Hades y Perséfone: la historia completa de los reyes del inframundo (y por qué no es de amor)
Hoy se cuentan como una historia de amor. En Homero, Perséfone es «la temible»: cumple las maldiciones, decide quién conserva la memoria entre los muertos y hace huir a Odiseo.
¿Qué hace una muchacha raptada cuando deja de ser la muchacha? La versión de Hades y Perséfone que circula hoy responde con una historia de amor: el dios oscuro que vive solo, la chica de las flores que baja con él y acaba queriéndole, una granada partida como promesa. Hay novelas enteras sobre la pareja, un webcómic con millones de lectores y un musical que ganó el Tony. La pregunta es de dónde sale todo eso, porque en las fuentes griegas cuesta mucho encontrarlo.
En la Ilíada [1] y la Odisea [2], que es lo más antiguo que tenemos, Perséfone no aparece nunca como la novia de nadie. Aparece como alguien a quien se le tiene miedo. Lo que viene a continuación es la historia completa de los reyes del inframundo después del rapto: lo que hizo ella cuando se sentó en el trono, quién bajó a pedirle algo, quién bajó a llevársela y qué esperaba de ella la gente corriente cuando se moría.
Si prefieres verla contada, está en el vídeo Lo de Hades y Perséfone no era una historia de amor, y en audio, en el episodio del podcast.
¿Qué le prometió Hades a Perséfone?
El principio cabe en dos frases. Zeus se la prometió a su hermano sin preguntarle, Hades se la llevó bajo tierra mientras cogía flores, y su madre, Deméter, dejó al mundo sin cosecha hasta recuperarla; la recuperó a medias, porque Perséfone había comido allí abajo una semilla de granada y quien come en el mundo de los muertos ya no es del todo de arriba. Lo cuento entero en el rapto de Perséfone, y aquí interesa lo que viene después.
En el Himno homérico a Deméter, el único momento en que Hades habla es la despedida, y lo que le ofrece tiene bastante más de nombramiento que de declaración. Le dice que, cuando esté allí abajo, reinará sobre todo lo que vive y se mueve, y que quien la ofenda y no aplaque su poder con sacrificios recibirá su castigo para siempre [3]. A la muchacha que se llevó del prado le está entregando una jurisdicción.
Ella la estrena enseguida. Para saber si había comido algo bajo tierra, los dioses necesitaban un testigo, y lo hubo: Ascálafo, un servidor de la casa, la había visto en el jardín llevarse a la boca los granos de una granada, y lo contó. En la versión de Ovidio, Perséfone le salpica la cara con agua del río de fuego y a Ascálafo le salen plumas, se le curvan las uñas en garras y se queda convertido en búho, el pájaro que anuncia desgracias. Apolodoro atribuye el castigo a Deméter, primero con una roca encima y luego con el búho [4], pero tampoco en esa versión la familia sale bien parada con los chivatos.
La casa de Hades y Perséfone: nombres que no se decían
A la entrada de la casa hay un perro que mueve la cola a todo el que llega y se come a quien intenta salir. Dentro reinan los dos, y a ninguno de los dos se le llamaba con gusto por su nombre. A él preferían decirle Plutón, «el rico», porque de debajo de la tierra salen el trigo y los metales. Con ella pasaba lo mismo: Platón cuenta que mucha gente le tenía miedo al nombre de Perséfone, y en muchos sitios la llamaban sencillamente Core, la Muchacha [5]. Es el truco de los marineros con el mar o de los pastores con el lobo, el de no nombrar lo que no quieres que te oiga.
El reino tenía su geografía, y los griegos la fueron dibujando con los siglos: el Aqueronte, el río de la aflicción; el Piriflegetonte, que corre en llamas; el Cocito, el de los lamentos, brazo de la Estigia, el agua por la que juran los dioses; y el barquero Caronte, que no lleva a nadie gratis, por eso a tantos muertos se les enterraba con una moneda. Platón añade la pieza que importa para esta historia, la llanura del Olvido, con un río cuya agua borra lo vivido antes de volver a nacer [6]. Es el río Leteo, y la idea que encierra, que el inframundo griego es en el fondo un sitio donde se pierde la memoria, va a volver una y otra vez en lo que sigue.
