Agamenón: quién fue, cómo murió y si existió de verdad

Sobrevivió diez años de guerra y no sobrevivió a la tarde en que volvió a casa. El asesinato de Agamenón no cierra su historia: es el penúltimo plazo de una deuda de sangre que su familia llevaba cuatro generaciones pagando.

Agamenón: quién fue, cómo murió y si existió de verdad
Tiepolo pinta el instante exacto en que el precio se hace visible: el padre aparta la mirada mientras a su hija la sujetan sobre el altar.

Casi todo el mundo cree que Agamenón murió en Troya. Es lo lógico: fue el general que mandó a mil barcos contra la ciudad y pasó diez años delante de sus murallas. Pero sobrevivió a la guerra, volvió a casa entero, y lo mataron en su propio cuarto de baño la tarde en que llegó.

Lo mató su mujer. Y quien haya oído la historia hasta ahí suele quedarse con la idea de una esposa que se venga de un marido monstruoso, que es verdad y es insuficiente. Ese asesinato no abre nada ni cierra nada: es el penúltimo plazo de una deuda que su familia llevaba cuatro generaciones pagando, y el que la cobra siempre acaba debiéndola.

La pregunta que organiza todo lo que viene, y que el mito tardó siglos en responder, es esta: si vengar un asesinato consiste en cometer otro asesinato, ¿quién detiene la cuenta?

¿Quién fue Agamenón y de qué era rey?

Agamenón fue rey de Micenas, la ciudadela amurallada del nordeste del Peloponeso que da nombre a toda una civilización de la Edad del Bronce griega. Era hijo de Atreo y hermano de Menelao, el marido de Helena. Esa relación familiar es la razón de que exista la guerra de Troya tal y como la contamos: cuando Paris se lleva a Helena a Troya, el agraviado es Menelao, pero el que reúne la coalición y la manda es su hermano mayor.

Se casó con Clitemnestra, hermana de Helena e hija de Tíndaro de Esparta, y tuvieron cuatro hijos que importan para lo que sigue: Ifigenia, Electra, Crisótemis y Orestes, el único varón. Homero lo describe como el más poderoso de los reyes griegos por número de barcos y de hombres, y esa autoridad es exactamente lo que el resto de los héroes le discute durante toda la Ilíada.

Conviene decir desde el principio que Agamenón no es un villano en el sentido cómodo del término. Es algo más incómodo: un hombre que toma, una tras otra, las decisiones que su posición le pide, y descubre demasiado tarde que ninguna de ellas era gratis.

La maldición de los Atridas: la deuda que Agamenón hereda

Para entender por qué su mujer lo esperaba con un arma hay que retroceder tres generaciones, hasta un banquete. El fundador de la estirpe es Tántalo, un rey tan cercano a los dioses que comía con ellos, y que quiso ponerlos a prueba de la peor manera imaginable: mató a su hijo Pélope, lo cocinó y lo sirvió en la mesa a ver si alguno notaba la diferencia. La notaron. El castigo por servir a su hijo a los dioses no se agotó en él: quedó pegado a su sangre.

La generación siguiente lo comprobó sentada en otra mesa. Dos hermanos, Atreo y Tiestes, se disputan el trono de Micenas, y Atreo gana con la jugada que los griegos nunca consiguieron olvidar: invita a su hermano a un banquete de reconciliación y le sirve, guisados, a sus propios hijos. Tiestes come. Al terminar, Atreo le enseña las cabezas.

Atreo es el padre de Agamenón. Ese es el linaje que hereda: una casa que devora a sus hijos en el sentido menos figurado posible, y una deuda que se transmite como el color de los ojos. Es la misma lógica de las maldiciones que viajan con un anillo en la tradición nórdica, donde el oro de Andvari va matando, uno por uno, a todos los que lo poseen sin que ninguno haya hecho nada para merecerlo.

¿Por qué Agamenón sacrificó a su hija Ifigenia?

La flota griega se reúne en Áulide y no puede zarpar. Semanas de mar plano y un ejército entero mirando unas velas muertas, hasta que el adivino Calcante señala la causa: la diosa Artemisa está ofendida y el precio de su perdón es exacto. La vida de Ifigenia, la hija mayor del rey.

