Los vampiros no morían con el sol: la historia real del mito
Drácula se paseaba por Piccadilly un día de calor, y en dos siglos de historias de vampiros la luz del día no mató a ninguno. La regla del sol la inventó una película de 1922.
Una tarde de finales de septiembre, en pleno Londres, un hombre alto y delgado, de nariz ganchuda, bigote negro y labios muy rojos, se queda mirando a una muchacha con un sombrero enorme que espera sentada en un coche de caballos. Hace calor para ser otoño. Es el conde Drácula, y Bram Stoker lo puso ahí, en Piccadilly y a la luz del día, en 1897.
Casi todo el mundo da por hecho que el sol mata a los vampiros, y que eso viene de lejos, de las aldeas de los Cárpatos y de las supersticiones más viejas de Europa. Pues bien, durante casi dos siglos de historias de vampiros, la luz del día no mató a ninguno: los mandaba de vuelta a la tumba, les quitaba fuerzas, pero no los quemaba. La regla la inventó una película alemana de 1922. Esta es la historia de los vampiros contada desde los papeles que dejaron quienes abrieron sus tumbas, y por el camino aparecen un carnicero que busca un corazón en la tripa equivocada, un cirujano militar que firma un informe en pleno enero y una viuda que pleiteó hasta que un juez mandó destruir una película entera.
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Si la prefieres contada, está entera en el vídeo Los vampiros no morían con el sol: la historia completa, y en audio, en el episodio del podcast.
¿De dónde sale el mito del vampiro?
Hay que empezar por una advertencia, porque explica casi todo lo demás. Los campesinos que creían en estos muertos no escribieron nada. Lo que sabemos de ellos lo apuntaron otros, gente de fuera que llegaba al pueblo con orden de averiguar qué pasaba: funcionarios del emperador de Austria, cirujanos del ejército, un botánico francés. Vieron los cuerpos con sus propios ojos y lo dejaron por escrito a su manera; cuando dos fuentes no coinciden conviene decirlo.
En los Balcanes, en Polonia, en Rumanía y en Grecia se contaba más o menos lo mismo con nombres distintos. Los rusos hablaban del upir, los serbios del vampir, los rumanos del strigoi y los griegos del vrykolakas. En todas partes era alguien conocido, un muerto del pueblo enterrado hacía unas semanas, que no se había quedado quieto. Se volvía vampiro el que se quitaba la vida, el que moría sin bautizar o el que había andado en brujerías, y en Macedonia bastaba con que un gato saltara por encima del cadáver mientras lo velaban, así que al muerto no se le dejaba solo ni una noche [1].
Cuando volvía, volvía a casa. Se echaba encima de los que dormían hasta ahogarlos, rompía los muebles, se bebía el vino o pedía cosas. Si lo desenterraban, lo que aparecía no era un señor pálido y elegante, sino un cuerpo hinchado, rojo o amoratado, con sangre en la boca y en la nariz y todavía envuelto en su sudario. Muchas culturas se preguntaron por qué morimos, y algunas respondieron con un trato o un castigo, como en el mito africano del origen de la muerte. En estas aldeas la pregunta era otra, mucho más urgente cuando la gente caía de dos en dos: quién de los nuestros nos está matando.
¿El sol mata a los vampiros del folclore?
Aquel muerto salía de noche, eso sí, pero el día no le hacía daño. En Macedonia, a principios del siglo XX, el folclorista G. F. Abbott recogió que el vrykolakas andaba desde unas dos horas antes de medianoche hasta el primer canto del gallo, y que al oírlo se desvanecía en su morada bajo tierra. Por eso se esparcían granos de mijo sobre el cadáver: si salía, perdería el tiempo recogiéndolos uno a uno y el alba lo sorprendería fuera [1]. El amanecer lo mandaba a casa, y en la fuente no hay nada que diga que lo destruyera.
Los granos tienen mala fama en las mitologías de la muerte. Por unas pocas semillas de granada, en el rapto de Perséfone, una diosa quedó atada medio año al mundo de abajo; en los Balcanes, unos puñados de mijo servían para lo contrario, para entretener al muerto hasta que la luz lo obligara a volver.
