Izanami e Izanagi: el mito japonés de cómo entró la muerte en el mundo
Ella prometió matar a mil personas al día; él contestó que haría nacer a mil quinientas. Así se separaron Izanami e Izanagi, uno a cada lado de una roca, y así explicaba Japón por qué morimos.
Cada día mueren mil personas y nacen mil quinientas. En Japón se contaba que esas dos cifras no salieron de ningún censo: las pronunciaron en voz alta dos esposos, uno a cada lado de una roca enorme, en la última conversación que tuvieron. Ella estaba muerta. Él acababa de verla como ella le había pedido que no la viera, y había echado a correr.
Esa es la escena final del mito de Izanami e Izanagi, la pareja de dioses que, según la mitología japonesa, dio forma a las islas de Japón y que acabó separada por la muerte. Casi todo el mundo recuerda la prohibición de mirar, y como se parece tanto a la historia de Orfeo, uno cree saber cómo termina. Termina de otra manera. Lo que pasa después de mirar es lo que, para los japoneses de hace mil trescientos años, explicaba por qué nos morimos y por qué, aun así, cada día hay más vivos que muertos.
Si la prefieres contada, está entera en el vídeo Izanami e Izanagi: la historia completa.
¿De dónde sale el mito de Izanami e Izanagi?
La historia la conocemos por dos libros que mandó escribir la corte imperial a principios del siglo VIII. El primero es el Kojiki, terminado en el año 712: el emperador Tenmu hizo que un servidor del palacio, Hieda no Are, aprendiera de memoria las genealogías y los relatos antiguos, y años después, por orden de la emperatriz Genmei, el cortesano Ō no Yasumaro los puso por escrito [1]. Del sexo de Hieda no Are, por cierto, no estamos seguros; los traductores dudan.
El segundo es el Nihon Shoki, terminado en el 720, ya bajo la emperatriz Genshō, la primera historia oficial del país, en treinta libros y en chino clásico [2]. Los dos empiezan con los dioses porque los dos terminan en el emperador, y eso conviene tenerlo presente cuando el mito tome partido. El Kojiki tiene traducción española completa, la de Carlos Rubio y Rumi Tani Moratalla [3].
La diferencia entre los dos libros cambia la historia. El Kojiki cuenta una sola versión, seguida de principio a fin. El Nihon Shoki da un texto principal y detrás va añadiendo las variantes que circulaban, casi todas con la misma fórmula: «en un escrito se dice». Algunas escenas tienen por eso dos y hasta tres finales. El más raro de todos es que, en el relato principal del Nihon Shoki, Izanami no muere. Los dos engendran juntos al sol, a la luna y a sus otros hijos. No hay viaje al país de los muertos [2]. Todo lo que sigue sale del Kojiki y de las variantes del Nihon Shoki.
La lanza, la isla de Onogoro y el primer rito de boda
Al principio la tierra era joven y flotaba como aceite sobre el agua, a la deriva como una medusa. En el cielo fueron apareciendo dioses, solos o por parejas. La última pareja de esa lista son Izanagi e Izanami, la séptima generación divina y los primeros de los que se cuentan hechos. Sus nombres se suelen explicar con la raíz de un verbo antiguo que significa invitar, y unas sílabas finales que marcan al macho y a la hembra: el que invita y la que invita [1].
Los dioses de arriba les encargan dar forma a esa tierra que flota y les dan una lanza enjoyada. Desde el Puente Flotante del Cielo la hunden en el mar y lo remueven, y el Kojiki se toma la molestia de apuntar el ruido que hace el agua salada, koworo, koworo, escrito sílaba a sílaba para que se lea por su sonido [4]. Las gotas que caen de la punta se amontonan y se cuajan solas. Así nace Onogoro, la isla que se cuajó por sí misma, y bajan a vivir en ella.

https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/8/84/Kobayashi_Izanami_and_Izanagi.jpgEn la isla levantan un pilar sagrado y un palacio, y entonces tiene lugar la conversación más franca de toda la mitología japonesa. Él le pregunta cómo está hecho su cuerpo. Ella contesta que ha crecido entero salvo en un sitio que no llegó a cerrarse. Él dice que el suyo tiene un sitio que creció de más, y le propone juntar lo uno con lo otro para dar a luz a las tierras. Cuando Basil Hall Chamberlain tradujo el Kojiki al inglés en 1882, este pasaje le dio tanto apuro que lo dejó en latín [1].