¿Por qué Homero llama «la temible» a Perséfone?
Homero tiene para ella un epíteto que repite seis veces, epainé, que se traduce como «temible» o «terrible», y no lo usa de adorno: aparece cuando alguien quiere hacer daño de verdad [1]. En el canto IX de la Ilíada, un padre, Amíntor, se entera de que su hijo Fénix se ha acostado con su concubina y le maldice para que nunca siente en sus rodillas a un hijo suyo, y el poeta dice que los dioses cumplieron la maldición, «el Zeus de bajo tierra y la temible Perséfone».

Unos versos más allá, una madre, Altea, se arrodilla, golpea la tierra con las manos, con el pecho mojado de lágrimas, y les pide a Hades y a la temible Perséfone la muerte de su propio hijo. En Homero, quien quiere que una maldición se cumpla no levanta los ojos al cielo; busca a los de abajo. Esa es la primera Perséfone que conocían los griegos, mucho antes que la del prado: la que escucha a quien golpea el suelo.
Locri: dos tronos del mismo tamaño y el tesoro de Pirro
Hubo un sitio donde se la tomaron más en serio que en ningún otro. En Locri, una ciudad griega en la punta de la bota de Italia, el santuario de Perséfone era tan rico que se tenía por el más famoso de la región, y allí la gente dejaba como ofrenda unas placas de barro pintadas del tamaño de una mano abierta, los pínakes. En unas se ve el rapto, el carro, la muchacha forcejeando. En otras aparecen los dos sentados uno junto al otro, del mismo tamaño, con espigas y un gallo entre las manos.

https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/c/cd/Pinax_con_Ade_e_Persefone%2C_da_Locri_-_MARC.jpgDe ese templo se contaba una historia que Tito Livio recoge con detalle. El rey Pirro, el de las victorias que costaban más de lo que valían, se llevó el tesoro de Perséfone para pagar una guerra; en cuanto el dinero se hizo a la mar se levantó una tempestad, y las naves que lo llevaban acabaron en la misma costa de Locri. Pirro lo devolvió al templo hasta la última moneda [7]. Diodoro cuenta que naufragó la flota entera, pero las dos versiones coinciden en lo que importaba a los locrios: a la reina no se le roba.
Adonis y Minta: lo que la reina no suelta
El caso más raro de todos es el único en el que Perséfone se niega a soltar algo, y se parece mucho más a una historia de amor que nada de lo que tiene que ver con Hades. Afrodita encontró a un recién nacido tan hermoso que lo escondió en un cofre y se lo dio a guardar a Perséfone. Era Adonis. Perséfone abrió el cofre y lo vio. Cuando Afrodita volvió a por él, le dijo que no. Las dos diosas acabaron pleiteando delante de Zeus, que partió el año en tres: un tercio con Perséfone, otro con Afrodita y el último donde él quisiera. Adonis le regaló su tercio a Afrodita [4].
A mí esto me parece de lo más curioso del mito, porque es la misma cuenta del rapto vuelta del revés. A ella le partieron el año en tercios por una semilla, y aquí es ella quien obliga a otra diosa, nada menos que a la del amor, a repartirse el año. Celos también hubo: cerca de Pilos había un monte que se llamaba como Minta, una ninfa que fue amante de Hades, y Estrabón cuenta que Core la pisoteó hasta convertirla en la menta de los huertos [8]. En otra versión fue Deméter quien se ocupó de ella. Sea cual sea, el marido tenía amantes y la que se acercó demasiado acabó convertida en hierba.