Para que no saliera más había remedios, y variaban de una región a otra. Una estaca en el corazón, de fresno, de espino blanco o de roble según la zona; cortarle la cabeza; quemarlo y echar las cenizas al río. En Polonia han aparecido además tumbas con una hoz de hierro apoyada sobre el cuello del muerto, para que, si intentaba levantarse, se degollara él solo. En el cementerio de Drawsko, de los siglos XVII y XVIII, se excavaron unos 285 esqueletos y seis entierros fuera de lo normal, cinco de ellos con hoz. El análisis del estroncio de sus huesos dio un resultado que desmonta la idea del forastero temido: eran gente del lugar, y los autores proponen que fueron de los primeros en morir en los brotes de cólera [2]. En Pień, en 2022, apareció una mujer joven del siglo XVII con una cofia de seda, una hoz sobre el cuello y un candado cerrado en el dedo gordo del pie izquierdo [3].
Míconos, 1701: un muerto con mucha sed
El primer forastero que dejó por escrito una de estas exhumaciones fue un botánico, Joseph Pitton de Tournefort, que viajaba por el Egeo por encargo del rey de Francia y pasó el invierno de 1700 en Míconos. Allí habían matado en el campo a un campesino huraño y pendenciero, no se sabía quién ni cómo. A los dos días del entierro empezó a decirse que de noche entraba en las casas, volcaba los muebles, apagaba las lámparas y abrazaba a la gente por la espalda [4].
Esperaron nueve días, como mandaba un ceremonial antiguo, y al décimo, después de decir misa, lo desenterraron. Al carnicero del pueblo, un hombre bastante viejo y muy torpe según Tournefort, le tocó sacarle el corazón. Empezó abriéndole el vientre hasta que alguien le avisó de que había que pasar el diafragma. El cadáver apestaba tanto que quemaron incienso, y el humo, mezclado con aquella carroña, solo consiguió aumentar la peste y calentar los sesos de aquella pobre gente, escribe. El carnicero juraba que el cuerpo seguía caliente y que la sangre era bien roja; Tournefort dice que aquello era un barro muy hediondo.
Quemaron el corazón en la playa y no sirvió de nada. El muerto siguió rompiendo puertas y ventanas y vaciando las jarras de vino, y Tournefort, que no se aguanta la ironía, apunta que era un muerto con mucha sed. Clavaron espadas desnudas en la tumba, hasta que un albanés les explicó que con espadas cristianas no, porque la guarda forma una cruz y no deja salir al diablo del cuerpo; había que usar sables turcos. Al final quemaron el cadáver con brea en la punta de un islote. Era el 1 de enero de 1701, y el botánico vio el fuego al volver de Delos. Lo resumió como una verdadera enfermedad del cerebro. Yo le doy la razón a medias, porque también fue la manera de hacer algo cuando la gente se moría y nadie sabía por qué.
Kisiljevo, 1725: el muerto que volvió a por sus zapatos
Veinticuatro años después, el miedo ya tiene un nombre que va a dar la vuelta a Europa. En Kisiljevo, una aldea de la frontera militar de Austria con los turcos, en lo que hoy es Serbia, había muerto diez semanas antes un campesino llamado Petar Blagojević. En ocho días murieron nueve personas del pueblo, jóvenes y viejas, de una enfermedad que duraba veinticuatro horas, y antes de morir todos contaron lo mismo: que Petar había ido a verlos en sueños, se les había echado encima y los había estrangulado [5].
Su viuda contó algo más. Su marido había vuelto a casa a pedirle sus opanci, sus zapatos. Después de eso, ella se fue del pueblo. De todo el caso es lo que más me inquieta: el muerto no pide sangre ni venganza, vuelve a su casa, que para eso es suya, a pedir sus zapatos. Los muertos que regresan a su propia casa como si nada no son una rareza balcánica; en Tailandia se cuenta la leyenda de Mae Nak, la esposa que siguió en su hogar después de muerta.

Los vecinos amenazaron con irse todos si no les dejaban abrir la tumba, porque el pueblo entero podía perecer, decían, como ya había pasado en tiempos de los turcos. El funcionario imperial del distrito, al que la documentación de archivo identifica como Frombald, fue con ellos y lo apuntó todo. El cuerpo no olía. Salvo la nariz, que se había hundido un poco, estaba completamente fresco. Le habían crecido el pelo y la barba, se le habían caído las uñas viejas y tenía otras nuevas, y la piel de encima, blanquecina, se había desprendido y debajo había salido otra. En la boca, escribe, vio no sin asombro sangre fresca.