Para casarse inventan un rito. Cada uno rodea el pilar por un lado y, al encontrarse, se dicen un piropo. Ella habla primero, «¡ah, qué joven tan hermoso!». Él le devuelve el cumplido y enseguida añade que no está bien que haya hablado primero la mujer. Se unen de todos modos, y el primer hijo es Hiruko, el niño sanguijuela, una criatura blanda que no llega a cuajar y a la que meten en una barca de juncos y sueltan en el mar. Suben al cielo a preguntar qué han hecho mal, los dioses queman un omóplato de ciervo para leer las grietas, y el veredicto es el que él temía. Repiten la vuelta, esta vez habla él primero y todo sale bien [1].
Esto lo escribió una corte del siglo VIII que tenía muy claro quién hablaba primero en una casa. A mí, sin embargo, lo que más me inquieta de la escena es la barca. Siglos después, en la Edad Media, a aquel niño abandonado se le identificó con Ebisu, el dios sonriente de los pescadores; la identificación no está ni en el Kojiki ni en el Nihon Shoki, pero es como si alguien hubiera querido que la barca llegara a alguna parte.
Cómo nacieron las islas de Japón (y cómo murió Izanami)
A partir de ahí Izanami pare un país. Primero ocho grandes islas, de Awaji a Kyushu y Honshu; por eso uno de los nombres antiguos de Japón es Ōyashima, el País de las Ocho Grandes Islas; luego seis más pequeñas. Después vienen los dioses, uno tras otro: el de las rocas, el de la puerta, el del viento, el de los árboles, el de las montañas, el de los barcos. El propio Kojiki hace la suma, catorce islas y treinta y cinco dioses, aunque si cuentas los nombres que da te salen cuarenta, y los comentaristas llevan siglos intentando que cuadre [4]. El último hijo es el fuego.
El dios del fuego se llama Kagutsuchi, y al nacer le quema a su madre el sexo. Izanami cae enferma y se tumba, y ni siquiera agonizando deja de crear. De su vómito nacen los dioses del metal, de sus heces los del barro y de su orina una diosa del agua y un dios de la fecundidad cuya hija será la diosa de los alimentos [1]. La mina, la alfarería y el agua de riego salen de una madre que se está muriendo. Luego el texto dice que Izanami «se retiró», con una palabra que en todo el libro solo se usa para ella [4].
Ese detalle cambia la lectura de todo el mito. En esta historia la muerte no entra en el mundo por un castigo ni por una desobediencia, entra por un parto. La primera que muere es una madre. En otros relatos la muerte llega como el precio de un trato con un dios, como en el mito africano del origen de la muerte de Sa y Alatangana; aquí nadie paga nada, simplemente el último hijo quema.
La tumba de Izanami: el duelo, la espada y la cueva de las flores
Izanagi no grita. Se arrastra a gatas alrededor de la cabecera de su mujer, y a gatas alrededor de sus pies, llorando. Luego dice algo así como «¿quién me iba a decir que te cambiaría por un solo hijo?». En el texto la llama hermana menor, que en aquel japonés arcaico era también la forma cariñosa de llamar a la esposa [1]. El gesto de arrastrarse de la cabecera a los pies es un rito de duelo con paralelos en los textos chinos y en la poesía japonesa antigua, y de sus lágrimas nace una diosa más, Nakisawame, la que llora [4].

El Kojiki la entierra en el monte Hiba, en la frontera entre las provincias de Izumo y Hōki, en el oeste del país. Una variante del Nihon Shoki pone la tumba en otro sitio, en la aldea de Arima, en Kumano; añade que allí la gente honraba su espíritu con flores en la estación de las flores, y también con tambores, flautas, banderas, cantos y bailes [2]. Ese lugar existe. Se llama Hana no Iwaya, la cueva de las flores. Es un santuario sin edificio, una roca de unos cuarenta y cinco metros frente al mar donde, dos veces al año, el 2 de febrero y el 2 de octubre, se descuelga desde lo alto una cuerda de unos ciento setenta metros con banderitas de flores [5].
Después del entierro, Izanagi desenvaina su espada, una espada larga de diez puños, con la que le corta el cuello a su hijo recién nacido. De la sangre que salpica las rocas nacen más dioses, entre ellos Takemikazuchi, un dios del trueno y de la espada que tendrá mucho trabajo en otras historias; la sangre que se le escurre entre los dedos se vuelve dioses del agua oscura, y del cuerpo del niño salen ocho dioses de la montaña [1]. Entonces decide ir a buscarla.
