Orión: dos nacimientos, tres muertes y el libro que perdimos
Es el único héroe griego que puedes señalar en el cielo, y el que peor conocemos. No porque los griegos fueran desordenados, sino porque se perdió el libro que ponía en orden sus versiones.
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Orión es el único héroe griego que puedes salir a buscar al cielo esta noche y reconocer a simple vista. Tres estrellas en línea, el cinturón. A partir de ahí aparece el gigante entero. Es también, y esto es lo raro, del que menos podemos reconstruir: nació dos veces y murió tres, y las fuentes antiguas se contradicen en casi todo lo que cuentan de él.
La reacción normal ante eso es elegir una versión y seguir. Los manuales lo hacen. Escogen el nacimiento más presentable y la muerte más redonda, y archivan el resto en una nota al pie. Aquí voy a hacer lo contrario, porque creo que el desorden no es un defecto de la transmisión. Es el mito.
¿Quién fue Orión en la mitología griega?
Orión fue un gigante cazador de fuerza y belleza desmedidas, el mejor rastreador que pisó el mundo griego y uno de los poquísimos mortales a los que los dioses acabaron subiendo al firmamento. Podía caminar sobre el agua. Vació de fieras la isla de Quíos. Cazó junto a Artemisa, la única diosa que nunca dejó que un hombre se le acercara, y estuvo más cerca que nadie de ser algo suyo.
Ese es el retrato en el que todas las fuentes coinciden. A partir de ahí, casi nada encaja. El desencaje empieza en el sitio donde más incómodo resulta, que es cómo vino al mundo.
¿Por qué el nombre de Orión es un eufemismo?
Hay un rey en Beocia, Hirieo, viejo y sin hijos. Una noche se le presentan tres viajeros y él, que no sabe quiénes son, mata un buey y los trata como a reyes. Eran Zeus, Poseidón y Hermes. Al revelarse, le ofrecen lo que quiera. Hirieo pide lo único que a esas alturas de su vida le falta.
Lo que los dioses hacen entonces no lo prepara ninguna estatua de museo. Cogen la piel del buey que acaban de comerse, orinan sobre ella los tres y le ordenan a Hirieo que la entierre y no la toque durante diez meses. Diez meses después el rey desentierra la piel y dentro hay un niño vivo: nacido de la tierra, sin madre, de tres dioses y un animal muerto.
Lo llamaron Urión, del griego ourón, orina. Con el tiempo a alguien le pareció poco digno para un héroe destinado al cielo y suavizó la primera letra. Urión se convirtió en Orión. El nombre grabado en esas estrellas, el que usan hoy los atlas y los telescopios, es literalmente un eufemismo [1].
¿Cuántas veces nació Orión?
Dos, y las dos versiones no se pueden conciliar. Porque hay otra tradición, igual de antigua, que lo hace hijo de Poseidón y de Euríale, hija de Minos. Ahí Orión no sale de ninguna piel enterrada. Es un príncipe cretense con sangre divina por línea paterna, primo del linaje que da el Minotauro y Ariadna. De su padre hereda el don que lo define, caminar sobre el mar como quien cruza un campo.

Un mito puede permitirse variantes en los detalles. No suele permitirse dos orígenes incompatibles para el mismo hombre, porque el origen es lo que fija quién es. Que Orión tenga dos no es una curiosidad. Es la primera señal de que a este relato le falta algo que en su día lo sostenía.
¿Qué pasó en Quíos y por qué Orión se quedó ciego?
Orión llega a la isla de Quíos, donde reina Enopión —un nombre que ya avisa: oinos, vino—, y le limpia la isla de fieras a cambio de la mano de su hija. El rey se retrasa, da largas, no cumple. Orión, borracho, comete el peor acto de toda su historia. Agrede a la mujer que le habían prometido. Las fuentes ni siquiera se ponen de acuerdo en quién era ella; unas la llaman Mérope, otras la hacen esposa del rey, otras su prometida. Ni en su crimen conseguimos una sola versión.
La respuesta de Enopión sí es unánime. Esperó a que el gigante durmiera la borrachera y le sacó los ojos. Un cazador ciego es una contradicción andante. Todo lo que era —rastrear, apuntar, ver antes que nadie— desaparece de golpe.
¿Quién fue Cedalión y cómo recuperó Orión la vista?
