El regreso de Odiseo: por qué volver a casa fue su batalla más difícil
La Odisea no termina cuando Odiseo pisa Ítaca. Ahí empieza su prueba más dura: volver a casa cuando ya no eres el que se fue. Homero contó el trauma del regreso 2.800 años antes de que tuviera nombre.
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Un hombre despierta en una playa y no sabe cuánto ha dormido. Los marineros que lo trajeron ya no están; a su lado solo queda un montón de tesoros. Se incorpora, recorre con la vista la costa, el monte, la línea del puerto… y no reconoce nada. Está seguro de una cosa, y es que este no es su hogar. Y se equivoca. Es Ítaca, la isla con la que ha soñado cada noche durante veinte años.
Ese pequeño desconcierto —volver a tu propia tierra y sentirla ajena— es el punto exacto donde la Odisea deja de ser un cuento de aventuras. Estamos acostumbrados a leer el regreso de Odiseo como el final feliz: el héroe vuelve, mata a los pretendientes, recupera a su mujer. Pero el poema no lo cuenta así. La Odisea no termina cuando Odiseo pisa la orilla. Ahí, justo ahí, empieza su batalla más difícil, que es volver a casa cuando ya no eres el que se fue.
Homero dedicó media obra, no a la guerra ni a los monstruos, sino a la vuelta. Y al hacerlo describió, hace casi tres mil años y sin una sola palabra clínica para ello, algo que un psiquiatra de veteranos tardaría milenios en nombrar. Si quieres el mapa completo de esos veinte años en el mar, lo tienes en el viaje de Odiseo; aquí nos quedamos en lo que pasa después, cuando por fin llega.
¿Por qué Odiseo entró disfrazado en su propia casa?
Cuando por fin entiende dónde está, Odiseo no corre al palacio a gritar que ha vuelto. Hace algo que no tiene ningún sentido para un rey: se disfraza de mendigo viejo y harapiento y entra en su propia casa como un ladrón. Un hombre que se mueve dentro de su hogar como si fuera territorio enemigo.
¿Por qué? Porque se lo aconsejó un muerto. En su descenso al inframundo griego, Odiseo se cruza con la sombra de Agamenón, asesinado a su regreso por su propia esposa y el amante de ella, la noche misma en que volvió victorioso de Troya. Agamenón le da un consejo con la voz de quien ya no puede usarlo: no llegues confiado, no anuncies quién eres, desembarca en secreto y no te fíes de nadie. El mensaje, traducido a lo humano, es escalofriante: para el que vuelve, la casa puede ser más peligrosa que el campo de batalla. Ese consejo explica todo lo que Odiseo hace a partir de ahí.
Los muertos que Odiseo se trajo a casa
Para oír ese consejo, Odiseo había hecho antes la escala más extraña de todo el poema: navegar hasta el confín del mundo, cavar una fosa y llamar a las sombras de los que ya no están. No baja por curiosidad; baja porque necesita que un profeta muerto le diga cómo llegar a casa. Pero antes del profeta se le presentan otros.
Primero, Elpénor, un chico de su tripulación que murió en un accidente tonto y al que dejaron sin enterrar con las prisas de zarpar. Su sombra solo pide una cosa: un funeral, que no lo dejen olvidado. Es el primer peso que Odiseo se trae del viaje, un muerto que nadie ha llorado todavía.
Después, una mujer. Es su madre, Anticlea, que estaba viva cuando él se marchó y ahora está entre los muertos porque se dejó ir de pena esperándolo. Odiseo abre los brazos para abrazarla y sus brazos atraviesan el aire, como si abrazara humo. Lo intenta una vez, dos, tres. No se puede abrazar a un fantasma. Ahí entiende una parte del precio, la de que mientras él sobrevivía lejos, en casa la gente que lo quería se moría de esperarlo. Hay pérdidas que ocurren a tu espalda y no las ves hasta que vuelves.

