La parca coreana no sale de ninguna leyenda: así es el más allá de Corea
La parca coreana de traje negro de los K-dramas tiene fecha de nacimiento, y es de la televisión. En los mitos, el mensajero de la muerte era un funcionario con hambre al que se le dejaba la cena en el portón.
Cuando alguien moría en una aldea coreana, la familia sacaba una mesita al otro lado del portón y ponía encima tres cuencos de arroz, tres pares de sandalias de paja y tres monedas. Era la cena de tres visitas que estaban a punto de llegar. En algunas casas añadían un platito de salsa de soja, con la idea de que a los invitados les diera sed, tuvieran que volver a buscar agua y, con un poco de suerte, trajeran al muerto de vuelta.
Esas visitas eran los jeoseung saja, los mensajeros del más allá. Casi todo el mundo cree saber cómo son: túnica negra, sombrero de ala ancha, cara blanca como el papel y labios oscuros. Así salen en los K-dramas y así salen los Saja Boys de KPop Demon Hunters. Pero la parca coreana de traje negro no aparece en ninguno de los mitos que se cantaban en los funerales; tiene fecha de nacimiento, y es de la televisión. Esta es la historia del más allá coreano contada desde las fuentes coreanas: un más allá que se parece a una oficina, con un alguacil que arrestó a la Muerte, un cuervo que perdió una lista y una princesa a la que su padre tiró al río.
Si la prefieres contada, está entera en el vídeo El más allá coreano: la historia completa, y en audio, en el episodio del podcast.
¿Qué es el Jeoseung, el más allá coreano?
En coreano, morir es pasar de iseung, «la vida de aquí», a Jeoseung, «la vida de allí». La enciclopedia de la Academia de Estudios Coreanos lo define como el mundo al que va a vivir el alma después de la muerte, y recoge otros nombres que dicen mucho del sitio: uno de ellos, myeongbu, viene a significar «la oficina de las tinieblas», porque el otro mundo se imaginaba con la misma administración que este [1].
Ese allí, además, no queda debajo de nada. Un canto de los porteadores del féretro lo dice con una sencillez que pone los pelos de punta: decían que el camino del más allá era largo, y el más allá estaba al otro lado de la puerta [1]. En los cantos más antiguos se llega andando, en horizontal, como quien sale del pueblo y se pierde por el monte de detrás.
Conviene avisar de algo antes de seguir, porque es lo que más confunde: no existe «la» mitología coreana del más allá como un canon cerrado. Conviven al menos tres capas, la de las chamanas, la del budismo que llegó de China y un culto a los antepasados más bien vago, y la propia enciclopedia lo resume diciendo que en Corea coexisten varios tipos de Jeoseung [1]. Casi todo lo que sigue tiene variantes según la región y según quién lo cante.
¿Quiénes son los jeoseung saja?
Son los intermediarios que vienen a buscar al muerto y lo llevan al otro mundo [2]. En el rito chamánico de Seúl se entiende que son tres, y una chamana de Hwanghae lo precisaba con una cuenta curiosa: cuando vienen a este mundo son tres; en el más allá hay siete, que es una manera de decir muchos. De ahí los tres cuencos, las tres monedas para el viaje y los tres pares de sandalias, que eran de recambio para un camino largo [3].

Lo importante es lo que no hacen, porque no deciden quién muere. Eso lo fija el registro del otro mundo; ellos comprueban el nombre, atan al muerto con una cuerda (en algunos cantos budistas, con cadenas de hierro) y lo escoltan ante los jueces. Tampoco son unos acompañantes amables. La enciclopedia los describe como seres de aspecto temible y modales bruscos, y dice que el mensajero resulta «infinitamente odioso» porque se lleva al muerto [2].