Ciego y desterrado en la orilla, Orión echa a andar hacia un sonido. A lo lejos un martillo golpea un yunque, y él sigue ese ruido a través del mar —aquí le viene bien ser hijo de Poseidón— hasta la isla de Lemnos y la fragua de Hefesto. Las creaciones de Hefesto incluían autómatas de oro que caminaban solos, así que el dios cojo tenía recursos de sobra; lo que le presta, sin embargo, es un niño.
Se llama Cedalión, y la orden que recibe no admite duda. Súbete a los hombros del gigante y guíalo hacia el este, hacia el amanecer. La imagen que sale de ahí es de las más extrañas y más hermosas de la mitología griega: un coloso ciego caminando con un crío sentado sobre los hombros haciéndole de ojos, los dos apuntando al punto exacto por donde va a salir el sol.

Cuando llegan ya está amaneciendo. Helios asoma por el horizonte y sus primeros rayos dan de lleno en la cara del gigante. La misma luz que dejaría ciego a cualquiera es la que a Orión le devuelve los ojos. Hay una variante en la que quien lo cura no es Helios sino Eos, la Aurora, que se lo lleva enamorada hacia el este. Dos versiones otra vez, y otra vez sin manera de elegir.
¿Quién mató realmente a Orión?
Aquí el mito deja de contradecirse en los detalles y se contradice en el hecho central. A Orión lo matan de tres formas distintas, y las tres circulaban a la vez.
El escorpión. Orión se jacta de que, si le dejan, matará a todos los animales de la tierra. Gaia lo oye y no le hace gracia. Del suelo sale un escorpión —uno pequeño, uno que le cabría en la mano— y lo pica. El cazador más grande del mundo cae por la criatura más insignificante que hay en él.
La flecha. Otra fuente ni menciona al escorpión: Orión intenta seducir a Opis, sacerdotisa de Artemisa, y la diosa lo mata directamente. Con el precedente de Acteón, despedazado por sus propios perros solo por haberla visto bañarse, la cosa no podía acabar de otra manera.
El engaño. Queda la que más duele. Artemisa pasaba demasiado tiempo con el gigante; demasiado, pensó su hermano gemelo Apolo, que temía que acabara rompiendo su voto de virginidad por él. Un día Orión nadaba mar adentro, tan lejos que de él solo se veía la cabeza, un punto oscuro en el horizonte. Apolo llamó a su hermana a la orilla y la picó donde sabía que dolía. Le dijo que no era tan buena arquera, que seguro no acertaba aquel punto lejano. Artemisa no fallaba nunca. Tensó el arco y disparó para callarle la boca a su hermano. La flecha voló limpia y acertó, y lo que había en aquel punto oscuro era la cabeza de Orión.
Cuando las olas arrastraron el cuerpo hasta la orilla y la diosa vio a quién había matado, pidió a Zeus que lo subiera al cielo para poder mirarlo cada noche. En esta versión la constelación no es un honor: es una penitencia [2].
¿Por qué hay tantas versiones del mito de Orión?
Aquí está la respuesta que casi nadie da, y no es que los griegos fueran desordenados. A Orión le pasó algo que a casi ningún otro héroe griego le pasó: perdimos el libro que contaba su historia entera.
La fuente antigua que la reunía era una obra llamada Astronomía, atribuida a Hesíodo, que recogía los mitos de las constelaciones. Ese libro desapareció y de él no se conserva ni un ejemplar. Lo que sabemos son citas sueltas en autores posteriores, resúmenes de segunda mano, notas al margen de copistas que lo tuvieron delante cuando todavía existía [3]. Lo que hoy llamamos «el mito de Orión» está reconstruido con las migas que quedaron en los platos de otra gente.
Cuando desaparece la versión que ordenaba las demás, lo que sobrevive no es el relato: son los fragmentos, y cada uno tira para su lado. Le ha pasado a otras historias. La historia real de Aladino no está en ningún manuscrito árabe antiguo: la añadió un traductor francés en el siglo XVIII, y hoy nadie sabría decir dónde acaba el cuento y empieza el añadido. El origen del grifo puede estar en huesos de dinosaurio que unos buscadores de oro interpretaron mal hace veintiséis siglos, y a partir de esa lectura equivocada Europa construyó mil quinientos años de bestiario.
