La verdadera historia de Aladino: Un cuento chino, un genio árabe y un fraude francés

Descubre la sorprendente verdadera historia de Aladino: por qué el cuento original ocurre en China, cómo un traductor francés lo inventó en el siglo XVIII y por qué es el arquetipo del embaucador.

La verdadera historia de Aladino: Un cuento chino, un genio árabe y un fraude francés

Aladino no es árabe. No ocurre en el desierto. La lámpara mágica no aparece en ningún manuscrito árabe medieval. Y el genio que concede deseos no tiene ningún precedente en el folclore islámico clásico. Todo lo que crees saber sobre Aladino es, en realidad, una invención de un diplomático francés del siglo XVIII que probablemente se lo inventó basándose en los relatos orales de un contador de historias sirio al que nunca volvió a ver.

Esta es la historia real de uno de los cuentos más famosos del mundo: un relato que nació en China (según el texto original), fue transformado en árabe por un intermediario misterioso, reescrito en francés por Antoine Galland, adaptado al inglés victoriano, y finalmente convertido en un musical de Broadway y una película de Disney que tiene tan poco que ver con el original como un Big Mac con la cocina medieval persa.

Y sin embargo, algo en el núcleo de esta historia ha sobrevivido a todas esas transformaciones. Algo que habla de los genios misteriosos de la mitología árabe y del deseo humano más universal: que alguien, en algún momento, nos conceda lo que no podemos conseguir solos.

¿Qué cuenta realmente la historia de Aladino?

En su versión literaria más antigua, Aladino no es un astuto ladrón de buen corazón, sino el hijo perezoso e irresponsable de un sastre pobre. Su vida cambia cuando un misterioso hechicero magrebí (del norte de África) se hace pasar por su tío para convencerlo de entrar en una cueva mágica llena de tesoros. El verdadero objetivo del hechicero no es el oro, sino una vieja lámpara mágica que yace en su interior.

Antes de que Aladino descienda a la cueva, el hechicero le entrega un anillo mágico para protegerlo. Aladino encuentra la lámpara, pero, demostrando ser más astuto de lo que parece, se niega a entregársela al hechicero hasta que este lo ayude a salir de la cueva. Enfurecido, el hechicero sella la entrada, dejando a Aladino atrapado en la oscuridad para morir.

Es aquí donde el azar interviene: frotándose las manos por la desesperación, Aladino roza accidentalmente el anillo que le dio el hechicero. Inmediatamente, aparece un genio (jinn) que lo libera. Ya en casa, al intentar limpiar la lámpara vieja para venderla, Aladino descubre que alberga a un segundo genio, mucho más poderoso que el del anillo.

Ilustración clásica de Aladino invocando al genio de la lámpara
Ilustración de Felix Octavius Carr Darley (1821-1888) mostrando el momento en que el genio de la lámpara se aparece ante Aladino. En el folclore islámico, los Jinn son seres de fuego sin humo, capaces de ser tanto benévolos como destructivos. (Fuente: Wikimedia Commons. Autor: Felix Octavius Carr Darley. Licencia: Dominio Público)

Con el poder absoluto a su disposición, Aladino exige riquezas incalculables, construye un palacio magnífico y logra casarse con la hija del sultán, la princesa Badr al-Budur (cuyo nombre significa "Luna Llena de Lunas"). Pero el hechicero africano regresa. Aprovechando que Aladino está cazando, engaña a la princesa ofreciéndole cambiar "lámparas viejas por nuevas". Al recuperar la lámpara, el hechicero ordena al genio que teletransporte el palacio entero —con la princesa dentro— a África.

Usando el genio menor del anillo, Aladino viaja a África, asesina al hechicero, recupera la lámpara y devuelve el palacio a China. Tras derrotar también al vengativo hermano del hechicero, Aladino se convierte en sultán y gobierna en paz.

Un cuento chino inventado por un francés

La mayor paradoja de la verdadera historia de Aladino es su origen. Aunque el cuento está impregnado de folclore islámico —los personajes rezan a Alá, el gobernante es un sultán y la magia proviene de los genios misteriosos de la mitología árabe—, el texto afirma explícitamente que la historia ocurre en China.

Para los narradores árabes de la Edad Media, China no era un lugar geográfico preciso, sino el arquetipo de la "tierra lejana y exótica", el borde del mundo conocido donde la magia era posible. Es el equivalente narrativo a decir "hace mucho tiempo, en una galaxia muy, muy lejana".

Pero el giro argumental definitivo es que Aladino no pertenece a la recopilación original de Las Mil y Una Noches. El primer manuscrito sirio del siglo XIV no contiene ninguna mención a él. Fue el orientalista francés Antoine Galland quien, a principios del siglo XVIII, tradujo el manuscrito sirio al francés e introdujo la historia de Aladino [2].

Primera edición europea de Las Mil y Una Noches traducida por Antoine Galland
Primera edición de Les Mille et une Nuit (1730) traducida por Antoine Galland. El traductor francés admitió haber escuchado la historia de Aladino de boca de un cuentacuentos maronita llamado Hanna Diyab en París. (Fuente: Wikimedia Commons. Autor: Osama Shukir Muhammed Amin. Licencia: CC BY-SA 4.0)

Galland afirmó haber escuchado el cuento de boca de Hanna Diyab, un erudito maronita de Alepo (Siria) que viajó a París en 1709. Galland tomó las notas del relato oral de Diyab, le dio forma literaria, lo adaptó a los gustos de la corte francesa y lo incluyó en el volumen VIII de su traducción en 1710. El éxito fue arrollador. Coincidiendo con el auge del interés europeo por el legado oculto en los cuentos de hadas y el folclore, Aladino se convirtió rápidamente en la historia más famosa de toda la colección.

