siete días muerta. Un escribano revisó su expediente y vio el error, que se llamaba como la mujer a la que había que llevarse. El funcionario mandó soltarla, pero el escribano propuso otra cosa: ya que estaba allí, que cumpliera lo suyo antes de irse. Como en vida solo había pecado de chismosa y de malhablada, se pasó la semana con la lengua fuera, y volvió a casa con ella hinchada y llena de llagas [4].
La citación más famosa de todas es la de un mono. En la novela Viaje al Oeste, de finales del siglo XVI, dos mensajeros le echan el lazo a Sun Wukong, el Rey Mono, mientras duerme la borrachera. Él se despierta, los muele a palos, entra en la sala de los diez reyes y se sienta en su sitio. Los reyes, de pie, le explican con mucha educación que bajo el cielo hay mucha gente con el mismo nombre y que a lo mejor sus mensajeros se han confundido. Él pide ver el registro, que viene ordenado por especies, y encuentra su ficha en la serie Alma, número 1.350: mono de piedra, 342 años de vida asignada, muerte natural [5].

Pide un pincel, lo carga bien de tinta y tacha su nombre, y ya puesto, el de todos los monos del libro. Lo cierra y da la cuenta por saldada. Quien conozca la leyenda del Rey Mono por sus peleas con el cielo suele saltarse este episodio, y a mí me parece de los mejores de la novela por lo que hacen después los reyes, que en lugar de perseguirle redactan una queja formal. La novela añade que desde entonces hay monos en las montañas que no envejecen, porque en el más allá ya no les queda nombre.
Los diez tribunales del infierno chino
El calendario lo fija el Sutra de los Diez Reyes, escrito en China hace más de mil años. El muerto comparece ante el primer rey a los siete días, ante el segundo a los catorce y así, semana a semana, hasta el séptimo, a los cuarenta y nueve. El octavo lo recibe a los cien días, el noveno al año y el décimo a los tres años [6]. Eran las fechas en las que la familia tenía que hacer ofrendas, y el sutra avisa de que, si se saltaban una, el difunto se quedaba retenido delante de un rey y perdía un año entero antes de poder renacer. Para comprobarlo, los reyes mandaban inspectores, jinetes vestidos de negro en caballos negros, que iban a casa del difunto a ver si los vivos cumplían. El expediente avanzaba o se atascaba según lo que se hiciera arriba [2].
Las salas, tal como las pintaban los templos, salen del Yuli, el «precioso registro de jade», un libro de moral del siglo XIX [7]. En el primer tribunal está el espejo, colgado de una terraza que mira al este, con un rótulo que dice que ante él no hay nadie bueno: te ponen delante y ves lo que hiciste. A partir de ahí, la lista de delitos se parece mucho a un código penal. En el segundo tribunal se juzga a los que secuestran niños y a los médicos que cobran sin saber curar; en el tercero, a los que falsifican firmas y sellos o retocan los libros de cuentas; en el cuarto, a los que no pagan impuestos, trucan la balanza o venden el arroz aguado. En el sexto, a quien acapara grano para que suba el precio, y también, por algún motivo que el libro no explica, a quien orina mirando al norte.
El quinto lo preside Yama, el rey de los muertos que el budismo trajo de la India y el más famoso de los diez. En el Yuli habla en primera persona y cuenta que antes ocupaba el primer tribunal, pero que le daban pena los que morían injustamente y los dejaba volver una y otra vez al mundo de los vivos para que se reparase el agravio. Lo trasladaron, degradado, al quinto. El rey del infierno perdió el puesto por compasivo, con una palabra, jiangdiao, que es la que se usaba para rebajar de rango a un funcionario.

https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/d/db/Jin_Chushi._Yama_the_Fifth_King_of_Hell%2C_late_12_century._Metmuseum.jpgJunto a su sala hay una torre con sesenta y tres escalones de cuchillos, la Terraza de Mirar la Tierra Natal. Los buenos no suben; suben los malos, que desde arriba ven y oyen a su familia. Uno se imagina que lo que ven es a los suyos llorando, y lo que ven es la herencia, el testamento que no se cumple, la viuda que ya piensa en casarse otra vez, el reparto desigual. El libro lo resume con una frase que a mí me parece de lo mejor de todo el Diyu: lo que el muerto debía a los vivos se cobra hasta el último céntimo, y lo que los vivos le debían a él se pierde por falta de pruebas.
¿Cuántos niveles tiene el infierno chino?
