Leza y la calabaza: el mito bantú que explica el origen de la muerte sin culpar a nadie
Casi todos los mitos que explican la muerte necesitan un culpable. En el mito ila de Zambia, la muerte entra en el mundo porque un pájaro no aguantó la curiosidad, y nadie paga por ello.
Casi todos los grandes mitos que explican por qué morimos necesitan un culpable. Alguien desobedece, alguien miente, alguien se equivoca al elegir, y la mortalidad llega como consecuencia moral de ese acto. En un relato recogido entre los ila de la actual Zambia, la muerte entra en el mundo porque un pájaro pequeño no aguantó la curiosidad, y a ese pájaro nadie lo castiga.
Es una diferencia que parece menor y no lo es. Un mito que reparte culpa te enseña a temer una conducta; un mito que describe un accidente te enseña otra cosa completamente distinta sobre el sitio en el que vives.
¿Quién es Leza, el dios del cielo bantú?
Leza —o Lesa, según la lengua— es el nombre del ser supremo entre varios pueblos de lenguas bantúes del África centro-meridional: los ila, los tonga, los bemba, los lamba, los kaonde, en la región que hoy ocupan Zambia y sus vecinos. Está arriba, es único y no tiene forma. No hay imágenes suyas, ni templos, ni sacerdocio dedicado a él.
Lo que sí tiene es meteorología. Leza es quien da la lluvia, hasta el punto de que en algunas de estas lenguas la expresión para decir que llueve es literalmente que Leza está cayendo. Entre sus epítetos aparecen nombres de oficio: Shakapanga, el que ordena o dispone las cosas, y otros que lo describen como el que da y el que quita [1]. Es un dios de gran alcance y poca conversación.
Esa combinación de omnipotencia y distancia no es una peculiaridad ila, sino un patrón muy extendido en las religiones tradicionales africanas: un ser supremo reconocido por todos, al que casi nadie dirige culto directo porque el trato cotidiano pasa por los antepasados y los espíritus del lugar, que son los que tienen despacho abierto [2]. Se le parece bastante el creador del mito yoruba, que delega el trabajo fino y desaparece del cuadro, y la lógica reaparece por todo el continente en el repertorio de la mitología africana.
¿Cómo se trataba con un dios que no tiene templos?
Por delegación, y de forma muy ordenada. El interlocutor habitual de una familia ila o tonga no era Leza sino los mizhimo, los espíritus de sus propios muertos, que conocen los nombres de los vivos y tienen motivos para ocuparse de ellos. A ese nivel doméstico se le ofrece cerveza, se le habla, se le reprocha y se le pide.
Para los asuntos que afectan a todo el mundo a la vez existía otro escalón. Los espíritus territoriales que los tonga llaman basangu se manifiestan en personas que actúan como su voz y se atienden en santuarios comunitarios, los malende, donde se celebran los ritos de la lluvia al empezar la temporada. Ahí es donde el sistema conecta con el dios de arriba, porque la lluvia es competencia suya y porque una sequía es el tipo de desgracia que no cabe en el patio de una sola familia [2].
El resultado es una religión de escalas: cuanto más grande es el problema, más lejos hay que llamar y menos garantías hay de que contesten.
El mito de las tres calabazas
El relato es breve y por eso golpea. Leza quiere enviar sus dones a los primeros seres humanos y encarga el reparto a un pájaro, el pequeño indicador de miel. Le entrega tres calabazas cerradas con instrucciones exactas: dos pueden abrirse al llegar, la tercera no debe abrirse en ningún caso, y de eso se encargará él mismo cuando baje.
El pájaro indicador de miel emprende el vuelo. En el camino, la curiosidad —o el hambre, según la versión— le hace abrir las dos primeras, y de ellas salen las semillas de los cultivos y las cosas buenas de la vida. Con la tercera podría haberse detenido. No lo hace. De la tercera calabaza escapan la muerte, la enfermedad y las fieras que devoran a los hombres, y ya no hay manera de volver a meterlas dentro [1].
Lo que ocurre después es lo interesante. Leza no maldice al pájaro. No expulsa a nadie de ningún jardín, no instaura una penitencia, no exige un sacrificio compensatorio. Constata que lo que ha salido no se puede recoger y el mundo sigue funcionando con la muerte dentro, igual que sigue funcionando con la lluvia y con las semillas. El daño no es un veredicto: es un derrame.

¿Por qué en este mito no hay castigo ni pecado?
Compáralo con el relato que tenemos más a mano. En el jardín del Edén, la secuencia es prohibición, desobediencia, culpa, sentencia y expulsión, y de ella salen dos milenios de teología sobre la responsabilidad humana. Al otro extremo del planeta, en el Pacífico, importa mucho cómo muere Maui en la mitología: el héroe intenta acabar con la muerte metiéndose en el cuerpo de la diosa que la administra, un pájaro se ríe en el momento crítico, la diosa despierta y lo mata. Ahí tampoco hay pecado, pero sí hay una derrota, un intento fallido y un héroe que paga.
El mito ila carece de las dos cosas. Nadie desafía a Leza y nadie fracasa heroicamente. La muerte llega por un descuido de logística.