Por eso se negociaba con ellos, y a la vista de todos. En los funerales con chamana de Seúl y del norte hay una escena en la que una de ellas hace de mensajero: se queja de que la comida es poca, amenaza con zarandear al muerto por el camino o con quedarse en la casa y llevarse a otro antes de que acabe el luto, y pide dinero. La familia regatea entre bromas, y paga. También se les servía siempre en el patio y nunca dentro, porque un mensajero que entra en la casa no quiere irse y trae más muertes [2]. Las mensajeras de la muerte de otras tradiciones avisan y lloran, como la banshee de la mitología celta; las coreanas cobran.
El rico que invitó a cenar a la muerte
Hay un canto del suroeste de Corea, el Jangja-puri, que lleva esa lógica hasta el final. Se recitaba dentro del rito para lavar el alma de los muertos, y su protagonista es Samajangja, un rico tan avaro que sueña su propia muerte y corre a ver a un adivino. La receta no le gusta nada, porque consiste en repartir su fortuna y dar un banquete a los mensajeros del más allá [4].
Lo hace a regañadientes, y los mensajeros comen. El problema es que no pueden volver al otro mundo con las manos vacías, así que en las versiones en que el rico se salva se llevan a otro: un vecino con un nombre parecido, Umajangja, alguien de su misma edad o, en alguna versión, un caballo. En otras lo descubren y acaba castigado [4]. A mí este es el detalle que más me gusta de toda la tradición. En Europa la muerte acabó siendo un esqueleto con guadaña que no atiende a razones; la coreana es un funcionario con hambre, que lleva una lista, que a veces se equivoca de nombre y al que se le puede invitar a cenar.
Gangnim, el alguacil que arrestó al rey de los muertos
Si los mensajeros son funcionarios, alguien tuvo que ser el primero. En la isla de Jeju lo cuenta el Chasa bon-puri, el canto que el chamán recita la noche del entierro, sentado ante la mesa del mensajero y tocando el tambor, para pedirle que trate bien al difunto [5].
Todo empieza con un crimen. Tres hermanos aprueban el examen de Estado y, al hacer la reverencia de vuelta, caen muertos a la vez; su madre llena de denuncias el despacho del magistrado Gimchi, que acaba decidiendo que ese caso solo lo puede juzgar el rey del más allá. Así que manda a su alguacil, Gangnim, a arrestarlo. Gangnim cruza un camino que se abre en setenta y ocho direcciones, encuentra el suyo y llega a la orilla de un estanque; cierra los ojos, salta al agua y, cuando los abre, está delante de la puerta del más allá [5][4].

Allí reconoce a Yeomra, que se había disfrazado para que no lo encontrara, y le arranca la promesa de bajar a juicio. Yeomra cumple: baja con un estruendo que hace temblar cielo y tierra, tanto que el magistrado se esconde de miedo, seca el estanque, junta los huesos de los tres hermanos y se los devuelve vivos a sus padres. A la mujer que los mató la ejecutan, y a su marido con ella [5].
Entonces es Yeomra el que quiere a Gangnim para él. El magistrado se niega porque es su alguacil. Entonces el rey de los muertos le propone repartírselo, el alma para uno y el cuerpo para el otro. El magistrado elige el cuerpo. Yeomra se lleva el alma, y en este mundo Gangnim cae muerto delante de todos; así se convierte en el primer mensajero del más allá [5][6]. El mito, por cierto, circula mucho en internet al revés, con el magistrado quedándose el alma, y no es así.

https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/6/6f/%EC%83%81%EC%97%AC%EC%9E%A5%EC%8B%9D_%EC%A0%80%EC%8A%B9%EC%82%AC%EC%9E%90.jpg¿Por qué la muerte no respeta la edad?
El primer encargo de Gangnim explica algo que todos sabemos y nadie entiende. Yeomra le da un documento rojo, el jeokpaeji, con la regla de la muerte para que la lleve a la tierra: las mujeres morirán a los setenta, los hombres a los ochenta, y cada uno a su turno. Gangnim, en vez de llevarlo él, se lo confía a un cuervo [6][5].
