Juggernaut: cómo un dios hindú de la compasión se convirtió en la palabra inglesa para «arrollar»

En inglés, un «juggernaut» es una fuerza imparable que aplasta lo que encuentra. Es el nombre de un dios hindú cuya gran fiesta existe justamente para que puedan tocarlo los que no pueden entrar en su templo.

Carro procesional de madera de gran altura tirado por una multitud con cuerdas en una avenida de arena
El carro grande de Puri se construye entero cada año y se desmonta al terminar. La madera sobrante va a las cocinas del templo, que alimentan a decenas de miles de personas al día.

En inglés, un juggernaut es una fuerza imparable que aplasta lo que se le pone delante: un ejército, una empresa, un camión de dieciocho ruedas. La palabra es el nombre de un dios hindú, y el rasgo por el que ese dios es más querido en su región es exactamente el contrario. Su fiesta existe para que puedan verlo y tocarlo quienes no tienen permitido entrar en su templo.

Entre esas dos cosas hay una cadena de textos que se puede seguir uno por uno: un fraile italiano del siglo XIV, un capellán inglés con una causa que financiar, un glosario de palabras angloindias y, al final, un diccionario. Ninguno mintió del todo. Entre todos fabricaron algo que ya no hay manera de deshacer.

¿Quién es Jagannātha, el dios que hay detrás de la palabra?

Jagannātha significa «señor del universo», de jagat (mundo) y nātha (señor). Se le considera una forma de Krishna, y por tanto de Vishnu, y su templo está en Puri, en la costa de Odisha, en el este de la India. Forma tríada con su hermano Balabhadra y su hermana Subhadrā, y los tres se veneran en imágenes de madera que no se parecen a nada del resto del arte hindú: troncos pintados, sin piernas, con brazos apenas esbozados y unos ojos enormes, redondos y fijos.

La propia tradición explica esa forma inacabada con un relato de impaciencia. El artesano divino acepta tallar las imágenes con la condición de que nadie lo interrumpa; el rey, ansioso, abre la puerta antes de tiempo, y el trabajo queda para siempre a medias. Los investigadores del culto añaden otra capa: el aspecto de los troncos y varios detalles del ritual apuntan a un origen tribal, probablemente de la comunidad śabara, absorbido después por el vaiṣṇavismo brahmánico y convertido en dios de Estado por la dinastía Gajapati [1].

Hay un detalle que a mí me sigue pareciendo el más extraordinario de todo el complejo. Cada cierto número de años, cuando el calendario ritual lo indica, las imágenes se retiran, se entierran y se tallan de nuevo con madera de árboles seleccionados en el bosque mediante señales. Es la ceremonia del Navakalevara, el «cuerpo nuevo». El dios muere y se rehace. Cuesta imaginar una teología de la impermanencia más literal.

El templo funciona además como una de las cocinas rituales más grandes del mundo. El alimento cocinado y ofrecido a Jagannātha se convierte en mahāprasāda, y ese alimento sagrado se reparte en un mercado interior del recinto donde, según la norma del templo, las distinciones de casta que rigen fuera dejan de aplicarse al comer. Un dios que se hace de madera nueva cada pocos años, que sale a la calle para dejarse ver por los excluidos y en cuyo patio la gente come sin preguntar de quién es hijo cada cual. Esa es la figura que Europa eligió para nombrar aquello que arrolla sin mirar a quién.

El Ratha Yatra: la fiesta en la que el dios sale a la calle

Una vez al año, en junio o julio, las tres imágenes abandonan el templo y recorren algo más de tres kilómetros hasta otro santuario montadas en tres carros colosales construidos de cero para la ocasión. El de Jagannātha ronda los trece metros de altura y lleva dieciséis ruedas. Nadie lo empuja con maquinaria: lo tiran miles de personas a mano, con sogas gruesas, y tirar de esa cuerda se considera un privilegio.