Afilaron una estaca y se la clavaron en el corazón. Salió sangre abundante y del todo fresca, también por los oídos y la boca, y el funcionario añade que ocurrieron otras señales salvajes que por respeto prefiere omitir. Luego quemaron el cuerpo. Al final de su informe pidió que, si se había cometido alguna falta, no se le atribuyera a él, sino a la plebe, fuera de sí por el miedo [5].

https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/1/1e/Wienerisches_Diarium_-_21._Juli_1725_-_Seite_11.pngEl informe salió en un periódico de Viena, el Wienerisches Diarium, el 21 de julio de 1725. Ahí está la palabra que nos interesa, y aparece entre paréntesis, como algo que dicen otros: en tales personas, «a las que ellos llaman Vampyri». Es la primera aparición impresa ampliamente aceptada en una lengua de Europa occidental, o por lo menos la primera que se conoce.
Medveđa y Arnold Paole: el informe que leyó toda Europa
El caso que lo cambia todo llega siete años más tarde, en otro pueblo serbio de la frontera, Medveđa, junto al río Morava. Empieza con un soldado. Arnold Paole era un hajduk, uno de los campesinos armados que guardaban la frontera, y contaba a menudo que cerca de Gossowa, en la parte turca de Serbia, le había atormentado un vampiro, y que se había librado de él comiendo tierra de su tumba y untándose con su sangre. Unos cinco años antes del informe que lo hizo famoso, se cayó de un carro de heno y se rompió el cuello [6].
A los veinte o treinta días de su muerte, varios vecinos se quejaron de que volvía a atormentarlos, y murieron cuatro. A los cuarenta días lo desenterraron. Estaba entero, le salía sangre fresca por los ojos, la nariz y los oídos, tenía la camisa y el sudario ensangrentados, y se le habían caído las uñas y la piel viejas y le habían crecido otras. Le clavaron una estaca en el corazón, y el informe dice que dio un gemido perfectamente audible. Lo quemaron ese mismo día, y a sus cuatro víctimas les hicieron lo mismo.
Pero Paole no solo había atacado a personas: también al ganado, y en el pueblo se había comido la carne de esos animales (en el caso de una de las muertas, el informe precisa que eran ovejas; lo de las vacas que repiten algunas versiones es un adorno). Cinco años después, en el invierno de 1731, volvieron las muertes, y murieron diecisiete personas, jóvenes y viejas, en tres meses. Una muchacha, Stanjoicka, se despertó gritando a medianoche porque un chico muerto hacía cuatro semanas la había agarrado del cuello, y murió a los ocho días.
Esta vez mandaron a un cirujano de regimiento, Johann Flückinger, con otros dos cirujanos, Isaac Siegel y Johann Friedrich Baumgärtner. Abrieron las tumbas una por una, y si se cuentan los cuerpos del informe salen dieciséis. Once estaban, en sus palabras, «en estado de vampiro»: enteros, con sangre líquida, con piel y uñas nuevas. Cinco se habían podrido como se pudre cualquiera. Stana, de veinte años, muerta tras un parto de tres días, había dicho antes de morir que se había untado con la sangre del vampiro. Miliza, de unos sesenta, apareció gorda cuando en vida había sido muy flaca. Los cuerpos quedaron a la luz con las tumbas abiertas sin que ninguno se deshiciera. A los once, unos gitanos del lugar les cortaron la cabeza; los quemaron y echaron las cenizas al Morava. A los cinco podridos los devolvieron a sus tumbas [6].

El informe se firmó en Medveđa el 7 de enero de 1732 y dos oficiales lo refrendaron en Belgrado el 26. Lleva un título latino, Visum et Repertum («visto y comprobado»), que es justo lo que lo hace tan inquietante. No es una habladuría de aldea, sino un documento militar firmado por tres cirujanos del ejército imperial que dice que hay muertos que no se pudren y que sangran. En pocas semanas, según quienes han rastreado la palabra, ya se leía en un periódico de Londres.
Europa se vuelve loca de papel: la cucharada del verdugo
Europa se volvió loca, aunque de papel. Solo en alemán salieron más de una docena de libros y folletos en dos años, discutiendo si los vampiros existían, si eran cosa del diablo o si los muertos podían masticar dentro de sus tumbas; la cifra exacta no la tiene nadie. El teólogo Johann Christoph Harenberg, que publicó el informe de Medveđa en 1733, le añadió notas al margen que ya hablaban de una epidemia y del frío del invierno, y una que suena casi a broma: habría que decapitar a los grandes vampiros injustos y vivos, y dejar en paz a los muertos [6]. En 1746 el benedictino Augustin Calmet les dedicó un tratado entero, y con él la palabra quedó consagrada en francés.
