Simbad el Marino: el hombre que sobrevivió siete viajes imposibles y descubrió que el verdadero tesoro era la historia que podía contar
Las aventuras de Simbad no empiezan en el mar, sino con un pobre quejándose de la desigualdad. Sus siete viajes son la respuesta —seductora y tramposa— que el Islam medieval dio sobre el mérito y el riesgo.
Las aventuras de Simbad el Marino no empiezan en el mar. Empiezan con un hombre pobre parado ante la puerta de un rico, maldiciendo en voz alta la injusticia de un mundo donde unos nacen cargados de oro y otros cargando fardos ajenos. Ese porteador se llama, también, Simbad. Y el rico, al oírlo, en lugar de echarlo lo invita a entrar y le suelta una respuesta de siete capítulos.
Casi nadie recuerda esa escena de apertura, y es la que da sentido a todo lo demás. Porque las siete travesías que vienen después —los monstruos, los naufragios, el oro— no son un simple catálogo de maravillas: son la respuesta del rico a la queja del pobre sobre por qué el mundo reparte como reparte. La saga entera es una tesis sobre el mérito disfrazada de cuento de aventuras.
¿Quién es Simbad y de dónde salió?
Simbad es un mercader de Bagdad en tiempos del califa Harún al-Rashid, y sus historias forman parte de Las mil y una noches, aunque llegaron a ese cuerpo de relatos por la puerta de atrás. No aparecen en los manuscritos árabes más antiguos: circulaban como un ciclo independiente y se incorporaron tarde. Detrás del personaje no hay un hombre, sino una profesión entera, la del comerciante que se jugaba la vida en las rutas del Océano Índico que unían Basora con la India, Ceilán y la costa de África [1].
Cada uno de los siete viajes repite el mismo patrón, y esa repetición es deliberada. Simbad sale de Bagdad, naufraga o es abandonado, lo pierde todo, sobrevive de milagro a una maravilla imposible y regresa más rico que antes. Siete veces jura no volver a embarcar. Siete veces vuelve.
El marco tiene además un detalle que se suele perder. El rico sienta al porteador a su mesa siete días seguidos y le cuenta un viaje por jornada; al despedirlo cada tarde, le pone en la mano cien monedas de oro. El hombre pobre se enriquece solo por escuchar. Antes incluso de que Simbad zarpe hacia su primera maravilla, el cuento ya ha decidido algo: contar y oír una buena historia es, también, una forma de fortuna.
El primer viaje: la isla que respiraba

La primera maravilla es también la más famosa. Simbad y su tripulación desembarcan en una isla, encienden un fuego para cocinar y el suelo se estremece: no era tierra, sino el lomo de un pez gigante tan viejo que le habían crecido árboles encima. El calor lo despierta, se sumerge y se lleva a los marineros al fondo. La imagen de las islas marinas monstruosas recorre medio mundo, del folclore irlandés a los bestiarios europeos, y siempre dice lo mismo: en el mar, lo que parece firme puede estar vivo, y confundir las dos cosas se paga con la vida.
Ese primer golpe fija la regla del juego. Simbad no domina el mar; lo sufre. Su virtud no es la fuerza del héroe griego ni la astucia del guerrero, sino algo más modesto y más moderno: la capacidad de seguir vivo cuando el plan se hunde, literalmente, bajo sus pies.
El pájaro Roc: cuando el mito era un informe de viaje
En el segundo viaje aparece el Roc, un ave colosal capaz de arrebatar un elefante con las garras. Lo interesante es que el Roc tiene una biografía casi real. El propio Marco Polo recogió en el siglo XIII rumores de un pájaro monstruoso en Madagascar, y muchos estudiosos sospechan que detrás late el recuerdo deformado del Aepyornis, el pájaro elefante malgache, el ave más grande que ha existido, extinguida hacia el siglo XVII [2].
Ahí está la clave del mundo de Simbad: sus monstruos son geografía exagerada. Las rutas que recorre son las rutas comerciales verdaderas del Índico, y cada bestia es un animal desconocido amplificado por el miedo y la distancia. El cuento funciona como funcionaban los relatos de puerto: información útil envuelta en asombro, un mapa que se cuenta en voz alta para que se recuerde.
El gigante de un solo ojo: un eco de Homero
El tercer viaje esconde la escena que más desconcierta al lector occidental, porque parece arrancada de otro libro. Los náufragos entran en un palacio donde habita un gigante de un solo ojo que los va asando y devorando de uno en uno. Simbad organiza la huida: al caer la noche, calientan al rojo los espetones de hierro, ciegan al monstruo mientras duerme y escapan al mar bajo una granizada de peñascos. Quien haya leído la Odisea reconoce la escena de inmediato. El parecido con el cíclope Polifemo es tan estrecho que durante siglos se ha discutido si el relato árabe bebió de Homero, si ambos vienen de un fondo común de historias de marineros, o si el terror a acabar en las fauces de un ogro tuerto es sencillamente universal. No hace falta decidirlo: la coincidencia ya dice bastante sobre lo que teme un navegante en tierra ajena.
El Viejo del Mar y la ética de sobrevivir