Debajo de cada tribunal están las prisiones, y ahí sí aparece todo lo que uno espera: montañas de cuchillos, calderos de aceite, molinos, camas de hierro al rojo. Con un detalle que lo empeora, porque al pasar de una prisión a la siguiente el condenado recupera el cuerpo entero, como recién muerto, para poder sufrir otra vez desde el principio. Lo que no aparece es la famosa cifra. El propio Yuli avisa de que todo el mundo habla de dieciocho niveles y no es así. Según sus cuentas, entre grandes y pequeñas hay 138 prisiones [7].
El dieciocho tampoco eran pisos de un edificio. Viene de un sutra antiguo que describía ocho infiernos de fuego y diez de frío, puestos uno junto al otro. La cifra redonda sobrevivió a todo lo demás. Así que, si alguien pregunta cuántos niveles tiene el infierno chino, la respuesta honesta depende del libro que se tenga delante, y el que más se pintaba en los templos da 138.
¿El infierno chino es eterno?
Para casi todo el mundo, no. En el Yuli, sala tras sala, se repite la misma fórmula: cumplida la pena, se le traslada al tribunal siguiente. Es lenguaje de cárcel, y las cárceles tienen fecha de salida. El historiador Stephen Teiser lo explica con la idea budista de la impermanencia: el infierno también es un lugar de paso, y quien vuelve de él para contarlo lo hace para que los vivos cambien de conducta antes de que les toque [8]. Tampoco hay que pintarlo amable, porque algunas penas se medían en eras enteras del universo y el libro guarda condenas que llama para siempre, como la de los malos hijos, que renacen como animales una vida tras otra. Son la excepción. Si hay que compararlo con algo cristiano, el Diyu se parece mucho más al purgatorio, con la familia echando una mano desde fuera, que al infierno de Dante.
Y si todo depende de un expediente, alguien tenía que preguntarse qué pasa cuando el expediente se toca. Viaje al Oeste lo cuenta con un emperador de verdad, Taizong, de la dinastía Tang. Se está muriendo, y su ministro le mete en la manga una carta de recomendación para un antiguo colega que ahora trabaja en el más allá como juez del registro de la vida y la muerte, el juez Cui.

Allí abajo, Cui abre el libro de las vidas de los reyes de la tierra y ve que el emperador debía morir en el año trece de su reinado, que es justo el que corre. Se sobresalta, coge un pincel gordo, lo carga de tinta y al carácter que significa «uno» le añade dos rayas. El trece se convierte en treinta y tres, y Yama le dice al emperador que esté tranquilo, que todavía le quedan veinte años [5]. A la salida, las almas de los muertos en sus guerras le cortan el paso y hay que pagarles; el emperador firma un préstamo contra los depósitos que un hombre vivo tiene en el más allá, con el juez de avalista. Lo único que le piden los diez reyes a cambio es fruta, calabazas, que allí abajo no tienen.
Meng Po y la sopa del olvido
Cumplidas las penas, el alma llega a la última ventanilla, la de una anciana a la que llaman la abuela Meng, Meng Po. El Yuli le da hasta biografía: una mujer que llegó soltera a los ochenta y un años sin pensar en el pasado ni en el futuro, y que de sí misma solo recordaba el apellido. Como había almas que renacían acordándose de todo y se iban de la lengua con los secretos del más allá, el Cielo la nombró diosa y le encargó que lo arreglara [7]. Su caldo, la sopa del olvido, está hecho con hierbas del mundo de los vivos y tiene cinco sabores a la vez, dulce, amargo, picante, ácido y salado. Al que se niega a beberlo le salen del suelo unos ganchos que le traban los pies y le meten un tubo de bronce en la garganta. Después se cruza un puente de bambú sobre un torrente de agua roja, y en la otra orilla un letrero avisa de que nacer hombre es fácil y ser persona, difícil.
Meng Po es bastante moderna. El río de los muertos, el Naihe, ya está en textos de hace mil años, pero ella no aparece en ninguno. Una de sus primeras apariciones seguras es en una novela de finales de la dinastía Ming, y allí su caldo hace justo lo contrario: no hace olvidar sino confesar, y la protagonista cuenta toda su vida sin necesidad de tortura mientras la abuela levanta acta [9]. La idea de beber para olvidar antes de volver a nacer, en cambio, tiene parientes lejos de China. Los griegos tenían el río Leteo, y en el mito de Er que cuenta Platón las almas eligen su próxima vida y beben de esa agua antes de renacer, unas más y otras menos, según lo sensatas que sean.