El asunto llegó hasta la emperatriz María Teresa. En Hermersdorf, en la Silesia austríaca, habían desenterrado y quemado a una mujer, Rosina Polakin, muerta el 22 de diciembre de 1754, porque no estaba podrida. La emperatriz mandó a dos médicos, Christian Wabst y Johannes Gasser, y su médico de cámara, Gerard van Swieten, redactó el dictamen en Viena sin moverse de allí. Cuenta que el verdugo juraba que, al trocear los cuerpos, la sangre salía a chorro; luego reconoció con la mayor calma que sería una cucharada. Van Swieten también denuncia que se entregaron al verdugo cuerpos de niños y que se obligó a unos hijos a arrastrar el cadáver de su madre [7].
El 1 de marzo de 1755 salió un decreto con un título que no deja dudas, «hay que acabar con la superstición» [8]. El decreto no prohibía desenterrar a nadie; lo que hacía era quitarle el asunto al clero: a partir de entonces, cualquier caso de aparecidos, brujería o posesión lo investigaba la autoridad civil con la intervención de un médico razonable. Aparecidos y brujas en la misma frase, y con razón, porque los dos miedos funcionaban igual, con vecinos señalando a vecinos; en el norte de España, el pánico por las brujas de Zugarramurdi había seguido ese mismo camino.
¿Qué pasaba de verdad en las tumbas?
Los ilustrados ya lo sospechaban: Tournefort hablaba de entrañas podridas, Harenberg del frío, van Swieten del ataúd cerrado que retrasa la putrefacción. Más de dos siglos después, el folclorista estadounidense Paul Barber lo explicó entero en un libro de 1988. Todo lo que asustaba en aquellas tumbas es lo que hace un cadáver en un invierno frío [9].
Los gases de la descomposición lo hinchan, y por eso parece más gordo, como Miliza. Esa misma presión empuja hacia la boca y la nariz un líquido oscuro que parece sangre fresca. La piel de fuera se desprende y deja debajo otra rosada, y con ella se sueltan las uñas: es literalmente lo que describen Frombald y Flückinger cuando hablan de piel nueva y uñas nuevas. Y cuando se clava una estaca en el pecho, el aire sale por la garganta y suena como un gemido, el de Arnold Paole.
Hay otras explicaciones que circulan mucho. La de la porfiria, propuesta en 1985, se ha repetido tanto que parece un dato, y no se sostiene: la enfermedad no se alivia bebiendo sangre, y el vampiro del folclore ni siquiera temía la luz, que era justo lo que quería explicar. Más interesante es la del neurólogo español Juan Gómez-Alonso, que en 1998 propuso la rabia, con sus mordiscos, su agresividad y su insomnio; además señaló que hubo brotes en los Balcanes en los años de las oleadas vampíricas [10]. Sigue siendo una propuesta discutida, que la mayoría de los especialistas no ha llegado a aceptar como explicación.
Villa Diodati: cómo el vampiro se volvió aristócrata
Hasta aquí, el vampiro es un muerto de pueblo. Para convertirlo en caballero hizo falta un juego entre amigos. En junio de 1816, en la Villa Diodati, a orillas del lago de Ginebra, vivía lord Byron con su médico, un joven llamado John Polidori, y en la casa cercana estaban el poeta Percy Shelley, Mary Godwin (que pronto sería Mary Shelley) y Claire Clairmont. Después de leer un libro de historias alemanas de fantasmas, Byron propuso que cada uno escribiera la suya. El 17 de junio Polidori anotó en su diario que todos habían empezado menos él; al día siguiente empezó la suya después del té [11].
De aquel juego salieron dos monstruos. El más famoso lo escribió Mary, y se llama Frankenstein. El otro nació de un fragmento que Byron empezó y dejó a medias, y que su médico recogió y desarrolló por su cuenta. Se publicó el 1 de abril de 1819 en la New Monthly Magazine con el título de The Vampyre y con una firma que no era la suya: según la revista, era un cuento de lord Byron. Byron lo desmintió enseguida, y Polidori protestó que la base sería de Byron, pero que el desarrollo era suyo.