¿Qué es el Yomi en la mitología japonesa?
El sitio adonde se ha ido Izanami es el Yomi, y lo primero es quitarse de la cabeza la idea de un infierno. No hay juicio, ni castigo por lo que hiciste en vida, ni barquero, ni río que cruzar. Para escribir su nombre, los cronistas usaron dos caracteres chinos que significan «fuentes amarillas», que era como se llamaba en China al mundo de los muertos, el mismo que con los siglos se llenaría de tribunales en el infierno chino. Debajo se leía una palabra japonesa, yomi, de la que nadie sabe con seguridad el origen. La vieja explicación por «noche» queda descartada por la fonología del japonés antiguo, y la que más defensores tiene hoy es «montaña», porque a los muertos se les enterraba en los montes [4].
Lo que se suele dar por hecho es que el Yomi está bajo tierra. El investigador Kōnoshi Takamitsu lo discutió en un artículo de 1984: a su juicio, los caracteres chinos son solo una traducción y, si se lee el Kojiki por sí mismo, el Yomi es una tierra lejana que está al mismo nivel que el mundo de los vivos, unida a él por una cuesta, la Yomotsu Hirasaka [6]. Para llegar no se baja a ninguna parte, se camina.
¿Por qué Izanagi no podía mirar a Izanami?
Izanagi llega a la puerta del palacio donde está ella, e Izanami sale a recibirle sin salir a la luz: hablan a través de la puerta. Él le pide que vuelva, porque las tierras que hicieron entre los dos todavía no están terminadas. Ella le contesta que qué pena que no viniera antes, porque ya ha comido de lo que se cocina en el fogón del Yomi [1]. Lo importante, según las notas de la Universidad Kokugakuin, es que esa comida está hecha con el fuego de ese mundo: quien la come pasa a ser de allí [4].
Si conoces el rapto de Perséfone, esto te suena con razón, porque en Grecia también bastaba comer en la casa de los muertos para no ser ya del todo de arriba. Pero a Perséfone le dieron el grano de granada a escondidas, e Izanami ha comido sola, con el fuego de allí. Lo dice ella misma. Aun así no le dice que no. Le dice que le conmueve que haya venido, que quiere volver y que lo va a hablar con los dioses del Yomi. Solo le pide una cosa mientras tanto: que no la mire.
Ella se mete dentro y no sale, y el texto lo dice sin adornos: tardaba tanto que él no pudo esperar. Izanagi lleva el pelo recogido en dos moños, uno a cada lado de la cabeza; en el izquierdo lleva un peine. Lo saca, le arranca el diente del extremo, le prende fuego y entra con esa única luz. Lo que ve tiene poco de sombra elegante. Sobre ella pululan los gusanos, rodando unos sobre otros. Repartidos por su cuerpo hay ocho dioses del trueno: en la cabeza, en el pecho, en el vientre, en el sexo, en cada mano y en cada pie [1].

Aquí conviene un matiz que casi todas las versiones populares se saltan. El «se pudría» que traduce Chamberlain viene de una corrección que hizo el erudito Motoori Norinaga sobre el manuscrito, y la lectura académica actual entiende un rodar de gusanos con un ruido sordo; la nota de Kokugakuin advierte incluso que no es exacto leerlo como un cadáver, sino como lo que Izanami es ahora en el Yomi [4]. La putrefacción explícita, el cuerpo hinchado y supurando, está en las variantes del Nihon Shoki [2]. Una de ellas añade que por eso la gente de su tiempo evitaba encender una sola luz por la noche y tirar un peine de noche. El mito más antiguo del país desemboca, en este punto, en una de esas manías domésticas que uno aprende en casa sin preguntar de dónde vienen.
Otra variante del Nihon Shoki ayuda a entender de dónde pudo salir la escena, porque en ella Izanagi no viaja a ningún otro mundo: va al lugar donde se dejaba el cuerpo antes de enterrarlo [2]. En el Japón antiguo a los muertos de rango se les velaba durante días o meses en un pabellón provisional, el mogari. Algunos arqueólogos han pensado además en las tumbas de la época, cámaras de piedra con un pasillo y una losa que se volvía a abrir cada vez que había que meter a otro muerto de la familia, aunque otros les responden que, cuando se escribió el Kojiki, esas tumbas ya eran cosa del pasado [4].
