Jasón y los Argonautas: por qué el primer equipo de superhéroes lleva el nombre del que menos hizo

Una sola nave, cincuenta remos y la mayor concentración de héroes de la mitología griega. Si repasas el viaje prueba por prueba, Jasón casi nunca es quien la gana. La historia completa del Argo y de quién hizo el trabajo.

La tripulación del Argo en cubierta al amanecer: Hércules con la piel de león, Orfeo con la lira, Atalanta con el arco, los Boréadas alados y los Dioscuros, con Jasón al fondo de la proa
La cubierta del Argo pintada como cartel de equipo. Hércules, Orfeo, Atalanta, los Boréadas y los Dioscuros miran al mar; el capitán, en la proa y de espaldas al horizonte, mira a su tripulación. La jerarquía está invertida a propósito.

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Una sola nave con cincuenta remos, y a bordo la mayor concentración de héroes que reunió jamás la mitología griega. Hércules. Orfeo. Dos hijos del viento que podían volar. Un vigía que veía a través de las montañas. La nave se llama Argo, y su historia la conoces por el nombre del capitán.

Aquí está lo raro. Si repasas el viaje de Jasón y los Argonautas prueba por prueba, Jasón casi nunca es quien la resuelve. Pelea otro y vuela otro, y la hazaña imposible que da sentido a todo el viaje la gana alguien que ni siquiera sube a la nave como tripulante.

Este artículo cuenta la expedición entera de Yolco a Corinto con las fuentes en la mano y va apuntando lo que los resúmenes suelen saltarse, que es quién ganó cada prueba. Cuando la lista esté completa, el nombre de la portada va a parecer una elección muy extraña.

¿Por qué zarpó el Argo? Pelias, la sandalia y el vellocino de oro

El trono de Yolco era de Jasón por sangre, pero se lo había quedado su tío Pelias, que vivía con un oráculo clavado en la nuca: guárdate del hombre que llegue con una sola sandalia. Un día Jasón cruza el río Anauro, la corriente le arranca una sandalia y se planta ante su tío calzado a medias. Pelias lo reconoce al instante, no puede matarlo delante de todos y hace algo más elegante: le encarga una misión de la que nadie vuelve. El relato más antiguo que conservamos de esta escena es la Pítica IV de Píndaro, un poema del año 462 antes de Cristo [1].

El vellocino de oro era la piel de un carnero prodigioso, colgada de un roble en la Cólquide, en el extremo oriental del mar Negro, y custodiada por un dragón que no dormía nunca [2]. Pelias no mandaba a su sobrino a por un trofeo. Lo mandaba a morir con buena prensa.

Jasón responde con la única decisión de toda la saga que nadie le discute. En vez de ir solo, manda construir una nave y convoca a la élite de Grecia entera. La levanta un carpintero llamado Argos con el consejo de Atenea, que encaja en la proa un madero del roble sagrado de Dodona capaz de hablar con voz humana [2]. Una nave que empieza su historia con un trozo de madera vivo avisando del peligro a la tripulación.

La tripulación del Argo: el primer equipo de superhéroes de la historia

La lista que da Apolodoro pasa de los cincuenta nombres [2], y leerla de corrido es como hojear un reparto coral dos mil años antes de que a nadie se le ocurriera juntar a un dios del trueno con un hombre de hierro. Hércules, el más fuerte del mundo. Orfeo, cuya música amansa a las fieras. Zetes y Calais, los Boréadas, hijos del viento del norte, con alas. Linceo, que veía a través de la tierra. Los gemelos Cástor y Pólux. Peleo, que sería padre de Aquiles. Tifis al timón e Idmón el adivino. Y una sola mujer, la cazadora Atalanta, a la que Apolonio de Rodas hace quedarse en tierra porque Jasón teme las peleas que provocaría a bordo [3].

Cada uno aporta un poder distinto, y esa es la clave de lectura del mito entero. El viaje no lo va a ganar la fuerza de uno, sino la pieza correcta en el momento correcto. Jasón manda la nave, pero en la lista de talentos no aparece. Richard Hunter, uno de los filólogos que más ha estudiado las Argonáuticas, resumió la figura con una expresión que ha hecho fortuna: Jasón anda «corto de heroicidades» [4].