Hanna Diyab: El verdadero autor en la sombra

Durante siglos, los académicos occidentales debatieron si Antoine Galland había inventado la historia de Aladino desde cero o si se basaba en algún manuscrito árabe perdido que nadie lograba encontrar. La respuesta no estaba en un libro polvoriento, sino en el diario personal de un joven sirio llamado Hanna Diyab.

Diyab era un cristiano maronita nacido en Alepo. En 1707, a los veinte años, fue contratado por un cazador de antigüedades francés como intérprete y compañero de viaje. Su periplo lo llevó desde Siria hasta París, pasando por Chipre, Egipto y el Mediterráneo. Una vez en la capital francesa, Diyab fue presentado en los salones aristocráticos como una curiosidad exótica, y allí conoció a Galland.

El diario de Diyab (descubierto en los archivos del Vaticano en 1993) revela que fue él quien le contó a Galland no solo la historia de Aladino, sino también la de Alí Babá y los Cuarenta Ladrones. Diyab narró estas historias de memoria en árabe, y Galland tomó notas apresuradas en su propio diario antes de expandirlas y "afrancesarlas" para su publicación.

Hanna Diyab, cristiano maronita de Alepo, narró de memoria en árabe las historias de Aladino y Alí Babá a Galland durante su estancia en París en 1709. Su diario, descubierto en los archivos del Vaticano en 1993, reveló que el verdadero origen de los cuentos más famosos de Las Mil y Una Noches no estaba en ningún manuscrito árabe, sino en la memoria de un joven inmigrante sirio deslumbrado por Versalles.

Pero lo más fascinante es que los estudiosos modernos creen que Aladino es, en parte, autobiográfico. Diyab era un joven pobre de Oriente Medio deslumbrado por las riquezas de París (su "cueva de las maravillas"), guiado por un hombre mayor europeo (el "hechicero magrebí") que lo utilizaba para conseguir sus propios tesoros. El palacio del sultán descrito en el cuento tiene un parecido asombroso con el Palacio de Versalles que Diyab visitó. Aladino no es un cuento milenario; es la fantasía de ascenso social de un inmigrante sirio en la Francia de Luis XIV.

La evolución de Aladino en la cultura pop

La transformación final de Aladino ocurrió en el siglo XIX y XX, cuando el cuento pasó de ser una lectura exótica para adultos a convertirse en un pilar del entretenimiento infantil. En la Inglaterra victoriana, la historia fue adaptada repetidamente para las pantomimas teatrales (obras cómicas navideñas). Fue en los escenarios londinenses donde se introdujeron elementos que hoy consideramos "clásicos", como el personaje de la madre viuda cómica (a menudo llamada Widow Twankey) y el escenario visualmente estereotipado de "Oriente Medio" en lugar de China.

Sin embargo, la adaptación que cimentó la imagen moderna del personaje fue la película animada de Disney de 1992. Los guionistas de Disney tomaron una decisión narrativa brillante pero que alteró el mito para siempre: fusionaron al genio del anillo y al genio de la lámpara en un solo personaje hiperactivo, y limitaron los deseos a tres (una regla común en el folclore europeo, pero ausente en el cuento original de Diyab, donde Aladino pide deseos ilimitados).

Más importante aún, Disney cambió el carácter de Aladino. En el cuento original, es perezoso y un poco egoísta al principio. En la versión moderna, es un "diamante en bruto", un ladrón noble que roba para sobrevivir y tiene un corazón de oro. Esta moralización del protagonista refleja los valores contemporáneos: nos incomoda la idea antigua de que la magia y la suerte pura puedan recompensar a alguien que no se lo ha "ganado" moralmente.

Aladino como el arquetipo del Trickster

Desde una perspectiva mitológica, Aladino encaja perfectamente en el arquetipo del dios embaucador o trickster. A diferencia de los héroes épicos como Hércules o los dioses que forjaron su propio destino con esfuerzo y sacrificio, Aladino no gana su poder mediante el honor o la fuerza bruta. Lo gana mediante la suerte, la manipulación y la astucia.

Las interacciones entre Aladino y el hechicero africano son un duelo clásico de embaucadores. El hechicero intenta usar a Aladino como un peón desechable, pero Aladino, desconfiando instintivamente, se niega a entregar la lámpara, superando al maestro en su propio juego. Esta dinámica es idéntica a la que vemos en mitologías de todo el mundo, como la de el dios araña africano que usa el ingenio para vencer a los poderosos.

Más profundamente, el cuento de Aladino representa una ruptura radical con el determinismo antiguo. En los mitos griegos o nórdicos, el destino de un hombre está escrito por los dioses y es inalterable. En Aladino, un joven pobre y perezoso puede, mediante la astucia y una herramienta mágica, alterar completamente su estatus social, derrotar a la magia oscura y convertirse en sultán. Es la democratización del destino: el triunfo del individuo sobre las circunstancias de su nacimiento.

Fuentes y Bibliografía

[1] Haddawy, H. (1990). The Arabian Nights. W. W. Norton & Company.

[2] Mahdi, M. (1994). The Thousand and One Nights. Brill.

[3] Warner, M. (2011). Stranger Magic: Charmed States and the Arabian Nights. Harvard University Press.

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