La huida del Yomi: uvas, brotes de bambú y tres melocotones
Izanagi se da la vuelta y echa a correr, y detrás oye la voz de Izanami: «me has hecho ver mi vergüenza». Ella manda tras él a la Espantosa del Yomi, una sola en el Kojiki y ocho en el Nihon Shoki. Él va tirando lo que lleva encima para frenarla. El tocado negro del pelo se convierte en uvas silvestres y la perseguidora se para a comérselas; el peine del moño derecho se convierte en brotes de bambú y se para otra vez. Entonces Izanami le manda los ocho truenos que llevaba en el cuerpo con un ejército de mil quinientos guerreros del Yomi, e Izanagi sigue corriendo mientras agita la espada a su espalda [1]. El texto no explica por qué la lleva así, hacia atrás. Yo no puedo evitar imaginármelo corriendo sin atreverse a girar la cabeza.

https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/1/12/Escape_from_the_Land_of_the_Dead_by_Aoki_Shigeru_%28Geidai_Museum%29.jpgAl pie de la cuesta hay un melocotonero. Izanagi coge tres melocotones, se los arroja a sus perseguidores y todos dan media vuelta. Tan agradecido queda que le da al melocotón un título de dios y un encargo: que igual que le ha ayudado a él, ayude a la gente de la tierra de los juncos cuando esté en apuros. Es la primera vez en todo el relato del Kojiki que aparecen las personas, y no las llama hombres ni mujeres, sino «la hierba verde humana» de este mundo [4]. Aparecemos justo aquí, en mitad de una huida, como los que van a necesitar que alguien los proteja de los muertos.
La roca y el divorcio: mil muertos y mil quinientos nacimientos
Al final sube ella en persona. Izanagi coge una roca que harían falta mil hombres para mover, tapa con ella la cuesta. Los dos se quedan frente a frente, uno a cada lado de la piedra. Allí se dicen unas palabras cuyo sentido exacto se sigue discutiendo: Chamberlain las tradujo como una despedida y reconoció que no se podía precisar más; el Nihon Shoki las llama sin rodeos el juramento de divorcio, y para el Kojiki esa es la lectura mayoritaria, aunque no segura [4].
Habla ella primero: «Mi querido hermano, si me haces esto, cada día estrangularé a mil personas de tu país». Él contesta: «Mi querida hermana, si tú haces eso, yo levantaré cada día mil quinientas casas de parto». Por eso, cierra el narrador, cada día mueren sin falta mil personas y nacen sin falta mil quinientas [1]. Las casas de parto eran las cabañas donde se retiraban las mujeres a dar a luz, y la amenaza de ella es concreta, «la gente de tu país»; la regla general la pone el narrador, no Izanami.
A mí este es el momento que más me impresiona de toda la mitología japonesa, por la respuesta más que por la amenaza. Él no la vence ni le pide perdón, le contesta con una cuenta y le gana por quinientos. Hay otra cosa, y creo que no es un descuido: esta vez vuelve a hablar primero la mujer, igual que en el pilar del principio, y esta vez nadie sube al cielo a decirle que estuvo mal. Desde ese día Izanami se llama la Gran Diosa del Yomi, y la roca también recibió nombre, el gran dios que hace volver por el camino; con los siglos acabó convertida en el dios que guarda los caminos y las fronteras.
La cuesta de Yomotsu Hirasaka existe
El Kojiki da hasta la dirección: la cuesta, dice, es la que en su tiempo se llamaba cuesta de Ifuya, en Izumo [1]. Hoy está en Higashi Izumo, a las afueras de la ciudad de Matsue, en una pequeña colina con árboles a unos trescientos metros al sur de la carretera nacional 9, con una estela de piedra de 1940 que la señala como el lugar de la leyenda [7]. Allí se enseñan unas rocas grandes como la que cerró el paso, aunque eso solo lo cuentan las webs de turismo. Es de las cosas más raras que conozco, un país que tiene señalado con una piedra el punto exacto donde se separaron la vida y la muerte.
https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/0/04/Yomotsu_Hirasaka.JPGEl Nihon Shoki tiene sus propios finales, y alguno es mejor que el del Kojiki. En uno, cuando él la mira, ella no le grita que la ha avergonzado, sino que le dice: «has visto lo que soy; ahora veré yo lo que eres tú». Él contesta que no se dejará vencer por un pariente, escupe y de la saliva le nace un dios. En esa misma versión aparece junto a la cuesta una diosa, Kukuri-hime, que le dice algo a Izanagi; a él le parece bien y ella desaparece [2]. El texto no apunta qué le dijo. Es probablemente el mejor consejo de la mitología japonesa, y no lo vamos a conocer nunca.