Pintura renacentista de la nave Argo cargada de héroes navegando bajo un cielo claro, atribuida a Lorenzo Costa
El Argo según Lorenzo Costa, hacia 1500. La tabla, conservada en Padua, mete a la tripulación entera en una nave de aparejo renacentista y no destaca a nadie: Jasón es uno más entre los remos. El pintor entendió el mito como lo entendía la Antigüedad. Imagen vía Wikimedia Commons.

Las pruebas del mar: quién ganó cada una

Primera parada, Lemnos, una isla donde no vive un solo hombre porque las mujeres los mataron a todos en una noche. A los argonautas no los reciben con lanzas sino en la cama; Jasón se empareja con la reina Hipsípila, y la misión más urgente de Grecia se queda varada en una playa cómoda hasta que Hércules estalla y los arranca de allí [3]. La primera prueba deja la primera lección, y es que al capitán hay que sacarlo de la isla a gritos.

La segunda es el primer golpe de verdad. El rey Cícico los acoge como amigos y los despide bien; esa noche el viento los devuelve a ciegas a la misma costa, los doliones los toman por piratas, y dos bandos que se abrazaron por la mañana se matan por la noche. Al amanecer, Cícico está muerto a manos de los mismos a los que dio de comer [3]. El equipo de leyenda estrena su viaje con una masacre por error, y el poema no lo esconde.

Después el mar hace criba, y la primera baja es la que menos esperarías. Las ninfas de un manantial arrastran al fondo a Hilas, el muchacho al que Hércules quería como a nadie; Hércules se pierde en el bosque rugiendo su nombre y el Argo zarpa sin él [3]. El héroe más poderoso de Grecia se queda en una playa buscando a un chico, y la aventura sigue sin él. Sobre lo que ese hombre cargaba ya antes de embarcar, sobre por qué Hércules mató a sus hijos, hay un artículo entero en el blog.

La siguiente prueba sí se gana a puñetazos, pero no con los suyos. Amico, rey de los bébrices, obliga a cada forastero a boxear con él hasta la muerte; del banco de remos se levanta Pólux, la mitad del peso del gigante, lo torea, lo cansa y lo derriba de un golpe seco [3], que era el especialista que aquel obstáculo pedía.

Luego viene una puerta que no se abre con fuerza. Fineo, un adivino ciego castigado por contar demasiado del futuro, se muere de hambre ante una mesa servida, porque las Harpías bajan a arrebatarle la comida cada vez que se sienta. Propone un trato. Libradme de ellas, dice, y os diré, uno por uno, los peligros que os esperan. Los que se levantan son Zetes y Calais, los hijos alados del viento, que las persiguen cielo arriba hasta expulsarlas para siempre [3].

El aviso de Fineo vale una vida entera, porque delante están las Simplégades, las Rocas Chocantes, dos acantilados que se separan y se cierran de golpe machacando lo que pillan en medio. El truco también es suyo. Soltad una paloma y, si pasa, pasáis detrás. La paloma pierde las plumas de la cola, la tripulación rema en el segundo exacto en que las montañas retroceden y el Argo se cuela perdiendo solo el adorno de la popa, salvado por un cálculo ajeno y por un pájaro [3].

¿Quién consiguió realmente el vellocino de oro?

En la Cólquide reina Eetes, hijo del Sol. Jasón le pide el vellocino sin más, y el rey tiene la forma perfecta de decir que no sin negarse: te lo daré si superas tres pruebas. Uncir tú solo a dos toros de pezuñas de bronce que escupen fuego, arar con ellos un campo y sembrar en el surco dientes de dragón, de los que brota un guerrero armado por cada diente [2]. Jasón mira a los toros, mira al rey, y no tiene ni idea de qué hacer. En el poema de Apolonio la palabra que lo define en ese momento es amêchanos, «sin recursos», y le cae encima una y otra vez a lo largo del viaje [4].