Como toda ventanilla, esta también tenía quien se la saltara. En los cuentos de fantasmas de Pu Songling, de finales del siglo XVII, un letrado que recordaba sus vidas pasadas explica por qué: cuando el rey del infierno le ofreció té, vio que su taza estaba turbia como el vino de arroz y la del rey transparente. Sospechó y aprovechó un descuido para vaciarla por la esquina de la mesa. Le tocó renacer como caballo, luego como perro y luego como serpiente, y por fin volvió a ser hombre acordándose de todo [10]. Desde entonces aconsejaba poner siempre una manta gruesa debajo de la silla de montar. Lo último que se decidía, en el décimo tribunal, era la vida siguiente, en una oficina de ochenta y una secciones cuyos escribanos ascendían si pasaban cinco años sin cometer un error.
Mulian, el hijo que bajó a buscar a su madre
La historia del infierno chino que más se ha contado, la que se representaba en los teatros durante días, es la de un hijo que baja a buscar a su madre. Mulian era uno de los discípulos del Buda, y su versión más completa está en un manuscrito de Dunhuang copiado en el año 921 [11]. Antes de hacerse monje se llamaba Luobu y era comerciante. Un día se fue de viaje y le dejó a su madre, la señora Qingti, dinero para que diera limosnas; ella, que era tacaña, se lo guardó y le juró a la vuelta que había hecho todas las ofrendas. Al morir fue a parar a la más honda de las prisiones.
Mulian, que ya tenía poderes, bajó a buscarla. Lo primero que encontró fue la burocracia. Yama manda llamar a los funcionarios del registro, y uno contesta que esa señora lleva tres años muerta y que su expediente está en el libro del viejo magistrado del monte Tai, el de los chinos de antes. Un santo budista, en un infierno budista, tiene que esperar a que alguien consulte el archivo de otra administración. Le mandan a otra oficina, cruza el río Naihe, donde los condenados cuelgan la ropa de los árboles y lloran sin poder cruzar, y empieza a ir de prisión en prisión preguntando si está allí la señora Qingti. En una le contestan que allí solo hay hombres.
En la última, el carcelero sube a una torre, iza unos estandartes y golpea un tambor de hierro, compartimento por compartimento, llamándola. En el séptimo está ella, clavada a una cama de hierro con cuarenta y nueve clavos, y cuando le dicen que fuera hay un monje que dice ser su hijo, responde que ella no tiene ningún hijo monje, que será un error. Él le dice cómo le llamaban de pequeño, y ella le reconoce. Por segunda vez en esta historia, una madre y un hijo se encuentran debajo de la tierra. Salir de la prisión, sin embargo, no la salva. Se ha convertido en un fantasma hambriento con una garganta tan estrecha como el ojo de una aguja, y cuando su hijo le lleva un cuenco de arroz lo tapa con la mano mirando a los lados por si alguien se lo quita; antes de llegarle a la boca, el arroz se convierte en fuego.

El Buda le dice a Mulian que su madre solo podrá comer un día al año, el quince del séptimo mes, cuando los monjes terminan su retiro y se les ofrece comida en cuencos [12]. Ese día come, y desaparece. Ha renacido como perra negra en una ciudad de la India, y cuando su hijo la encuentra le muerde el hábito y le habla con voz humana. Mulian reza por ella siete días, y al séptimo la madre se quita la piel de perra, la cuelga de un árbol y vuelve a ser mujer. De esta historia sale el Festival de los Fantasmas Hambrientos, que se celebra ese mismo día desde hace unos 1.500 años y todavía llena de ofrendas las calles de muchas ciudades de Asia.
Un más allá con ventanillas
De todo esto, lo que más me llama la atención es la oficina. En otras culturas el más allá es un paisaje, un jardín o un campo de cañas; en China es una administración, y es bastante más antigua que los monjes y los novelistas. En una tumba del año 167 a. C., en el centro de China, apareció un documento que acompañaba al muerto. Lo firma el vicegobernador de la ciudad y va dirigido al «vicegobernador de abajo»: le informa de que llega un vecino con veintiocho esclavos, dieciocho esclavas, dos carros ligeros y un carro de bueyes, y le pide que sus funcionarios procedan en consecuencia. Lo primero que se llevaban los muertos chinos a la tumba no era una oración sino un formulario. Los egipcios, con el Libro de los Muertos, también bajaban con instrucciones escritas; la diferencia es que las suyas eran fórmulas para el juicio, y estas, papeles de traslado.
Siglos después se enterraban contratos de compra de la tierra, para que nadie pudiera demandar al muerto ante los tribunales de abajo [13]. Desde al menos el siglo VII se quemaba dinero de papel, primero en imitación de oro, plata y seda, para que llegara al otro lado [14], y en la capital de la dinastía Song los mercados vendían en la fiesta de los muertos botas, gorros de funcionario y cinturones de papel. Hoy se queman móviles, coches, bolsos de marca y los billetes del Banco del Infierno.

