Hel: la diosa nórdica de los muertos que Odín nombró reina (y nadie recuerda)
Hel gobierna el inframundo nórdico y recibe a más muertos que el Valhalla. Pero es la diosa más olvidada del panteón nórdico, confundida con el Infierno cristiano que lleva su nombre.
La mayoría de los vikingos no fueron al Valhalla. No murieron con la espada en la mano ni fueron elegidos por las valquirias para banquetear con Odín hasta el fin del mundo. Murieron de fiebre, de vejez, de parto, de un mal invierno. Y todos ellos —campesinos, ancianas, niños, la inmensa mayoría de un pueblo entero— acabaron en el mismo lugar: el reino de Hel.
Es una de las grandes paradojas de la mitología nórdica. La deidad que gobierna sobre más muertos que ninguna otra es también la más olvidada de su panteón. No hay himnos a Hel, no hay guerreros que aspiren a su salón, no hay saga que la celebre. Y sin embargo su nombre sobrevivió a los dioses que la ignoraron: cuando el cristianismo llegó al norte, tomó prestada la palabra Hel para nombrar su propio lugar de castigo. Hoy la decimos cada vez que pronunciamos «Hell» en inglés.
La pregunta que casi nadie se hace no es quién era Hel, sino por qué una cultura que veneraba la muerte heroica necesitaba mantener en la sombra a la diosa de la muerte corriente. La respuesta dice más sobre los vivos que sobre los muertos.
¿Quién es Hel, la diosa nórdica de la muerte?
Hel es hija de Loki, el dios embustero, y de la giganta Angrboða, cuyo nombre significa «la que trae angustia». No nació sola: sus hermanos son dos de los monstruos más temibles del cosmos nórdico, el lobo Fenrir y la serpiente Jörmungandr, que rodea el mundo entero mordiéndose la cola [1]. Es una genealogía del desastre. Los tres hijos de Loki encarnan aquello que ni siquiera los dioses pueden controlar, y los tres tendrán un papel en la destrucción final del mundo.
De los tres, Hel es la única con forma casi humana, y aun así inquietante. Snorri Sturluson, el islandés que en el siglo XIII recopiló buena parte de lo que sabemos, la describe partida en dos: la mitad de su cuerpo tiene el color de la carne viva y la otra mitad es azul-negruzca, como la de un cadáver [1]. Ese cuerpo doble no es un capricho estético. Es una declaración de lo que ella misma es: el punto exacto donde la vida se convierte en muerte, ni del todo una cosa ni del todo la otra. Su gesto, dice la fuente, es siempre sombrío y feroz.
Conviene una advertencia de rigor: gran parte de este retrato tan vívido procede de Snorri, que escribió cristianizado y con siglos de distancia sobre los cultos paganos. En la poesía más antigua, la palabra hel designa muchas veces un lugar más que una persona, y la diosa perfilada al detalle que hoy imaginamos es en parte una sistematización literaria tardía [4]. La Hel de trono y corte que nos gusta dibujar existe, sobre todo, porque alguien la ordenó por escrito.
Helheim y Niflheim: el reino de los que no cayeron en combate
El dominio de Hel se llama Helheim y se sitúa en Niflheim, el más frío y brumoso de los nueve mundos, allá abajo entre las raíces del árbol cósmico. Llegar hasta él es un viaje largo hacia el norte y hacia abajo, cruzando ríos gélidos y el puente de Gjöll, custodiado por una giganta que pregunta a cada muerto su nombre y su linaje. En un poema de la Edda poética, el propio Odín cabalga ese camino para arrancarle una profecía a una vidente muerta: ni el padre de los dioses entra en el reino de Hel sin pagar el precio del viaje [2].
Lo que define a Helheim no es el tormento, sino la clase de muerto que lo habita. Aquí no llegan los caídos con gloria: esos se los llevan las valquirias al Valhalla o al campo de Freyja. A Hel van los que mueren «en la paja», como decían los propios nórdicos con cierto desdén: de enfermedad, de vejez, de accidente. En su salón, llamado Éljúðnir, todo lleva nombres de penuria. Su plato se llama Hambre; su cuchillo, Inanición; su cama, Lecho de enfermo; su umbral, Tropiezo [1]. No es un infierno de fuego. Es algo más sutil y más reconocible: la casa de la muerte lenta.