Entonces entra en escena quien de verdad va a ganar este viaje, y no es un argonauta. Es la hija del rey que acaba de sentenciarlo. Medea, sacerdotisa de Hécate, se enamora de Jasón porque Hera y Afrodita han movido los hilos, y en su caso enamorarse es un arma. Se le acerca en secreto y le ofrece un pacto: yo te saco vivo de las tres pruebas, y tú juras por los dioses que me tomarás por esposa y me llevarás a Grecia. Jasón, que no tiene otra salida sobre la tierra, jura [3].

Medea, con túnica azul, ofrece a Jasón un pequeño tarro de ungüento de noche en el bosque de Ares, con el dragón enroscado al roble del que cuelga el vellocino de oro
Medea tiende el tarro con la calma de quien ya sabe cómo acaba la noche; Jasón alarga la mano sin entender del todo qué recibe. El dragón, detrás, no cierra los ojos, y el vellocino cuelga fuera del alcance de los dos.

A partir de ahí todo lo hace ella. Le da un ungüento que durante un día lo vuelve inmune al fuego y al hierro, y le enseña el truco del ejército: cuando broten los guerreros, no los ataques de frente, tírales una piedra pesada en medio y deja que se despedacen entre ellos [3]. Jasón se unta, agarra a los toros de fuego por los cuernos, siembra los dientes, lanza la piedra y cumple las tres pruebas sin una quemadura. Cada una la ganó la cabeza de Medea, no el brazo de Jasón. Cuando Eetes se niega igualmente a entregar el vellocino, es otra vez ella quien adormece con sus hierbas al dragón insomne y descuelga el tesoro con sus propias manos [3]. Lo que Eurípides hizo después con este personaje lo desarrollé en el mito de Medea; aquí basta con dejar apuntado quién ganó.

Copa ática de figuras rojas del pintor Duris: el dragón vomita a Jasón ante la diosa Atenea, con el vellocino de oro colgado de un árbol
La copa de Duris, hacia 480 antes de Cristo, hoy en los Museos Vaticanos, cuenta una versión que ningún texto conservado recoge: el dragón se ha tragado a Jasón y lo devuelve medio muerto a los pies de Atenea. Tampoco aquí se salva solo. Imagen vía Wikimedia Commons.

El regreso: la sangre, Circe, las Sirenas y Talos

Huyen de noche con el vellocino y con Medea a bordo, y el precio se paga enseguida. Eetes lanza su flota tras ellos y les gana terreno; Medea mata a su hermano Apsirto y va dejando sus restos en el mar, sabiendo que su padre tendrá que detenerse a recoger cada pedazo para enterrarlo [2]. Funciona. El viaje de vuelta ya no es un desfile de vencedores, sino el rastro de todo lo que están dispuestos a romper.

Zeus, asqueado por el crimen, les manda tormentas hasta que la propia viga parlante exige que se purifiquen ante Circe, la tía de Medea y la bruja de la Odisea, que les lava la sangre de las manos [3]. Pasan frente a las Sirenas, y esta vez no hace falta cera: Orfeo saca la lira y canta más alto y más bello que ellas, y las voces que hunden barcos se quedan sin nadie a quien arrastrar [3]. Es el mismo músico que años después bajaría al Hades a por su mujer y la perdería en el último paso; si alguna vez te has preguntado por qué Orfeo miró hacia atrás, la respuesta tiene su propio artículo.

Al llegar a Creta les corta el paso el último guardián, un gigante de bronce que da tres vueltas al día a la isla y recibe al Argo a pedradas. Se llama Talos, y quien lo apaga vuelve a ser Medea, que encuentra el único punto débil de la máquina y la vacía por el tobillo [5]. La historia de Talos, el gigante de bronce, merece su propio artículo, porque es, entre otras cosas, el primer robot asesino de la literatura.

Yolco y Corinto: el precio de la victoria

Llegan a casa después de cuatro meses y Pelias sigue en el trono; en ausencia de Jasón ha destrozado a su familia. Jasón quiere venganza y no sabe cómo. Medea sí. Convence a las hijas de Pelias de que puede rejuvenecer a su padre, lo demuestra con un carnero viejo que sale cordero de un caldero hirviendo, y las hijas despedazan y hierven al rey con sus propias manos [2]. Dos crímenes ya, los dos por Jasón, los dos hechos por ella mientras él mira.