El cuervo va volando con el papel, ve a unos hombres despiezando un caballo muerto y lo suelta para bajar a comer. Una serpiente que vivía en un agujero del muro se lo traga, y por eso, dice el mito, la serpiente no se muere nunca del todo: muere nueve veces y revive diez. El cuervo, que ya no tiene la lista, se pone a gritar lo primero que se le ocurre, que se vaya el viejo donde tenía que ir el niño, que se vaya el niño donde tenía que ir el viejo, que se vaya el hijo antes que los padres [6].

Desde entonces, en Jeju, la muerte no respeta la edad. Los folcloristas tienen nombre para este tipo de cuento, el del mensaje que se pervierte por el camino, y aparece en tradiciones que no tuvieron ningún contacto entre sí, como el mito africano del origen de la muerte de Sa y Alatangana. La pregunta de fondo es la misma en todas: si la muerte tenía que llegar con orden, ¿quién lo estropeó?
Los diez reyes y los 49 días
Lo que pasa al llegar lo cuenta otra capa, la budista, que vino de China y funciona como un calendario. Al morir te juzgan diez reyes, uno detrás de otro, en diez salas: el primero a los siete días, el segundo a los catorce y así, de siete en siete, hasta el día cuarenta y nueve. Luego quedan tres más, a los cien días, al año y a los tres años [7].
Si esas tres últimas fechas suenan a calendario de luto, es porque lo son: Stephen Teiser, que estudió el texto chino del que sale todo esto, el Sutra de los Diez Reyes de los siglos IX y X, muestra que calcan el luto confuciano [8]. El primer aniversario y el tercero eran los grandes ritos de la familia por sus muertos, así que el último juicio llegaba justo cuando aquí se terminaba de guardar el luto, como si los dos calendarios, el de allí y el de aquí, se hubieran puesto de acuerdo.

https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/4/4e/Six_of_the_Ten_Kings_of_Hell_LACMA_AC1998.268.3.1-.6_%281_of_5%29.jpgEl detalle que más sorprende es que Yeomra, el rey del infierno por excelencia, el mismo al que arrestó Gangnim, en este esquema es solo el quinto de la fila, y le toca el día treinta y cinco [9]. El primero pesa lo bueno y lo malo que hiciste, y el décimo decide en qué vuelves a nacer. En los templos coreanos sigue habiendo una sala para los diez, el Myeongbu-jeon, con el bodhisattva Jijang en el centro; en 1913 un reformista budista, Han Yong-un, pidió suprimirlas porque aquello no era budismo sino superstición, y no le hicieron caso [7]. Esta capa es la que Corea comparte con el infierno chino, que tiene sus propios diez tribunales.
El almacén del más allá y el puente de Deokjin
Hay un cuento sobre ese juicio que tiene mucha gracia. Dice que cada persona tiene en el más allá un almacén, y que dentro se guarda todo lo que dio en vida. Un magistrado de la comarca de Yeongam se muere antes de tiempo; los reyes miran el libro y ven que no le tocaba, pero no pueden devolverlo así como así, porque antes tiene que dar una limosna allí. Abre su almacén y dentro hay un haz de paja [4].
Uno de los mensajeros le da un consejo práctico: que pida prestado del almacén de al lado, lleno hasta arriba, para devolverlo cuando vuelva a la vida. Ese almacén es de un tal Deokjin, y ya de vuelta el magistrado lo busca y resulta ser un criado de una taberna junto al río. Le ofrece trescientos sacos de arroz y Deokjin no los quiere, porque él no tiene nada que ver con aquello; así que el magistrado construye un puente sobre el río para todo el pueblo y le pone el nombre del criado [4].