Esa división del más allá es la clave de todo. El mundo nórdico repartía a sus muertos según cómo habían muerto, no según cómo habían vivido. Un asesino que caía en batalla podía ganarse el Valhalla; una mujer justa que moría de fiebre iba a parar con Hel. Los historiadores de la religión que han estudiado la concepción nórdica de la muerte señalan que este sistema respondía a una sociedad guerrera que necesitaba glorificar el riesgo del combate por encima de cualquier otra virtud [3]. La geografía del más allá era, en el fondo, propaganda.
¿Por qué Odín entregó a Hel el reino de los muertos?
Hay una escena que lo explica. Cuando los dioses supieron, por profecía, que los tres hijos de Loki traerían la ruina, decidieron adelantarse. Encadenaron a Fenrir con una atadura mágica, arrojaron a Jörmungandr al océano que rodea la tierra y, a Hel, Odín la lanzó a Niflheim [1]. Pero al hacerlo le concedió algo enorme: autoridad sobre ese mundo y sobre todos los que allí llegaran, con potestad para repartirles alojamiento y sustento. La desterró y, en el mismo gesto, la coronó.
Es un movimiento político más que moral. Odín no castiga a Hel por lo que ha hecho —no ha hecho nada aún—, sino por lo que es y por lo que podría llegar a ser. Y en lugar de destruirla, la instala como administradora de lo inevitable. Alguien tiene que gobernar a los muertos comunes, y ese trabajo ingrato, sin gloria ni cantos, recae en la hija medio cadáver del dios en quien nadie confía. La muerte ordinaria queda así en manos de una figura a la que el propio panteón preferiría no mirar.
El rescate de Baldr: cuando Hel decidió el destino del mundo
El único momento en que Hel ocupa el centro del relato es también el más trágico de la mitología nórdica. Baldr, el dios más luminoso y amado, hijo de Odín, empieza a soñar con su propia muerte. Los dioses, aterrados, hacen jurar a todas las cosas del mundo que no le harán daño; solo olvidan una planta pequeña e inofensiva, el muérdago. Loki lo descubre, fabrica con él un dardo y guía la mano del hermano ciego de Baldr para que lo mate. La luz cae en el mundo, y Baldr desciende al reino de Hel [1].
Los dioses envían entonces a Hermóðr, otro hijo de Odín, a cabalgar hasta Helheim para negociar su rescate. Y aquí Hel demuestra que no es una carcelera sádica, sino una funcionaria de una lógica implacable. Pone una condición: devolverá a Baldr si todas las cosas del mundo, vivas y muertas, lloran por él. Casi todo el cosmos llora. Pero una giganta llamada Þökk —Loki disfrazado, o al menos así lo cuenta la única versión que da su nombre— se niega con una frialdad terrible: «que Hel guarde lo que tiene». Baldr se queda. El mundo pierde su última oportunidad de retrasar el fin.
Lo notable es que Hel cumple las reglas. No hace trampa, no exige un rescate imposible por crueldad: pide una prueba de amor universal y la deja fallar por su cuenta. En el reparto nórdico de villanos, la diosa de la muerte es de las pocas que no miente. Frente a ella, otros dioses de la muerte de otras culturas negocian, engañan o exigen sacrificios; Hel simplemente aplica su condición y espera.

¿Por qué la diosa de casi todos los muertos es la más olvidada?
Aquí está el corazón del asunto. Hel gobierna al mayor número de muertos del cosmos nórdico y, pese a ello, es una sombra en las fuentes: apenas descrita, sin culto propio conocido, sin las historias que sí acumularon Thor, Loki u Odín. La razón no es que fuera menor. Es que representaba lo que aquella cultura no quería mirar de frente.
Una sociedad que organizaba su religión alrededor de la muerte heroica necesitaba, por fuerza, restar importancia a la buena muerte corriente, la que llegaba en la cama. El Valhalla era una promesa y un incentivo: muere bien, muere luchando, y tendrás cerveza y gloria eternas. Hel era el destino por defecto, el que no había que desear ni contar, el recordatorio incómodo de que casi todos morirían de la forma que el mito despreciaba [3]. Los estudiosos que han rastreado a Hel en la poesía más antigua sugieren incluso que su falta de perfil no es un olvido posterior, sino su naturaleza original: era más un adónde que un quién, la dirección hacia la que se iba cuando no había gesta que contar [4].