El sentido del Ratha Yatra está en la dirección del movimiento. El templo de Puri es de acceso restringido y durante siglos ha excluido a quienes no eran hindúes y, en la práctica, a castas enteras. Sacar al dios a la avenida invierte esa exclusión durante unos días: quien no puede entrar recibe la visita. La liturgia lo refuerza con un gesto casi insolente para su época, porque es el rey, el Gajapati, quien barre con una escoba de mango dorado el camino por el que va a pasar el carro, en calidad de primer servidor.

Conviene situar Puri en su contexto para entender el tamaño de la operación. La misma dinastía que hizo de Jagannātha su dios de Estado levantó a pocos kilómetros el templo solar de Konarak, otra máquina de piedra concebida como un carro gigante con ruedas talladas; durante siglos, los dos edificios sirvieron de referencia visual a los marinos que navegaban el golfo de Bengala, y los primeros europeos que los avistaron los bautizaron como la pagoda blanca y la pagoda negra [2]. Es decir: cuando Occidente empezó a hablar de aquella costa, llevaba ya un par de siglos poniéndole nombres propios a lo que veía desde la cubierta.

Multitud rodeando los carros procesionales del Ratha Yatra en Puri
Ratha Yatra en Puri. Las cifras de asistencia que manejan las autoridades de Odisha rondan el millón de personas, lo que convierte la gestión de la multitud en el problema principal de la fiesta desde mucho antes de que existieran los estadios. Imagen vía Wikimedia Commons.

¿De dónde viene la leyenda de los fieles bajo las ruedas?

El primer eslabón es Odorico de Pordenone, un franciscano que viajó por Asia en la década de 1320 y dejó escrito que en aquella procesión había devotos que se arrojaban bajo el carro para morir aplastados por su dios. Su relato se copió durante siglos en las compilaciones de viajes europeas, que es como funcionaba la información antes de la comprobación de fuentes: un dato pintoresco se reproducía porque era pintoresco.

El eslabón decisivo llega hacia 1806, con Claudius Buchanan, capellán de la Compañía de las Indias Orientales y activista evangélico. Buchanan describió Puri en cartas y panfletos destinados al público británico como un templo del horror, comparó al dios con el Moloc bíblico y cifró en cientos las víctimas voluntarias de las ruedas. Tenía dos objetivos muy concretos: recaudar apoyo para abrir la India a las misiones y atacar a la Compañía, que administraba el impuesto de peregrinación del templo y por tanto sacaba dinero de aquel culto [3].

La documentación posterior de los propios funcionarios británicos, que investigaron el asunto precisamente porque el escándalo les afectaba, apunta a algo mucho menos épico y bastante más triste. En una multitud de cientos de miles de personas empujando un carro de varias toneladas por arena, la gente moría: atropellos, caídas, aplastamientos, insolaciones, cólera. Hubo también algún caso aislado de suicidio ritual. Lo que no hubo nunca fue una institución religiosa que pidiera a sus fieles morir bajo las ruedas.

Cuando Hobson-Jobson, el gran glosario de palabras angloindias, recoge el término a finales del siglo XIX, la palabra ya se usa en inglés en sentido figurado, aplicada a instituciones y costumbres que arrollan a los individuos [4]. En el siglo XX, el británico medio la asoció al camión articulado. El dios había desaparecido del significado.

Las tres imágenes de madera del santuario, tal como las describieron los viajeros europeos. Varios de esos relatos usan la palabra «ídolo deforme»: el juicio estético llegó antes que cualquier intento de entender qué se estaba mirando.
Tres imágenes de madera pintada con ojos enormes y redondos alineadas en un altar iluminado por lámparas

Y ni siquiera ha faltado la ocasión de arreglarlo. Desde 1967, el movimiento Hare Krishna exporta el Ratha Yatra a ciudades occidentales, y desde entonces han desfilado carros por Londres, San Francisco, Melbourne y Barcelona, con el nombre del dios cantado en voz alta por sus calles. Millones de europeos y estadounidenses han visto la fiesta en persona sin que la palabra que aprendieron en el colegio se moviera un milímetro de su significado. El referente vino a buscarlas y no lo reconocieron: la etiqueta llevaba tanto tiempo funcionando sola que la cosa nombrada apareciendo delante ya no cambiaba nada.