Y hay un detalle de composición que refuerza esa lectura: las tres calabazas venían juntas en el mismo encargo. Las semillas, la abundancia y la muerte viajaban en el mismo envío, atadas con la misma cuerda, al cuidado del mismo pájaro distraído. El relato no separa el don del daño en dos episodios morales distintos, como hacen las tradiciones que primero regalan un paraíso y luego lo retiran. Los pone en el mismo vuelo.
Los estudios clásicos sobre este tema clasificaron centenares de relatos africanos del origen de la muerte y encontraron varias familias recurrentes: la del mensaje mal transmitido, la de la elección equivocada, la de la muerte que llega por el sueño o por la puerta mal cerrada [3]. La más famosa es la del mensaje que llega tarde: en versiones documentadas entre pueblos de África austral y oriental, el creador manda a un animal lento con la noticia de que los humanos resucitarán y a otro más rápido con la contraria, y la mala noticia gana la carrera. Frazer reunió esa serie en su gran repertorio comparado, junto a las variantes en las que el mensajero deforma el recado por torpeza y no por malicia [4].
Fíjate en lo que comparten todas ellas: el fallo está en el canal, no en el destinatario. La humanidad no es culpable de su propia mortalidad; le llegó mal la información. Es una teodicea sin juicio final.
El Leza que no responde
Sería cómodo terminar aquí, con un mito amable frente a un Génesis severo, pero el material etnográfico no permite ese consuelo. Los mismos recopiladores que anotaron la historia de las calabazas registraron entre los ila el lamento de una mujer mayor que había perdido a toda su familia y que decidió ir a buscar a Leza para preguntarle en la cara por qué. La respuesta que obtiene de su gente es que Leza está arriba y no hay camino. Entre los epítetos que recogieron figura uno especialmente duro, el del dios que se ceba en alguien y no la suelta, Shikakunamo, [1].
Un mundo sin culpables no es un mundo consolador. Es un mundo en el que no hay a quién reclamar. La versión bantú evita el pecado original, y a cambio se queda sin la promesa de reparación que el pecado original trae siempre incorporada: si nadie hizo nada mal, tampoco hay nada que redimir.

Quién abrió la tercera calabaza
Cada vez que ocurre algo terrible y colectivo, una epidemia, un incendio que arrasa una comarca, un desplome económico, la primera reacción organizada no es atender el daño: es averiguar quién abrió la tercera calabaza. Comisiones, hilos, dimisiones, juicios. Y no está mal que sea así cuando hay de verdad una mano detrás, porque muchas catástrofes tienen responsables y localizarlos es justicia elemental. El problema es que el reflejo se dispara igual cuando no hay ninguno, y entonces produce chivos expiatorios con una eficacia notable.
La antropología lleva décadas señalando que los sistemas tradicionales de explicación del infortunio no son irracionales, sino teorías completas sobre por qué le pasa esto a esta persona ahora, un terreno en el que la ciencia moderna responde con estadística y deja al individuo sin relato [5]. Los mitos hacen ese trabajo desde siempre, y ese es el motivo por el que siguen aquí cuando su cosmología ya no la defiende nadie [6].
Lo que el relato de Leza pone sobre la mesa es la opción menos frecuentada del catálogo. Un mundo en el que la peor cosa que nos ha pasado no fue el plan de nadie, ni un castigo, ni una prueba, ni el precio de una audacia: fue un pájaro con un encargo que le venía grande. Contado así suena a resignación, pero tiene una consecuencia práctica bastante distinta, porque a un derrame no se le pide cuentas y sí se le pueden vendar las heridas, y todo el esfuerzo que no gastas en buscar responsables queda disponible para lo otro. A mí ese reparto me parece más difícil de sostener que la indignación, y bastante más útil. ¿Cuántas veces has buscado un culpable porque hacía falta, y cuántas porque era más soportable que aceptar que nadie lo había querido?
Preguntas Frecuentes
¿Leza es el mismo dios que Nyambe o Mulungu?
No exactamente, aunque cumplen la misma función. Son nombres del ser supremo en distintas lenguas bantúes: Leza o Lesa en Zambia y alrededores, Nyambe en el suroeste, Mulungu en la región oriental. Los relatos asociados coinciden en parte y difieren en detalles importantes.
¿Qué animal lleva las calabazas en el mito?
En las versiones ila recogidas a comienzos del siglo XX es un pájaro pequeño, identificado con el indicador de miel. Otras tradiciones de la región asignan el papel de mensajero al camaleón, a la liebre o al lagarto, casi siempre con el mismo resultado.
Fuentes y referencias bibliográficas
- Smith EW, Dale AM. The Ila-Speaking Peoples of Northern Rhodesia. London: Macmillan; 1920.
- Mbiti JS. African Religions and Philosophy. 2.ª ed. Oxford: Heinemann; 1990.
- Abrahamsson H. The Origin of Death: Studies in African Mythology. Uppsala: Almqvist & Wiksell; 1951.
- Frazer JG. La rama dorada: magia y religión. México: Fondo de Cultura Económica; 1944.
- Horton R. African Traditional Thought and Western Science. Africa. 1967;37(1):50-71.
- Mythology. World History Encyclopedia. 2018 [citado 2026 Ago 4].