Sísifo y Orfeo: los que bajaron a pedir
Sísifo, rey de Corinto y el hombre más tramposo de su tiempo, le pidió a su mujer antes de morir que no le hiciera los ritos funerarios. Abajo se presentó ofendidísimo, porque su esposa le había dejado sin entierro y pedía subir un momento a reprochárselo. En la versión más antigua, la del poeta Teognis, a quien convence con sus palabras es a Perséfone, de quien se decía que les quita la memoria a los mortales trastornándoles la cabeza; en otras es Hades quien le deja salir. Sísifo subió, claro. No volvió hasta que le obligaron, y abajo le esperaba una piedra que empujar cuesta arriba para siempre.
Orfeo, en cambio, bajó con la lira a pedir que le devolvieran a Eurídice, muerta por la mordedura de una serpiente. Cantó delante de los dos tronos, las Furias se echaron a llorar y ni la reina ni el que gobierna las profundidades fueron capaces de decirle que no. Le devuelven a su mujer con una sola condición, la de no volverse a mirarla hasta haber salido, y en Virgilio esa ley la pone ella, Proserpina, mientras el rey calla [9]. Lo de por qué Orfeo miró hacia atrás tiene muchas lecturas; lo que casi nunca se recuerda es quién había puesto la regla.
¿Qué les pasó a Teseo y Pirítoo en el inframundo?
Teseo y Pirítoo eran amigos y eran, cada uno a su manera, unos insensatos. Se juraron casarse con hijas de Zeus, porque nada menos les parecía a su altura, y lo echaron a suertes. A Teseo le tocó Helena, la que luego sería de Troya, que entonces era una niña, y la raptó; a Pirítoo, rey de los lapitas y recién viudo, le tocó Perséfone, casada con el rey de los muertos. Y bajaron a por ella [4]. Quien conozca el mito de Teseo por el laberinto y el Minotauro suele saltarse este episodio, que es de los más inquietantes de la mitología griega precisamente porque no hay pelea.

Hades los recibe con toda la hospitalidad del mundo, les dice que van a celebrar un banquete y que, mientras, se sienten. Se sientan, y la silla es la del olvido: la carne se les queda pegada a la piedra, unas serpientes les rodean las piernas y se les va olvidando a qué habían venido. Ahí siguen, sin tiempo, hasta que baja Heracles a por el perro de la puerta. Teseo le tiende las manos y Heracles lo arranca de la piedra; cuando va a hacer lo mismo con Pirítoo, la tierra tiembla y lo suelta [4]. Hay otra versión en la que quien sale a recibir a Heracles es Perséfone, como a un hermano, porque los dos eran hijos de Zeus, y le deja llevarse a los dos. En una decide el rey. En la otra, la reina.
Odiseo y la cabeza de la Gorgona
El que salió corriendo fue Odiseo. La hechicera Circe le dice que, antes de volver a casa, tiene que bajar a la casa de Hades y de la temible Perséfone a preguntarle el camino al adivino Tiresias, y le explica por qué precisamente él: es el único muerto que conserva el entendimiento, porque Perséfone se lo ha concedido a él solo, y los demás revolotean como sombras [2]. En el mundo de los muertos, quien decide quién piensa y quién no es ella.
Hay un detalle del canto XI que se lee rápido y que a mí me parece de lo más revelador del poema entero. Cuando llegan las almas de las mujeres, esposas e hijas de reyes, no llegan solas: las manda Perséfone en fila, como en una audiencia. Cuando han terminado, es ella quien las dispersa. Odiseo se queda más de la cuenta, habla con su madre, con Agamenón, con Aquiles. Quiere ver también a Teseo y a Pirítoo, y es entonces cuando los muertos empiezan a amontonarse por miles con un griterío espantoso.

Él lo cuenta así: le entró un miedo pálido de que la augusta Perséfone le mandara desde el fondo del Hades la cabeza de la Gorgona, aquel monstruo terrible [2]. Corre a la nave, manda soltar amarras y se van de allí remando. En toda la visita, Hades no aparece ni una vez.