Y el profeta al que había bajado a buscar, Tiresias, tampoco le da lo que esperaba. Le dibuja la ruta de vuelta, sí, pero le añade una condición que casi nadie recuerda cuando la Odisea se cuenta como un catálogo de monstruos: aunque llegue a Ítaca y recupere su casa, tendrá que volver a marcharse, tierra adentro, con un remo al hombro, hasta encontrar un pueblo tan ajeno al mar que confunda el remo con una pala de aventar el grano [1]. La vuelta, en el poema, no tiene una fecha limpia en el calendario; es una condición que se arrastra durante años.
Argos, el perro que solo necesitó un olor
Ya disfrazado, Odiseo entra en su palacio y nadie lo reconoce. Nadie, salvo un ser. Un perro viejo, tirado en un montón de estiércol, levanta la cabeza. Se llama Argos. Odiseo lo crió de cachorro antes de irse a la guerra, y el animal lleva veinte años olvidado, medio muerto. Ya no le quedan fuerzas para levantarse. Pero en cuanto huele a su amo, mueve la cola, baja las orejas… y muere ahí mismo, en el instante en que por fin vuelve a verlo.
La escena es una de las más tiernas y crueles de la literatura, y dice algo preciso sobre volver. Lo único que reconoce a Odiseo nada más llegar es lo único que no ha cambiado. A todo lo demás —a su hijo, a las criadas, a su mujer— va a tener que demostrarle quién es. El resto del hogar no se recupera con un abrazo: se reconstruye pieza a pieza, y hay que ganárselo.
A mí lo que me sigue pareciendo más duro de ese pasaje no es la muerte del perro, sino lo que Odiseo hace mientras ocurre. Está de pie, a dos metros, viendo morir al único que lo ha reconocido, y no puede acercarse ni decir su nombre, porque el disfraz es lo que lo mantiene vivo. Se gira, se enjuga una lágrima y sigue caminando hacia el salón. Homero, o al menos el verso tal como nos ha llegado, no dice que llore; dice que esconde la lágrima, que es distinto y bastante peor. La escena entera dura menos de treinta versos y contiene el problema completo del que vuelve, que es no poder ser todavía quien eres delante de los tuyos.
¿Fue Odiseo el primer caso de estrés postraumático de la literatura?
Un psiquiatra que pasó años tratando a veteranos de guerra, Jonathan Shay, escribió un libro entero usando este viaje como mapa [2]. Hay una frase suya que describe a Odiseo mejor que cualquier resumen: el que vuelve muy dañado entra en cada situación con una sola idea metida en el cuerpo, «tengo que golpear primero». No por maldad, sino porque su cuerpo aprendió a sobrevivir estando siempre en guardia y no sabe apagar esa guardia cuando por fin está a salvo.
Odiseo lleva veinte años sin poder bajar los brazos, y no se los va a bajar solo porque haya pisado la arena de su casa. Se sienta en su rincón a observar, mide a todo el mundo, pone a prueba al porquero, a su hijo, a las criadas antes de fiarse de nadie. En vez de abrazar, comprueba. Y cuando decide dejar de esconderse, lo que saca no es un discurso, es un arco. Cierra las puertas del salón y mata a los pretendientes uno a uno; Homero lo describe cubierto de sangre de pies a cabeza, «como un león». Luego ordena ahorcar a doce criadas. Es más sangre de la que la historia necesita, la de un hombre que no puede parar. Shay tomó de las antiguas sagas una palabra para ese estado, la furia del combate en la que se deja de distinguir cuánto es suficiente [3][4], y su punto es incómodo: el problema no es que Odiseo luche, es que la forma de luchar que la guerra le enseñó vuelve con él y se derrama en el comedor donde debería estar cenando en paz.

La escena tiene un gemelo casi exacto en la épica irlandesa. Cuando Cú Chulainn vuelve victorioso de una incursión, sigue tan encendido que sus propios paisanos no se atreven a dejarlo entrar; el ríastrad de Cú Chulainn, el frenesí que le deforma el cuerpo durante el combate, no se apaga solo porque el combate haya terminado. Tienen que meterlo en tres tinas de agua helada para devolverlo a su forma humana, y las dos primeras revientan. Dos culturas que no se conocían entre sí escribieron por separado el mismo problema doméstico, el de qué hacer con el guerrero cuando la guerra ha acabado y él todavía no.