Los muertos que vuelven porque los mensajeros se equivocaron de persona son un género entero, con parientes en las historias chinas de los que «murieron una vez y volvieron a la vida» [10]. Y el puente de Deokjin existe, en Yeongam, aunque allí se cuenta de otra manera: sin más allá ni almacén, Deokjin era una tabernera que ahorró para hacer el puente y murió antes de conseguirlo. Junto al puente hay un monumento de 1813 [11].
Los muertos que no llegan
No todos los muertos llegan a ninguna sala. Para cruzar hacían falta tres cosas: haber vivido una vida entera y morir de viejo en casa, tener a alguien que te rinda culto y que se sepa quién eras, tu nombre y tu lugar. Si falla una sola, el muerto se queda aquí como wongwi, un alma errante, ni viva ni muerta [12].
Por eso se temía tanto a los que morían jóvenes y solteros. A una muchacha que moría sin casarse se la llegaba a enterrar en un cruce de caminos muy transitado, para que muchos hombres le pasaran por encima y se le calmara la pena [13]. Y a dos jóvenes muertos solteros se les podía casar después de muertos, con muñecos de papel vestidos de novios que hacían las reverencias y compartían la copa; las dos familias se trataban luego como consuegros, y la enciclopedia dice que en Jeju la costumbre seguía muy viva [14]. El miedo a la mujer que muere sin haber cumplido su vida no es solo coreano: en Tailandia le pone cara la leyenda de Mae Nak.
¿Quién es la princesa Bari?
La figura más importante de todo este más allá es una niña a la que su padre tiró al río. La princesa Bari es la diosa que guía a los muertos en el chamanismo coreano, y su vida entera se canta en los ritos para los difuntos, porque para llegar al Jeoseung el muerto necesita que ella lo lleve. Se han recogido alrededor de cien versiones; la que los estudiosos toman como tipo básico es la de Seúl [15].
En esa versión, un rey y una reina tienen seis hijas, y cuando la séptima también es niña el rey manda tirarla al río dentro de un cofre de jade. La recogen y la crían unos ancianos. Quince años después los reyes enferman de muerte, y el único remedio es un agua medicinal y unas flores que guarda un tal Mujangseung en un reino del oeste, al otro lado del mundo de los vivos. Ninguna de las seis hermanas quiere ir; va la séptima, vestida de hombre [15][4].

https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/7/7a/Spirit_of_a_Noble_Woman_%28Probably_Princess_Pari%29_and_Attendant_LACMA_M.2000.15.11.jpgMujangseung no regala nada, y le cobra el agua en trabajo: tres años acarreando agua, tres cortando leña y tres atendiendo el fuego. Luego se casan y ella le da siete hijos [16]. Cuando por fin vuelve con el agua y las flores, el ataúd de sus padres ya va por la calle a hombros, con toda la corte detrás. Bari se pone delante y manda parar, lo abre, pone la flor de los huesos en los huesos y la de la carne en la carne, les da a beber el agua hasta que el rey y la reina abren los ojos [15].

El rey le pregunta qué quiere a cambio, y Bari no pide la mitad del reino ni un marido mejor: pide ser la diosa de las chamanas y quedarse en el camino entre los dos mundos, llevando de la mano a los muertos hasta el final [16]. En la versión de Gangneung, en la costa este, hay un detalle que no se olvida: antes de abandonarla, la madre se muerde los dedos y le escribe el nombre con sangre en la ropa, para que algún día sepa quién es [17]. Bajar al otro mundo a rescatar a alguien es de los viajes más viejos que se cuentan, desde el mito de Orfeo y Eurídice hasta Izanami e Izanagi, pero casi siempre el que baja fracasa. Bari es de las pocas que vuelve con lo que fue a buscar, y lo que pide después es quedarse en el camino, como un psicopompo a la manera de Anubis, guardián de los muertos.