¿Por qué un error así se queda en el diccionario para siempre?

Porque las palabras se independizan de sus referentes. Mientras «juggernaut» significaba «el dios de Puri», podía discutirse si la descripción era justa. En el momento en que empezó a significar «fuerza que arrolla», dejó de haber nada que comprobar: la palabra ya funcionaba sola, y corregir su origen no cambiaba su uso. Ese es el punto de no retorno de cualquier tergiversación eficaz.

El mecanismo no es exclusivo de la India, aunque allí operó a escala industrial porque el aparato colonial producía conocimiento a la vez que administraba, y ese conocimiento se citaba a sí mismo hasta volverse incuestionable [5]. Le ocurrió a baal demonio, que empezó siendo un dios cananeo de las tormentas; le ocurrió a la lista entera de demonios antiguos del cristianismo medieval, poblada de deidades ajenas reclasificadas. Y funciona igual en dirección inofensiva: la pregunta de de dónde es Aladino tiene por respuesta un cuento que un traductor francés añadió a las Mil y una noches y que hoy nadie consigue devolver a su sitio.

Lo que hace este caso especialmente instructivo es que la corrección existe, está publicada y es accesible, y no sirve de nada. Los estudios sobre el templo de Puri llevan medio siglo disponibles; el caso de el autor del Popol Vuh demuestra que un religioso europeo también podía dedicarse a conservar lo que encontraba en vez de a caricaturizarlo. Da igual: la palabra ganó. Cuando escribes hoy que una empresa es un juggernaut, estás repitiendo el panfleto de un capellán de 1806 sin haberlo leído.

Y este es el motivo por el que el asunto no ha envejecido. Buchanan tuvo que imprimir folletos y colocarlos en la prensa británica durante años para instalar su versión; hoy basta con que una afirmación se repita en suficientes páginas para que la devuelvan como respuesta los buscadores y los modelos de lenguaje que aprenden de ellas, y para que la rectificación, publicada una vez en un artículo académico de pago, no llegue nunca tan lejos. Los europeos que llamaron monstruo al dios con cabeza de elefante al menos tuvieron que verlo. La distancia entre una descripción y su objeto no ha hecho más que crecer, junto con la velocidad de la copia. ¿Cuántas palabras usas a diario que son, en realidad, el resumen que alguien hizo de algo que no entendía?

Preguntas Frecuentes

¿Se lanzaban de verdad los fieles bajo el carro de Jagannātha?

Hubo muertes en las procesiones, casi todas accidentales por aplastamiento en multitudes enormes, y algún caso aislado de suicidio ritual. No existió una práctica religiosa organizada de arrojarse bajo las ruedas, como sostuvieron los relatos misioneros del siglo XIX.

¿Puede entrar cualquiera en el templo de Puri?

No. El acceso al recinto principal sigue restringido a los hindúes, y esa exclusión es precisamente lo que hace significativa la salida anual de las imágenes en el Ratha Yatra, cuando el dios se pone al alcance de todo el mundo en plena calle.

Fuentes y referencias bibliográficas

  1. Eschmann A, Kulke H, Tripathi GC, editores. The Cult of Jagannath and the Regional Tradition of Orissa. New Delhi: Manohar; 1978.
  2. Konarak Sun Temple. World History Encyclopedia. 2015 [citado 2026 Ago 4].
  3. Cassels NG. Religion and Pilgrim Tax under the Company Raj. New Delhi: Manohar; 1988.
  4. Yule H, Burnell AC. Hobson-Jobson: A Glossary of Colloquial Anglo-Indian Words and Phrases. London: John Murray; 1886.
  5. Inden R. Orientalist Constructions of India. Modern Asian Studies. 1986;20(3):401-446.
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