La cama que no se podía mover
Y aquí llega el contraste que sostiene todo el poema. Después de la sangre, la escena más silenciosa. Penélope baja al salón. Su marido, al que ha esperado veinte años, está delante de ella. Y ella no corre a abrazarlo. Se queda quieta, lo observa con desconfianza. Su hijo se enfada y le reprocha que cómo puede ser tan dura de corazón, que es él, que está ahí delante. Pero ella también ha aprendido, a su manera, a no bajar la guardia: veinte años defendiéndose de hombres que mentían para meterse en su cama la han vuelto tan cauta como él.
Así que le tiende una trampa doméstica. Como quitándole importancia, pide a una criada que saque el lecho de la habitación y le prepare la cama fuera. Y Odiseo salta: esa cama no se puede mover. Él la construyó con sus propias manos, años atrás, alrededor del tronco de un olivo vivo, enraizado en la tierra; talló la habitación en torno al árbol y remató el poste con oro y plata antes de tensar sobre él las correas de cuero [5]. La cama es el árbol. No se puede mover sin arrancar la casa entera, porque tiene raíces. Solo el verdadero Odiseo conoce ese secreto. Recién entonces Penélope se echa a llorar y lo abraza.

Vale la pena detenerse en lo que Homero dice con esa imagen. Después de la guerra, el mar, los muertos y la sangre, lo que confirma que Odiseo ha vuelto de verdad no es su fuerza, ni su furia, ni siquiera su cara: es un secreto compartido, una intimidad que sobrevivió a los veinte años. La cama no se mueve porque el vínculo entre ellos, por debajo de todo lo que ha pasado, sigue enraizado en el mismo sitio.
Por eso la lección que el mito guarda para el final sirve para cualquiera que haya vuelto a algo después de mucho tiempo fuera. No hace falta haber ido a una guerra: basta con haber estado lejos —por trabajo, por una temporada dura de la que cuesta salir— y notar, al volver, que la casa te queda un poco extraña y que no sabes cómo bajar la guardia. Odiseo no arregla eso matando a nadie; lo arregla en una habitación, dejándose reconocer. La violencia lo mantuvo vivo en el frente, pero no lo devuelve a casa. Lo que lo devuelve es dejarse ver por los suyos. Homero lo intuyó sin datos, y por eso dedicó a la vuelta un poema entero: la batalla de Troya la despacha en un recuerdo, mientras que el regreso le lleva la mitad de la Odisea. Su última prueba no era un monstruo. Era volver a ser un hombre en su casa, y no solo un soldado que sabía sobrevivir.
Preguntas Frecuentes
¿Por qué Penélope no reconoció a Odiseo enseguida?
No es que no lo reconociera físicamente: es que no se fiaba. Veinte años rechazando a pretendientes que mentían la habían vuelto tan desconfiada como a él. Por eso lo puso a prueba con el secreto de la cama de olivo, algo que solo el verdadero Odiseo podía saber.
¿Quién era Argos en la Odisea?
Argos era el perro de Odiseo, criado por él antes de partir a Troya. Tras veinte años, viejo y abandonado, reconoce a su amo disfrazado solo por el olfato, mueve la cola y muere en ese instante. Es el único que lo reconoce nada más llegar.
Fuentes y referencias
- Homero. Odisea. Traducción de José Manuel Pabón. Madrid: Gredos; 1982. Cantos XI (Nékyia), XIII (regreso a Ítaca), XVII (Argos), XIX (la cicatriz), XXII (la matanza de los pretendientes) y XXIII (la prueba del lecho).
- Shay J. Odysseus in America: Combat Trauma and the Trials of Homecoming. Nueva York: Scribner; 2002.
- Shay J. Learning about combat stress from Homer's Iliad. J Trauma Stress. 1991;4(4):561-579. doi:10.1002/jts.2490040409
- Shay J. Achilles in Vietnam: Combat Trauma and the Undoing of Character. Nueva York: Atheneum; 1994.
- Homero. The Odyssey, Canto XXIII (traducción de Samuel Butler). Perseus Digital Library, Tufts University. Disponible en: Perseus Digital Library