https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/c/cf/Hell_bank_note_from_Singapore.jpgDonde hay dinero hay sobornos, y Pu Songling no se los ahorró. En otro de sus cuentos, un rico ya muerto compra a los carceleros del infierno para que torturen a su enemigo; el hijo de la víctima baja a denunciarlo y va subiendo de instancia en instancia, todas compradas hasta el rey del infierno. Mientras le azotan, grita que se lo merece, quién le manda no tener dinero [10]. Al final tiene que bajar un dios de más arriba a juzgar al rey por corrupción. Aun así, Lu Xun contaba que la gente de su tierra quería al mensajero blanco porque el juicio justo estaba en el más allá: ante Yama todos llegan con las manos vacías, el rico y el pobre, y el mensajero lleva en la mano un ábaco enorme para hacer las cuentas [3].
Creo que por eso el infierno chino sigue tan vivo, en los templos, en los dramas de televisión y en los billetes que arden cada verano. Cuenta algo que entiende cualquiera que haya hecho una cola: que el mundo funciona con papeles y que hay quien se cuela con una carta de recomendación, o con dos rayas de tinta. Pero promete a la vez que al final hay una ventanilla donde las cuentas se hacen bien, se cumple la pena, te dan un caldo y empiezas otra vez. Los griegos imaginaron algo parecido, con su propia agua para olvidar y otra reina de los muertos, la de Hades y Perséfone. La pregunta que deja el Diyu es otra, y es bastante más incómoda que la del castigo: si te dieran a elegir en la ventanilla de Meng Po, ¿te beberías el caldo o intentarías tirarlo por la esquina de la mesa?
Preguntas frecuentes
¿Quién es el rey del infierno chino?
Son diez, uno por tribunal, pero el más famoso es Yama (Yanluo Wang), el rey de los muertos que el budismo trajo de la India. Preside el quinto tribunal, y por encima de los diez está, en la religión popular, el Emperador de Jade.
¿Qué es Fengdu, la ciudad de los fantasmas?
Una ciudad a orillas del Yangtsé, en Chongqing, que se identificó con la capital de los muertos por coincidir en el nombre con una montaña taoísta. Desde hace unos 850 años se la asocia al más allá, y hoy está llena de templos, jueces y demonios de piedra.
¿Qué es el dinero del infierno?
Billetes de papel que se queman en funerales y fiestas de difuntos para que el muerto tenga con qué pagar en el más allá. Llevan impresos el Emperador de Jade y la firma de Yama.
Fuentes y referencias bibliográficas
- Zuozhuan, duque Yin, año 1. Texto chino en Wikisource.
- Teiser SF. The Scripture on the Ten Kings and the Making of Purgatory in Medieval Chinese Buddhism. Honolulu: University of Hawai'i Press; 1994.
- Lu Xun. Wuchang [El mensajero de la Impermanencia]. En: Zhaohua xishi. Pekín: Weiming she; 1928 [escrito en 1926].
- Taiping guangji, juan 386. Li Fang, compilador. 978. Texto chino en Wikisource.
- Wu Cheng'en. Viaje al Oeste. Las aventuras del Rey Mono. Gatón EP, Huang-Wang I, traductores. Madrid: Siruela; 1992. Caps. 3, 10 y 11.
- Foshuo Yanluo wang shouji sizhong yuxiu shengqi wangsheng jingtu jing [Sutra de los Diez Reyes]. CBETA X01n0021.
- Yuli baochao [El precioso registro de jade]. Siglo XIX. Texto chino en Wikisource.
- Teiser SF. «Having once died and returned to life»: representations of hell in medieval China. Harv J Asiat Stud. 1988;48(2):433-64.
- Cuhulu, cap. 16. Finales de la dinastía Ming. Texto chino en Wikisource.
- Pu Songling. Liaozhai zhiyi, «Sansheng» (libro 1) y «Xi Fangping» (libro 10). Finales del siglo XVII. Texto chino en Wikisource.
- Da Mujianlian mingjian jiu mu bianwen [Mulian rescata a su madre del mundo de las tinieblas]. Manuscrito de Dunhuang, copia de 921.
- Foshuo yulanpen jing [Sutra de Ullambana]. CBETA T16n0685.
- Hansen V. Negotiating Daily Life in Traditional China: How Ordinary People Used Contracts, 600-1400. New Haven: Yale University Press; 1995.
- Hou Ching-lang. Monnaies d'offrande et la notion de trésorerie dans la religion chinoise. París: Collège de France, Institut des hautes études chinoises; 1975.