El vampiro de Polidori ya no tiene nada de campesino. Es lord Ruthven, un aristócrata de ojo gris y muerto y de cara mortecina que nunca coge un color más cálido, y las damas de Londres se lo disputan en los salones. Mucha gente vio en él al propio Byron, y no sin motivo: el nombre venía de Glenarvon, la novela en la que lady Caroline Lamb, antigua amante del poeta, lo había retratado con ese apellido. Para la cuestión del sol, Ruthven es clarísimo. Hace visitas por la mañana y se casa en Londres de día. Cuando lo matan, lo que le devuelve la vida es el primer rayo frío de la luna [12]. El primer vampiro con título no le tenía ningún miedo al sol.

El cuento fue un éxito enorme. En junio de 1820 ya había un melodrama de vampiros en el teatro de la Porte-Saint-Martin de París, y en agosto otro en Londres. Detrás vinieron más. Un folletín inglés por entregas, Varney the Vampire (1845-1847), le puso al vampiro unos dientes de fiera como colmillos y le hizo dejar dos pequeñas heridas en el cuello de sus víctimas. En Carmilla, la novela corta de Sheridan Le Fanu, la vampira baja por lo general no antes de la una de la tarde, toma una taza de chocolate sin comer nada y sale de paseo con su amiga [13].

https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/b/b0/Varney_the_Vampire_or_the_Feast_of_Blood.jpgBram Stoker y el conde Wampyr
Así llegamos a Bram Stoker, irlandés, gerente del teatro Lyceum de Londres y novelista en sus ratos libres. Sus notas de trabajo, que vendió su viuda en 1913, se conservan en el Rosenbach Museum de Filadelfia, y en ellas el conde todavía no se llamaba Drácula. Se llamaba conde Wampyr [14]. En el verano de 1890, de vacaciones en Whitby, en la costa inglesa, Stoker sacó de la biblioteca el libro de William Wilkinson sobre Valaquia y Moldavia y copió una nota al pie: que Drácula, en lengua valaca, significa diablo y que los valacos daban ese sobrenombre a cualquiera que se distinguiera por su valor, sus crueldades o su astucia [15]. Después tachó Wampyr y escribió encima el nombre nuevo.
Del Vlad III de verdad, el voivoda que luchó contra los turcos, Stoker usó poco más que el nombre; ni Wilkinson ni la novela mencionan el empalamiento. Transilvania, que se sepa, no la pisó nunca. La sacó de los libros, y en particular de un artículo de 1885 de la escritora Emily Gerard, que había vivido allí y contaba que todo campesino rumano creía en el vampiro, al que llamaban nosferatu, tan firmemente como en el cielo o el infierno [16].
¿Drácula podía salir de día?
Sí, y la novela lo dice varias veces. Drácula salió a la venta el 26 de mayo de 1897 [17]. En el castillo, el joven abogado Jonathan Harker nunca ve al conde de día, y se pregunta si dormirá mientras los demás velan. Pero luego el conde viaja a Inglaterra. El 22 de septiembre, Jonathan y su mujer, Mina, vuelven de un entierro y bajan andando por Piccadilly. Mina se ha quedado mirando a una chica muy guapa con un sombrero de ala ancha, sentada en un coche delante de una tienda, cuando Jonathan le aprieta el brazo tan fuerte que le hace daño: está mirando a un hombre alto y delgado con unos dientes grandes, blancos y afilados como los de un animal. Cree que es el conde, le dice, pero que ha rejuvenecido. Mina lo apunta en su diario, y apunta también que era un día caluroso para ser otoño y que se sentaron un rato a la sombra en Green Park.
Más adelante, en el diario de Mina y no en el del doctor Seward, como se repite a menudo, Van Helsing les explica las reglas. El conde no proyecta sombra ni se refleja en los espejos. No puede entrar en ningún sitio la primera vez si no le invita a pasar alguien de la casa; después entra cuando quiere. Su poder cesa, como el de todas las cosas malignas, al llegar el día; solo puede transformarse a mediodía o en el instante exacto de la salida o la puesta del sol. Lo que lo mata, según Van Helsing, es una bala bendita disparada contra su ataúd, una estaca o que le corten la cabeza [17]. En esa lista, que es la que el cine heredó casi entera, el sol no aparece.