Las láminas de oro que los muertos le llevaban a Perséfone
Hasta aquí todo son héroes, dioses y reyes, pero lo más revelador sobre Perséfone no está en ningún mito famoso, sino en lo que esperaba la gente corriente cuando se moría. El poeta Píndaro dejó unos versos que dicen más o menos esto: aquellos de quienes Perséfone acepte el pago por un antiguo dolor, a esos, al noveno año, ella les devuelve el alma al sol de arriba, y de ellos salen reyes ilustres y hombres grandes en fuerza y sabiduría [10]. Tampoco aquí es Hades el que deja volver, y ella lo hace después de cobrarse algo.
En el sur de Italia y en Grecia han aparecido, en tumbas de hace casi 2.400 años, unas láminas de oro finísimas, dobladas como una carta, que alguien colocó junto al muerto, a veces sobre el pecho. Llevan versos grabados y son instrucciones [11]. En la más antigua, encontrada en Calabria en la tumba de una mujer, se le explica el camino: en la casa de Hades, a la derecha, hay una fuente con un ciprés blanco a la que no debe acercarse; tiene que seguir hasta el lago de la Memoria y decirles a los guardianes que es hija de la Tierra y del Cielo estrellado, que tiene sed y se muere, y que le den de beber del agua fresca de la Memoria. En la casa de la que quita la memoria, aquella mujer llevaba apuntado cómo no perderla.

En las láminas de Turios el muerto ya le habla a ella directamente, «vengo pura de entre los puros, reina de los de abajo», y la lámina le pone en la boca la respuesta que espera oír: feliz y bienaventurado, serás dios en vez de mortal [12]. En Tesalia, en un sarcófago de mujer de Pelinna, aparecieron dos con forma de hoja de hiedra que dicen algo todavía más directo: ahora has muerto y ahora has nacido, tres veces dichosa, en este mismo día; dile a Perséfone que el propio Baco te ha liberado [13]. Para quien creía en estas cosas, al final del camino había una mujer en un trono que podía hacerte dios o dejarte entre las sombras sin memoria.
No es la única soberana de los muertos que ha imaginado el mundo, y conviene compararla para ver lo que tiene de propio. La diosa de la muerte nórdica, Hel, recibe a quienes no mueren en batalla, y a Baldr solo lo habría soltado si todas las cosas del mundo hubieran llorado por él. En Nueva Zelanda, Hine-nui-te-pō es la gran señora de la noche, y quien quiera saber cómo murió Maui descubre que el héroe que intentó vencer a la muerte lo hizo metiéndose dentro de ella. Perséfone se distingue de las dos en que se la puede convencer: a Sísifo con una excusa, a Orfeo con una canción y a los muertos de las láminas con la frase justa.
¿De dónde sale la Perséfone romántica?
Una parte viene del siglo XIX. En 1853, Nathaniel Hawthorne, el novelista de La letra escarlata, publicó Tanglewood Tales, un libro de mitos griegos reescritos para niños, y uno de ellos es este. En su versión la niña no come una semilla sino seis, una por cada mes que tendrá que pasar abajo, y el rey de los muertos ya no es un dios temible: es un rey sombrío y solitario que quiere tener a alguien alegre en su palacio [14]. Las seis semillas que repite todo el mundo no las escribió ningún autor antiguo; en las fuentes griegas es una, y en Ovidio, siete o tres.
La otra parte es muy reciente. En 2018 la dibujante neozelandesa Rachel Smythe empezó a publicar Lore Olympus, con Hades como un empresario tímido y Perséfone como una universitaria recién llegada a la gran ciudad, y se convirtió en uno de los cómics digitales más leídos del mundo. Al año siguiente, Hadestown, con los dos como un matrimonio en crisis, ganó el Tony al mejor musical. En 2020 salió el videojuego Hades, y desde entonces la estantería de novela romántica no ha dejado de llenarse de reyes del inframundo atormentados.