Orfeo, la diosa maorí y el parecido que ya vio un estudioso en 1916
Es imposible no acordarse de Orfeo, que también bajó a buscar a su mujer, también tenía prohibido mirar y la perdió por darse la vuelta. Las diferencias, sin embargo, pesan. En Grecia la condición la pone la reina de los muertos, y cuando nos preguntamos por qué Orfeo miró hacia atrás hablamos de un hombre que pierde a Eurídice cuando ya veía la luz. Aquí quien prohíbe es la propia Izanami, y lo que él ve no es a su mujer desvaneciéndose, sino en qué se ha convertido.
Hay un mito que se le parece todavía más, en el otro extremo del Pacífico. Los maoríes cuentan que la hija de la primera mujer, la que el dios Tāne había modelado con tierra, descubrió que su marido, el propio Tāne, era también su padre y que, de vergüenza, bajó al mundo de abajo y se convirtió en Hine-nui-te-pō, la Gran Señora de la Noche. Cuando él la siguió, no le abrió: le dijo que volviera solo a criar a sus hijos a la luz del día, y que ella se quedaba abajo para irlos arrastrando a la oscuridad y a la muerte. El estudioso estadounidense Roland B. Dixon ya señaló en 1916, en una nota, el notable paralelo con Japón [8]. Es la misma diosa que, en otro relato, cierra las piernas sobre el héroe que intentaba vencerla, la muerte de Maui.
El antropólogo japonés Ōbayashi Taryō le dio vueltas a ese parecido en 1966. Por su estructura, sostenía, el mito de Izanagi e Izanami está cerca de relatos de Asia septentrional y de América en los que la muerte llega porque alguien vio lo que no debía, y en los que la compensación es que nazcan niños. Detalles como el melocotón contra los demonios o la casa de parto, en cambio, le parecían rasgos chinos. Que el motivo de Orfeo conviviera en Polinesia con el de la disputa entre dos dioses le hacía pensar, además, en un lazo antiguo entre Japón y Polinesia [9].
¿Cómo nacieron Amaterasu, Tsukuyomi y Susanoo?
Izanagi ha vuelto, pero viene sucio. Dice que ha estado en un país feo y asqueroso, y se va lo más lejos posible de Izumo, a la desembocadura de un río en Kyushu, para lavarse. Se quita el bastón, el cinturón, la bolsa, la túnica, los pantalones, el tocado y los brazaletes. Cada cosa que tira se convierte en un dios, doce en total. Luego mira el río, decide que la corriente de arriba es demasiado rápida y la de abajo demasiado floja, y se mete en el medio [1]. Lo primero que sale cuando se lava son dos dioses de la desgracia, nacidos de la suciedad que trae del Yomi; según la tradición sintoísta, de ellos vienen todos los males del mundo, y enseguida nacen otros tres para enderezar lo que esos tuercen.
Al final se lava la cara. Del ojo izquierdo nace Amaterasu, la diosa del sol; del ojo derecho, Tsukuyomi, dios de la luna; de la nariz, Susanoo, el dios de la tormenta. Izanagi se pone contentísimo y dice que, después de engendrar hijo tras hijo, al final le han salido tres preciosos. A Amaterasu le da el cielo y su collar, que suena al moverlo; a Tsukuyomi, el reino de la noche; a Susanoo, el mar [1]. Los hijos de una pareja que acaba de romper a través de una roca nacen de un hombre solo.

Susanoo no gobierna nada. Se pasa los años llorando, tanto que la barba le llega al pecho, y con su llanto se secan los montes y se vacían los ríos. Cuando su padre le pregunta por qué llora, contesta que quiere irse al país de su madre. Susanoo no tiene madre, porque nació de la nariz de su padre, y la palabra que usa se suele entender como Izanami, la que está al otro lado de la roca, aunque las notas de Kokugakuin la leen como una madre del otro mundo [4]. Izanagi se enfada y lo destierra. Lo que hace luego Susanoo en el cielo, y cómo Amaterasu, diosa del sol, acaba encerrándose en una cueva, es otra historia. Del padre el Kojiki dice que se retiró a vivir a Taga, en Ōmi, donde hoy un santuario muy visitado de la prefectura de Shiga venera a los dos esposos y recibe a quien va a pedir una vida larga.