Con Orión, sin embargo, el destrozo es mayor. Lo que se perdió no era un detalle, era el índice.
¿Cómo encontrar a Orión en el cielo?
Se busca por el cinturón, tres estrellas de brillo parecido, alineadas y muy juntas, que en el mundo hispano se conocen como las Tres Marías. Una vez las localizas, el resto aparece solo. Arriba a la izquierda, Betelgeuse, roja y enorme, el hombro. Abajo a la derecha, Rigel, azul y blanquísima, el pie. Colgando del cinturón, una mancha difusa que a simple vista parece una estrella emborronada: es la nebulosa de Orión, una de las guarderías de estrellas más activas de nuestra galaxia. Desde España se ve bien de noviembre a marzo, mirando al sur.

Y hay un último detalle, de los que no se inventan. En el cielo, Orión y el escorpión que lo mató en una de las versiones nunca coinciden. Cuando Escorpio sale por el horizonte oriental, Orión se hunde por el occidental. Llevan tres mil años persiguiéndose sin alcanzarse jamás, y esa parte del mito no la escribió nadie: la escribió la mecánica celeste, y los griegos se limitaron a leerla.
¿Qué tiene que ver Orión con tu propia memoria?
Lo que convierte a este gigante en algo más que una anécdota de hace tres mil años es que a ti te pasa lo mismo, y a diario.
Creemos que recordar es abrir un cajón y sacar la foto intacta. No lo es. Hace casi un siglo que la psicología demuestra una y otra vez que la memoria no reproduce: reconstruye. Cada vez que recuerdas algo lo vuelves a montar con las piezas que te quedan, y lo montas un poco distinto: rellenas los huecos sin darte cuenta, y a veces metes en el recuerdo cosas que no pasaron con la misma seguridad con la que juras el resto [4].
Tú tampoco tienes tu Astronomía. Nadie la tiene. Tu infancia, la historia de cómo llegaste a ser quien eres, no es una grabación: es un relato que te recuentas y que cambia un poco cada vez. Si no te lo crees, pregúntale a alguien de tu familia por un día que recordéis los dos. Vas a descubrir que tenéis dos versiones del mismo día, igual que las fuentes antiguas tenían dos de Orión.
Los griegos, que sabían de esto, se imaginaron un río Leteo en el más allá cuyas aguas borraban la memoria entera antes de volver a nacer. Fabricaron el olvido a propósito, como si intuyeran que arrastrar el archivo completo era peor que perderlo. Quizá por eso, cuando el gigante mira hacia abajo desde ahí arriba, la pregunta que se hace no es quién lo mató. Es una mucho más nuestra: ¿cómo he llegado hasta aquí? Y no hay una sola respuesta, ni para él ni para ti.
Preguntas frecuentes
¿Orión existió realmente?
No hay ninguna evidencia de un personaje histórico detrás del mito. Sí la hay de que la constelación se identificó con un cazador o un gigante en culturas muy distintas y sin contacto entre sí, lo que sugiere que la figura se leyó en el cielo antes de que Grecia le pusiera biografía.
¿Qué son las Tres Marías?
Es el nombre popular en España y América Latina de las tres estrellas del cinturón de Orión: Alnitak, Alnilam y Mintaka. La denominación es folclore hispano, no un término astronómico.
¿Es Sirio el perro de Orión?
Sirio es la estrella más brillante del cielo nocturno y pertenece a la constelación del Can Mayor, que la tradición asocia al perro del cazador. El nombre de la estrella, del griego Seirios, significa «abrasador» y alude a su brillo, no al animal.
Referencias
- Fontenrose J. Orion: The Myth of the Hunter and the Huntress. University of California Publications in Classical Studies. 1981;23:1-280.
- Robinson M. Ovid and the Catasterismi of Eratosthenes. Mnemosyne. 2013;66(4-5):679-710.
- Pseudo-Apolodoro. Biblioteca mitológica. Trad. Rodríguez de Sepúlveda M. Madrid: Gredos; 1985.
- Schacter DL. The seven sins of memory: insights from psychology and cognitive neuroscience. American Psychologist. 1999;54(3):182-203.
- Higino. Astronomía poética. En: Fábulas. Astronomía. Trad. del Hoyo J, García Ruiz JM. Madrid: Gredos; 2009.