No tengo nada contra ninguna de esas historias, y alguna me gusta mucho; cada época cuenta los mitos que necesita, y los griegos fueron los primeros en reescribirlos sin pedir permiso. Lo que pasa es que, para hacer de Perséfone la protagonista de una historia de amor, hay que darle un deseo que en las fuentes antiguas no tiene y quitarle casi todo lo demás, el búho, Adonis, la regla de Orfeo, las maldiciones de las madres y las láminas que le llevaban los muertos. La muchacha enamorada cabe en el prado, mientras que la reina, con todo lo que acabamos de ver, no cabe en ninguna de esas historias. Quizá por eso las placas de Locri siguen siendo tan raras de mirar, o al menos a mí me lo parecen: dos tronos del mismo tamaño, y nadie en ellos con cara de estar esperando a que lo rescaten. ¿Qué pareja ves tú cuando las miras?
Preguntas frecuentes
¿Hades y Perséfone se amaban en el mito griego?
Las fuentes antiguas no lo cuentan como amor. El Himno a Deméter la describe reacia y con añoranza de su madre, y Homero la presenta como «la temible», una reina con poder propio. La lectura romántica de la pareja es moderna.
¿Hades le fue infiel a Perséfone?
Según algunos mitos, sí: la ninfa Minta fue su amante y acabó convertida en menta, pisoteada por Perséfone o por Deméter según la versión. Otra, Leuce, murió de vieja y fue el propio Hades quien la convirtió en álamo blanco para recordarla.
¿Dónde se pueden ver las placas de Locri?
La mayor parte de los pínakes del santuario de Perséfone en Locri se conserva en el Museo Arqueológico Nacional de Reggio Calabria, en el sur de Italia.
Fuentes y referencias bibliográficas
- Homero. Ilíada. Crespo Güemes E, traductor. Madrid: Gredos; 1991. (Biblioteca Clásica Gredos; 150).
- Homero. Odisea. Pabón JM, traductor. Madrid: Gredos; 1982. (Biblioteca Clásica Gredos; 48).
- Foley HP, editora. The Homeric Hymn to Demeter: Translation, Commentary, and Interpretive Essays. Princeton: Princeton University Press; 1994.
- Apolodoro. Biblioteca mitológica. Rodríguez de Sepúlveda M, traductora. Madrid: Gredos; 1985. (Biblioteca Clásica Gredos; 85).
- Platón. Crátilo. En: Diálogos II. Calonge Ruiz J, Acosta Méndez E, Olivieri FJ, Calvo JL, traductores. Madrid: Gredos; 1983.
- Platón. República. En: Diálogos IV. Eggers Lan C, traductor. Madrid: Gredos; 1986.
- Tito Livio. Historia de Roma desde su fundación. Libros XXVI-XXX. Villar Vidal JA, traductor. Madrid: Gredos; 1993.
- Estrabón. Geografía. Libros VIII-X. Torres Esbarranch JJ, traductor. Madrid: Gredos; 2001.
- Virgilio. Geórgicas, libro IV. En: Bucólicas. Geórgicas. Apéndice virgiliano. Cristóbal V, traductor. Madrid: Gredos; 1990.
- Píndaro, fragmento 133, citado en Platón, Menón 81b-c. En: Platón. Diálogos II. Madrid: Gredos; 1983.
- Graf F, Johnston SI. Ritual Texts for the Afterlife: Orpheus and the Bacchic Gold Tablets. London: Routledge; 2007. Reseña en Bryn Mawr Classical Review 2007.10.15.
- Bernabé A, Jiménez San Cristóbal AI. Instructions for the Netherworld: The Orphic Gold Tablets. Leiden: Brill; 2008. Reseña en Bryn Mawr Classical Review 2008.10.16.
- Segal C. Dionysus and the Gold Tablets from Pelinna. Greek Roman Byzantine Stud. 1990;31(4):411-419.
- Hawthorne N. Tanglewood Tales for Girls and Boys. Boston: Ticknor, Reed, and Fields; 1853.