Por qué sigue viva una historia de hace mil trescientos años
Una parte de la respuesta está a la entrada de cualquier santuario sintoísta. Hay una pila de agua con cazos de madera, el temizuya, donde la gente se lava las manos y se enjuaga la boca antes de pasar. La tradición lo explica como una forma abreviada del misogi, el baño que se dio Izanagi al volver del Yomi [10]. La costumbre de lavarse después de rozar la muerte es muy antigua: en el siglo III, un cronista chino que describía a la gente de Japón contaba que, terminado un entierro, toda la familia se metía en el agua a bañarse [2].
La otra parte, creo, es la roca. Muchas mitologías explican la muerte con un error, alguien que desobedece, alguien que come lo que no debía, alguien que mira, y aquí también hay error, pero no hay un castigo que baje del cielo. Hay dos personas que se quisieron, una a cada lado de una piedra, haciendo una cuenta en la que ganan los vivos por quinientos. En una de sus variantes, el Nihon Shoki recoge la frase más honda que conozco sobre este mito: hay quien dice que la cuesta del Yomi no es ningún lugar, sino el rato en que falta el aliento cuando la muerte se acerca [2]. Si es así, todos hemos estado alguna vez cerca de esa cuesta, junto a alguien. La próxima vez que oigas la historia del hombre que bajó a buscar a su mujer y no pudo evitar mirarla, piensa en dónde se acaba la versión japonesa: con ella al otro lado de la piedra hablando primero, mientras él levanta cabañas para que nazcan más de los que se van. ¿Cuál de los dos tuvo la última palabra?
Preguntas Frecuentes
¿Amaterasu es hija de Izanami?
Depende del libro. En el Kojiki, no: Amaterasu nace del ojo izquierdo de Izanagi cuando se lava al volver del Yomi, después de la separación, e Izanami no interviene. Solo el texto principal del Nihon Shoki, en el que Izanami no muere, la hace hija de los dos.
¿Izanagi e Izanami eran hermanos?
Nacen juntos como la última pareja de la séptima generación de dioses, y el texto llama a Izanami «hermana menor». En el japonés arcaico, sin embargo, «hermana menor» y «esposa» eran formas intercambiables, así que hay que leerlo también como un apelativo cariñoso entre esposos.
Fuentes y referencias bibliográficas
- Chamberlain BH, traductor. Kojiki, or Records of Ancient Matters. Transactions of the Asiatic Society of Japan, vol. X, supl. Yokohama: Asiatic Society of Japan; 1882.
- Aston WG, traductor. Nihongi: Chronicles of Japan from the Earliest Times to A.D. 697. Vol. I. Londres: Japan Society; 1896.
- Rubio C, Tani Moratalla R, traductores. Kojiki. Crónicas de antiguos hechos de Japón. Madrid: Trotta; 2008.
- Kojiki Viewer (texto, lectura, traducción moderna y notas). Universidad Kokugakuin. 2026 [citado 2026 Oct 10].
- Otsunakake Shinji at Hana no Iwaya Shrine. Kumano Kodo Iseji (Higashi-Kishu). 2026 [citado 2026 Oct 10].
- Kōnoshi T. The Land of Yomi: On the Mythical World of the Kojiki. Kelsey WM, traductor. Jpn J Relig Stud. 1984;11(1):57-76.
- Yomotsu Hirasaka. Asociación de Turismo de Matsue. 2026 [citado 2026 Oct 10].
- Dixon RB. Oceanic Mythology. The Mythology of All Races, vol. IX. Boston: Marshall Jones; 1916.
- Ōbayashi T. Origins of Japanese Mythology, Especially of the Myths of the Origin of Death. En: Folk Cultures of Japan and East Asia. Monumenta Nipponica Monographs 25. Tokio: Sophia University Press; 1966. p. 1-15.
- Temizuya. Encyclopedia of Shinto, Universidad Kokugakuin. 2026 [citado 2026 Oct 10].