Y esa jerarquía no murió con los vikingos. Seguimos partiendo la muerte en dos categorías. Está la muerte con relato —el que «peleó hasta el final», el que «cayó cumpliendo con su deber», el que merece titular y homenaje— y está la otra, la que ocurre despacio en una habitación tranquila, sin épica, y de la que preferimos no hablar. Llamamos «luchador» al que se resiste y guardamos silencio sobre el que simplemente se apaga. Mil años después seguimos construyendo nuestro propio Valhalla y seguimos, sin darnos cuenta, mandando a casi todo el mundo con Hel.
¿Por qué el Infierno cristiano se llama como una diosa nórdica?
Cuando los misioneros cristianos llegaron al norte de Europa, se encontraron con una palabra germánica ya hecha para el lugar de los muertos: hel, emparentada con un verbo que significa «ocultar», «cubrir» —el sitio escondido bajo tierra donde se guarda lo que ya no vemos. En lugar de inventar un término nuevo, la reciclaron para traducir el infierno bíblico. De ahí procede el inglés «Hell» y su parentesco con el alemán y el resto de lenguas germánicas [4].
El trasvase tuvo un efecto curioso: el nombre de una diosa relativamente neutral, que administraba la muerte común sin tormento ni fuego, quedó pegado para siempre a un lugar de castigo eterno que no tenía nada que ver con ella. La Hel nórdica no torturaba a nadie; su reino era frío y triste, no ardiente. Fue el cristianismo el que llenó de llamas una palabra que solo significaba «lo que está tapado». Uno de los pocos casos en que un dios pagano no fue demonizado ni olvidado, sino algo más raro: convertido en el nombre del enemigo.
Hel en el Ragnarök: el ejército que zarpa del inframundo
La diosa olvidada tiene, sin embargo, la última palabra. Cuando llegue el Ragnarök, el fin del mundo nórdico, los muertos de Hel no se quedarán quietos. Zarparán. El Naglfar, un barco monstruoso construido con las uñas de los cadáveres, se soltará de sus amarras y navegará hacia la batalla final cargado con las huestes del inframundo [2]. Los muertos anónimos que nadie quiso recordar volverán en masa para ayudar a derribar el mundo de los dioses que los despreció.
Hay una justicia amarga en esa imagen. El panteón nórdico apostó todo a la muerte gloriosa y arrinconó la otra, la de la mayoría; y al final es esa mayoría silenciosa la que regresa para cobrarse la cuenta. La selección de las valquirias, tan cuidadosa a la hora de elegir a los dignos, resulta insignificante cuando el mar entero de los olvidados se pone en pie [5].
Quizá por eso Hel sigue incomodándonos. No amenaza con fuego ni con demonios: solo espera, paciente, a que dejemos de fingir que nuestra muerte será distinta de la de todos los demás. La pregunta que deja abierta no es cómo evitar su reino, porque casi nadie lo evita. Es más difícil que eso: ¿por qué seguimos necesitando creer que hay muertes que valen más que otras?
Preguntas Frecuentes
¿Hel es hija de Loki en la mitología nórdica?
Sí. Hel es hija del dios Loki y de la giganta Angrboða, y hermana del lobo Fenrir y de la serpiente Jörmungandr. Los tres están destinados a intervenir en el Ragnarök, el fin del mundo nórdico.
¿Es lo mismo Hel que Helheim?
No exactamente. Hel es la diosa; Helheim (o simplemente Hel) es su reino, situado en Niflheim. En las fuentes antiguas la misma palabra designa a veces a la diosa y a veces al lugar, lo que ha alimentado el debate sobre cuál fue primero.
¿La Hela de Marvel es la misma diosa Hel?
Está inspirada en ella, pero con libertades: el cómic y el cine la convierten en hija de Odín y en una conquistadora guerrera. La Hel de las fuentes nórdicas es hija de Loki y una administradora del inframundo, no una diosa de la guerra.
Fuentes y referencias bibliográficas
- Sturluson S. Edda menor. Lerate L, traductor. Madrid: Alianza Editorial; 2012.
- Bernárdez E, traductor. Textos mitológicos de las Eddas [Edda poética]. Madrid: Miraguano Ediciones; 2000.
- Ellis Davidson HR. The Road to Hel: A Study of the Conception of the Dead in Old Norse Literature. Cambridge: Cambridge University Press; 1943.
- Abram C. Hel in Early Norse Poetry. Viking and Medieval Scandinavia. 2006;2:1-29.
- Mark JJ. Hel. World History Encyclopedia [Internet]. Disponible en: worldhistory.org/Hel