En Corinto viven bien diez años y tienen dos hijos. Hasta que el rey Creonte le ofrece a Jasón la mano de su hija Glauce, y el hombre que juró por los dioses calcula que una princesa y un trono valen más que una extranjera que ya no le sirve. Lo que Medea hace entonces no tiene perdón, y el mito no te pide que la perdones: un vestido de boda envenenado que consume a la princesa y al rey que corre a abrazarla, y después la muerte de sus propios hijos, antes de escapar por el aire en el carro del Sol, su abuelo [6].

Un apunte, porque aquí la versión que conoces tiene autor. Que Medea mate a sus hijos con sus manos es sobre todo la versión que fijó Eurípides en el año 431 antes de Cristo [6]; Apolodoro recoge todavía la tradición anterior, en la que a los niños los mataban los corintios [2]. Eurípides eligió lo más insoportable a propósito, para poner al público ante una mujer a la que habían empujado hasta ahí, y funcionó tan bien que borró todas las demás versiones.

¿Cómo murió Jasón? El hombre al que aplastó su propia nave

El capitán se queda solo, sin vellocino, sin trono, sin esposa y sin hijos. La primera que anuncia su final es la propia Medea, desde el carro, en los últimos versos de la tragedia: morirás golpeado por un resto del Argo [6]. La tradición posterior lo convirtió en escena. Jasón, viejo y olvidado, se duerme a la sombra de la nave varada y podrida en la playa, y una viga desprendida de aquella proa, el mismo madero que lo había avisado de cada peligro, le cae encima. El hombre que da nombre a la leyenda, aplastado por sus restos.

Ahí está lo que este mito de tres mil años sabía y sigue sabiendo. La expedición lleva un solo nombre en la portada, pero cruzar el mar lo hizo un equipo entero, y ganar lo imposible lo hizo la persona de fuera a la que después nadie quiso al lado. Los griegos no fueron los únicos en contarlo así: los gemelos mayas del Popol Vuh también vencen a los señores de la muerte a base de ingenio, jugando con las reglas de sus verdugos, sin un solo golpe de fuerza. La gloria se puso un nombre. El trabajo y el precio los pusieron otros.

A mí lo que más me inquieta del final no es la viga. Es que, si hoy repartieran los créditos de esa expedición, casi seguro seguiríamos escribiendo su nombre el primero. ¿A quién le pondrías tú el nombre?

Preguntas Frecuentes

¿Cuántos argonautas viajaron en el Argo?

Las listas antiguas no coinciden. Apolodoro y Apolonio de Rodas dan en torno a cincuenta nombres, uno por remo, pero cada autor añade o quita héroes según la tradición de su ciudad. Los fijos en casi todas son Hércules, Orfeo, los Dioscuros, los Boréadas, Peleo, Telamón, Tifis y Linceo.

¿Dónde estaba la Cólquide?

En el extremo oriental del mar Negro, en la actual Georgia, junto al río Fasis (hoy Rioni). Para un griego del siglo V antes de Cristo era el borde del mundo conocido, y por eso el vellocino se guarda allí.

¿Qué era el vellocino de oro?

La piel del carnero alado que salvó a Frixo y Hele, sacrificado a Zeus y colgado en el bosque de Ares. Los geógrafos antiguos ya lo relacionaban con las pieles de oveja que en el Cáucaso se usaban para atrapar las pepitas de oro de los ríos.


Fuentes y referencias bibliográficas

  1. Píndaro. Odas y fragmentos. Ortega A, traductor. Madrid: Gredos; 1984.
  2. Apolodoro. Biblioteca. Rodríguez de Sepúlveda M, traductora. Madrid: Gredos; 1985.
  3. Apolonio de Rodas. Argonáuticas. Valverde Sánchez M, traductor. Madrid: Gredos; 1996.
  4. Hunter R. 'Short on Heroics': Jason in the Argonautica. Class Q. 1988;38(2):436-453.
  5. Apollonius Rhodius, Argonautica (traducción de R. C. Seaton). Theoi Project. 2017 [citado 2026 Sep 16].
  6. Eurípides. Tragedias I. Medina González A, López Férez JA, traductores. Madrid: Gredos; 1977.
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