El quinto viaje trae al Viejo del Mar: un anciano que pide ser cargado a hombros para cruzar un arroyo y, una vez arriba, aprieta las piernas y no vuelve a bajar. Durante días esclaviza a Simbad, que solo se libra emborrachándolo con vino. Los comentaristas medievales leyeron en él la avaricia o el vicio; nosotros podemos ver la dependencia o la explotación. Es el tipo de carga que se disfraza de favor y termina montada sobre uno.
Pero el episodio más incómodo es el cuarto. Simbad se casa en un reino extranjero y, al morir su esposa, descubre la costumbre local: el cónyuge vivo es enterrado con el muerto. Lo bajan a una caverna con un cadáver y agua para pocos días, y sobrevive haciendo algo que el cuento no condena: matar a otros enterrados vivos para robarles su comida. El arabista Peter Molan dedicó un ensayo entero a esta escena, y su lectura es demoledora: la saga predica la piedad y la confianza en Dios, pero cuando la supervivencia aprieta, su héroe actúa con una frialdad que el texto pasa por alto sin castigar [3]. Es la grieta moral que la versión de aventuras para niños siempre borra, y la que convierte a Simbad en un personaje mucho más adulto de lo que su fama de héroe infantil deja sospechar.
Serendib: cómo un naufragio inventó una palabra
En el sexto viaje Simbad naufraga en una isla riquísima llamada Serendib, que los estudiosos identifican con Ceilán, la actual Sri Lanka. De ese topónimo, Serendib, el escritor inglés Horace Walpole acuñó en el siglo XVIII la palabra serendipity, la serendipia: el hallazgo afortunado de algo valioso que no se buscaba [4]. La etimología encierra la moraleja entera de la saga. En el mundo de Simbad los mejores tesoros no se planean; aparecen cuando uno está perdido, náufrago, en el punto más bajo de su suerte. La adversidad no es lo contrario de la fortuna: es su antesala.
¿Por qué en el Islam medieval ser rico era virtud?

Aquí es donde el cuento responde por fin a la queja del porteador del principio. En cada viaje Simbad lo pierde todo y Dios lo salva, y vuelve cargado de oro. Esa estructura no es casual: encarna una idea muy concreta del Islam medieval, la de que la riqueza obtenida arriesgando la vida en el comercio no es un pecado, sino una recompensa de la providencia por la audacia y la confianza. Choca de frente con la sospecha cristiana hacia el dinero, la del camello y el ojo de la aguja, y ayuda a entender por qué el mundo islámico fue el gran motor del comercio global durante siglos mientras Europa recelaba del mercader.
Las historias saltaron a Occidente en 1704, cuando Antoine Galland las tradujo al francés, con el mismo gesto editorial libre con que armó la verdadera historia de Aladino. Desde entonces Simbad ha sido ópera, novela y cine, y su regreso perpetuo a casa cargado de botín rima con el viejo patrón del héroe que vuelve, el mismo que ordena los viajes de Odiseo.
Y ahí, en esa promesa de que quien se atreve es recompensado, es donde el cuento medieval se vuelve incómodamente contemporáneo. Nuestra cultura del emprendimiento cuenta exactamente la misma historia: el que arriesga y gana lo merecía; su fortuna prueba su valía. Pero la saga, sin querer, contiene también su propia refutación. Solo el Simbad que volvió puede contar el viaje. Los marineros que ardieron con el fuego sobre el pez, los que el Roc dejó caer, los tripulantes que naufragaron en la primera página, esos no narran nada. Cada vez que tomamos al triunfador como prueba de que el riesgo se premia, cometemos el mismo sesgo del superviviente que el porteador cometía al fijarse solo en la mansión del rico y olvidar el cementerio del mar. La respuesta que el rico Simbad le da al pobre es seductora. También es, estadísticamente, una trampa.
Preguntas Frecuentes
¿Simbad el Marino existió de verdad?
No, es un personaje de ficción de Las mil y una noches. Pero sus rutas reproducen con notable fidelidad las travesías reales del comercio árabe medieval por el Océano Índico, y probablemente condensa relatos de marineros y mercaderes de Basora y Bagdad de entre los siglos VIII y XI.
¿Cuántos viajes hace Simbad y por qué siete?
Hace siete viajes. El número no es casual: el siete tiene un peso simbólico en la tradición islámica y en muchas otras culturas, y aquí ordena una progresión en la que cada travesía es más peligrosa y más rentable que la anterior.
Referencias
- Irwin R. The Arabian Nights: A Companion. London: Allen Lane/Penguin Press; 1994.
- Marzolph U, van Leeuwen R. The Arabian Nights Encyclopedia. Santa Barbara: ABC-CLIO; 2004.
- Molan PD. Sindbad the Sailor: A Commentary on the Ethics of Violence. Journal of the American Oriental Society. 1978;98(3):237-47.
- Lyons MC. The Arabian Nights: Tales of 1,001 Nights. London: Penguin Classics; 2008.
- Sinbad the Sailor. New World Encyclopedia [Internet]. [citado 2026 Jul 30]. Disponible en: https://www.newworldencyclopedia.org/entry/Sinbad_the_Sailor