La novela cumple lo que promete. Una tarde, los cazadores esperan al conde en una de sus casas de Londres, y Van Helsing les recuerda que hasta la puesta de sol no tiene más poderes que un hombre. El conde llega, se enfrenta a ellos, coge un puñado de monedas de oro, salta por una ventana al patio, cae ileso y se escapa. De día, sin poderes y con más reflejos que todos ellos juntos. Quien busque en el texto completo «sun», «daylight», «burn» y sus parientes no encontrará una sola frase en la que la luz del día hiera o destruya a un vampiro.
Nosferatu: la película que inventó la regla del sol
Entonces, ¿de dónde sale lo del sol? De una película que estuvo a punto de no existir. En 1921 se fundó una productora alemana, Prana-Film, que rodó su propio Drácula sin pagar los derechos y, para disimular, cambió los nombres. El conde pasó a llamarse Orlok, Jonathan Harker se convirtió en Hutter, Mina en Ellen y Londres en Wisborg, un puerto alemán inventado. La dirigió Friedrich Wilhelm Murnau y se llamó Nosferatu, la palabra que Emily Gerard había oído en Transilvania. Se estrenó en Berlín el 4 de marzo de 1922 [18].

https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/9/95/Max_Schreck_as_Count_Orlok_in_Nosferatu_%E2%80%93_Eine_Symphonie_des_Grauens_%281922%29.jpgEl vampiro de Murnau es calvo, de orejas puntiagudas y manos de uñas larguísimas, y llega al puerto en un barco cargado de ratas y de muerte. En la película aparece un libro sobre vampiros, y lo que dice ese libro es lo de las aldeas: que solo puede salvarlos una mujer sin pecado que le dé su sangre por voluntad propia y le haga olvidar el primer canto del gallo. Es la vieja regla de siempre, entretenerlo hasta el alba, como el mijo sobre la tumba.
Ellen lo hace. Abre la ventana para que entre, y el conde se pasa la noche inclinado sobre ella, bebiendo. Ella no lo deja marcharse. Canta el gallo, Orlok se levanta, cruza la habitación hacia la ventana, y en ese momento entra el primer rayo de sol, y el vampiro se vuelve transparente hasta desaparecer en el aire.

El libro decía «el canto del gallo», pero Murnau rodó otra cosa. Es el primer caso que se conoce de un vampiro al que mata la luz del sol, y no lo puso ningún campesino serbio ni Stoker, sino un director de cine. No se puede demostrar que no exista un precedente perdido en algún folletín, así que lo prudente es decir eso, el primero que se conoce. A mí me parece que fue sobre todo por cómo se veía: en una pantalla, un muerto que se deshace con la luz impresiona mucho más que uno que vuelve andando a su tumba.
La película que inventó la regla estuvo a punto de desaparecer. La viuda de Stoker, Florence Stoker, demandó a la productora por plagio; Prana-Film quebró ese mismo verano sin haber hecho otra película, y en julio de 1925 un tribunal de Berlín ordenó destruir todas las copias y todos los negativos. En Alemania se cumplió, pero se habían vendido copias al extranjero, y con ellas, décadas después, se reconstruyó la película que vemos hoy.
Hollywood y el amanecer
A partir de ahí la regla viaja sola, aunque no de golpe. En el Drácula de Universal de 1931, el de Bela Lugosi, el conde todavía muere con una estaca, clavada mientras duerme ya de día. Doce años después, Hollywood ya los mata al amanecer: en Son of Dracula (1943) el alba destruye al vampiro, en The Return of the Vampire, de ese mismo año, los rayos del sol lo reducen a huesos, y en House of Dracula (1945) un médico arrastra el ataúd abierto hasta el sol. En 1958 se fija la imagen que todos recordamos, en una película inglesa en color de la productora Hammer: Peter Cushing, como Van Helsing, arranca de un tirón las cortinas, la luz de la mañana cae sobre Christopher Lee y Drácula se deshace en polvo. Hammer no fue la primera, pero sí la que lo convirtió en icono, y desde entonces nos parece que siempre fue así.
La última página de Drácula
Volvamos a la novela, a la última página. Es el 6 de noviembre, en la nieve, cerca del castillo. Los cazadores alcanzan por fin a los hombres que llevan la caja del conde y la abren. El sol ya casi toca las cumbres y las sombras del grupo se alargan sobre la nieve. Drácula está dentro, pálido como una figura de cera. Mina, que lo está viendo, cuenta que sus ojos rojos miran el sol que se pone y que la mirada de odio se vuelve de triunfo [17].