La tela que abre el camino
Eso explica lo que hacía la chamana en el rito de Seúl para los muertos, el jinogwi-gut. Después de cantar la vida de Bari, se convertía en ella y hacía el recorrido guiando al muerto; luego le prestaba la voz, para que se despidiera de su familia. Al final venía el gesto que lo cerraba todo: se tendían dos tiras largas de tela, una de algodón y otra de cáñamo. La chamana se metía entre ellas y las rajaba con el cuerpo, de punta a punta, avanzando [18].

Le estaba abriendo el camino al muerto y, a la vez, le cerraba la puerta: desde ese momento ya no podía quedarse en este mundo [18]. En el suroeste el rito se llama ssitgim-gut, «el rito de lavar», y allí la chamana hace nudos en una tela blanca y los va deshaciendo bailando, porque cada nudo es una pena que el muerto lleva en el pecho [19].
¿De dónde sale la parca coreana de traje negro?
Con todo esto ya tenemos el más allá coreano entero: el que viene a buscarte es un funcionario con hambre y una cuerda, el que te juzga son diez reyes a lo largo de tres años, y la que te lleva de la mano es una hija que su padre tiró al río. Falta el hombre de negro. La respuesta está en la televisión pública coreana: a partir de 1977, una serie de historias de fantasmas de la KBS, Jeonseol-ui gohyang, «la tierra de las leyendas», necesitaba sacar en pantalla a los mensajeros del más allá [2].
Su realizador, Choi Sang-sik, contó en 2021 que le dio vueltas a cómo sería una imagen coreana de la muerte y que pensó que la muerte es negra, ¿no? Le pusieron túnica negra, sombrero de ala ancha, la cara pálida y los labios negros, y él mismo reconoció que antes de su serie no había una imagen fija; también lamentó que entonces no existiera el concepto de derechos de autor [20]. Mucha gente lo remonta a un episodio de junio de 1980, aunque la propia prensa coreana lo da en condicional [21]. De ahí salieron el segador de traje negro de Goblin en 2016 y, mucho después, los Saja Boys.
Tampoco salió de la nada, y esto es lo que lo hace más interesante: en el viejo Sutra de los Diez Reyes, los enviados del más allá ya van vestidos de negro, montan caballos negros y llevan estandartes negros [8]. Pero en los rituales y en las pinturas de los templos coreanos el mensajero era otra cosa, un soldado con armadura, a menudo roja, malhumorado y algo torpe, que gruñía y pedía dinero [2][21]. La imagen nueva ganó porque era más fácil de filmar y más fácil de temer: una muerte elegante y callada, que no se deja invitar a cenar. Me pregunto si no la preferimos justo por eso, porque una muerte con la que no se puede negociar nos ahorra el trabajo de negociar; las familias coreanas que ponían tres cuencos en el portón sabían otra cosa, que a la muerte se la recibe, se le da de comer, se le regatea entre risas, y aun así hay que dejarla pasar.
Preguntas Frecuentes
¿Qué significa jeoseung saja?
Jeoseung es «la vida de allí», el más allá, y saja significa «enviado» o «mensajero». Por eso se traduce como mensajero del más allá. La palabra saja también puede significar «león», un juego de palabras que aprovecha el nombre de los Saja Boys.
¿Quién es Yeomra en la mitología coreana?
Yeomra es el rey de los muertos. En los mitos chamánicos, como el de Gangnim, funciona como el rey del más allá; en el esquema budista de los diez reyes es solo el quinto juez, el que juzga el día treinta y cinco. Es el mismo personaje que el Yama de la India y el Yanluo de China.
Fuentes y referencias bibliográficas
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- National Folk Museum of Korea. Encyclopedia of Korean Folk Literature. Seúl: NFMK; 2014. «Song of Jangja», p. 81-82; «Origin of Underworld Messenger Chasa», p. 67-68; «Deokjin Bridge», p. 112; «Abandoned Princess Bari», p. 24-26.
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- What you need to know about the Saja Boys, S. Korea's grim reapers in K-pop form. The Korea Herald / The Star. 2025 jul 7 [citado 2026 Oct 2].