Está al sol con la caja abierta, y sonríe. No porque la luz le haga daño, sino porque se está acabando: en cuanto se ponga recuperará todo su poder. En ese instante, el gran cuchillo de Jonathan le atraviesa la garganta y el cuchillo bowie de Quincey Morris se le hunde en el corazón, y casi en lo que se tarda en respirar el cuerpo entero se deshace en polvo. Lo matan dos cuchillos, a tiempo, antes de que anochezca: justo lo contrario de lo que nos ha enseñado el cine.
Voltaire, Marx y lo que te chupa hoy
Hay una frase que ayuda a entender por qué el vampiro no se ha ido nunca, y la escribió Voltaire en 1772, cuando media Europa llevaba cuarenta años discutiendo sobre los muertos de Serbia. En Londres y en París, dice, nadie hablaba de vampiros; lo que sí hubo fueron especuladores, recaudadores y hombres de negocios que chuparon a plena luz del día la sangre del pueblo, aunque no estaban muertos, solo corrompidos; tampoco vivían en cementerios, sino en palacios muy agradables [19]. Es la única vez en toda esta historia en que la sangre y la luz del día aparecen en la misma frase, y es para hablar de los vivos. Es también la nota al margen de Harenberg, cuarenta años después y con sol.
Casi un siglo más tarde, Marx la llevó más lejos. En el capítulo de El capital dedicado a la jornada de trabajo escribió que el capital es trabajo muerto que solo se reanima, a la manera de un vampiro, chupando trabajo vivo y que vive tanto más cuanto más chupa; y unas páginas después, que su sed vampírica lo empuja a apropiarse del trabajo las veinticuatro horas del día [20].
A mí me parece la parte del mito que mejor ha envejecido, porque hoy hay muchas cosas que viven de tu tiempo y de tus horas, y ninguna tiene que esperar a la noche. Tampoco la esperaba ningún vampiro, que hasta 1922 no le tuvo miedo al sol. Pero hay una regla de Stoker que el cine conservó y que sigue siendo verdad: la primera vez no puede entrar si alguien de la casa no le invita, y después entra cuando quiere. Piénsalo la próxima vez que algo te pida permiso una sola vez y para siempre, un aviso, una prueba gratuita, un «aceptar» que pulsas sin leer. El vampiro de Kisiljevo no necesitaba permiso, porque volvía a su propia casa a por sus zapatos; el de Stoker sí, y en Nosferatu fue Ellen quien abrió la ventana.
Los muertos que vuelven por sangre son mucho más antiguos que los Balcanes. En el viaje de Odiseo hay una escena en la que, para hablar con los muertos, el héroe cava un hoyo y degüella dos ovejas encima, y las almas suben atraídas por la sangre; solo la que bebe recupera la voz. Allí abajo mandaban Hades y Perséfone, y ninguno de los dos necesitaba invitación. Así que la próxima vez que veas a un vampiro deshacerse al amanecer, acuérdate de Drácula paseando por Piccadilly un día de calor y de su última sonrisa en la nieve, con el sol de cara. ¿De verdad era la luz lo que había que temer, o la ventana que alguien deja abierta?
Preguntas Frecuentes
¿Cuándo aparece por primera vez la palabra vampiro?
En ruso antiguo hay un «Upir Lichy» en 1047, pero es el apodo de un copista, no la criatura, y lo conocemos por copias del siglo XV. La criatura con su nombre impreso aparece en 1725, en el Wienerisches Diarium de Viena, como «Vampyri». La etimología eslava sigue discutida.
¿Qué significa nosferatu?
La palabra la difundió Emily Gerard en 1885 como el nombre rumano del vampiro, y probablemente es un malentendido suyo. Se han propuesto el rumano nesuferitul, «el insufrible», y el griego nosophoros, «portador de enfermedad», sin acuerdo.
Fuentes y referencias bibliográficas
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- Flückinger J, Siegel I, Baumgärtner JF. Visum et Repertum (Medveđa, 7 ene 1732). En: Harenberg JC. Vernünftige und Christliche Gedancken über die Vampirs. Wolfenbüttel; 1733. p. 27-35.
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