Agamenón paga. Manda a llamar a la niña con una mentira preciosa —que va a casarse con Aquiles, el mejor guerrero de Grecia— y la visten de novia para llevarla a un altar donde no hay boda. Eurípides construye toda una tragedia sobre las horas previas, y lo interesante es que dedica más tiempo a las dudas del padre que al sacrificio: el mito sabe que lo insoportable no es el cuchillo, es la deliberación.

Hay versiones en las que Artemisa sustituye a la niña por una cierva en el último instante y se la lleva a Táuride. Pero para lo que importa aquí —lo que Clitemnestra ve y lo que Clitemnestra recuerda— da igual: la madre entregó a una hija a un mensajero que hablaba de una boda, y no volvió a verla.

Sopla el viento. Los barcos zarpan. Y en Micenas queda una mujer con diez años por delante para pensar en ello.

Agamenón en la Ilíada: el rey que no sabe mandar

Cuando empieza la Ilíada la guerra lleva casi una década estancada, y Homero elige abrirla no con una batalla sino con una discusión de reparto. Agamenón se ha quedado con Criseida, hija de un sacerdote de Apolo, y se niega a devolverla aunque el padre venga a suplicárselo con el rescate en la mano. Apolo responde con una peste que diezma el campamento durante nueve días.

Obligado por los suyos a soltar a la muchacha, Agamenón se compensa quitándole a Aquiles su parte del botín, Briseida. El mejor guerrero del ejército se retira de la guerra, los griegos empiezan a perder, y hacen falta la muerte de Patroclo y una reconciliación tardía para enderezar el desastre. La cólera de Aquiles —la primera palabra del poema— existe porque un rey no supo distinguir entre tener razón y tener autoridad.

Este episodio es la clave del retrato griego de Agamenón, y explica por qué su nombre sobrevive asociado a la arrogancia. Frente a él, la epopeya coloca a Héctor de Troya, que manda un ejército peor pertrechado y lo hace mejor, y a Odiseo, que sabe cuándo pelear y cuándo callarse. Para los griegos, un jefe eficaz tenía que ser bastante más que un hombre valiente.

El regreso de Agamenón a Micenas, ilustración de 1879
La bienvenida es el arma. En Esquilo, Clitemnestra despliega tapices de púrpura para que su marido entre pisando un lujo que solo corresponde a los dioses.

¿Cómo murió Agamenón?

Agamenón muere asesinado en su palacio de Micenas el mismo día que regresa de Troya, y las fuentes antiguas no cuentan la escena igual. Merece la pena separarlas, porque la imagen que hoy tenemos en la cabeza viene de una de ellas y no de la más antigua.

En la Odisea, el propio fantasma de Agamenón se lo cuenta a Odiseo en el reino de los muertos. Allí el escenario es un banquete, el ejecutor principal es Egisto —primo del rey, hijo de aquel Tiestes del banquete, y amante de Clitemnestra durante la ausencia—, y a los hombres de Agamenón los matan como se degüella a los cerdos alrededor de una mesa. La comparación que usa Homero es doméstica y por eso resulta insoportable.

En la Orestíada de Esquilo, dos siglos y medio después, la escena cambia de sitio y de protagonista. Clitemnestra recibe a su marido con un baño caliente preparado, y cuando él está dentro del agua le echa encima una túnica sin abertura para la cabeza, como una red. Inmovilizado y ciego, lo mata ella. El arma que menciona el texto es una espada.

El hacha es un añadido posterior. Viene de la iconografía —los pintores de cerámica del siglo V, que necesitaban un objeto reconocible de un vistazo— y de las tragedias tardías, y ha resultado tan eficaz que se ha comido a la fuente. Es un buen recordatorio de cómo funcionan estos mitos: lo que recordamos no suele ser lo que está escrito, sino lo que alguien dibujó.

Con Agamenón muere también Casandra, la princesa troyana que traía como botín. Casandra había profetizado esa escena exacta, con detalle, en voz alta y delante de todos. Nadie la creyó, porque ese era su castigo: acertar siempre y no convencer nunca. La maldición de la verdad ignorada es de las pocas invenciones griegas que no ha necesitado ninguna actualización para seguir describiendo el presente.

Lo más inquietante del crimen no pasa dentro del palacio: pasa en la puerta, justo después. Clitemnestra sale a la vista de todos, de pie sobre los cuerpos, y no se esconde. Reivindica lo que ha hecho. Para ella no es un crimen, es la sentencia que nadie más se atrevía a dictar. Ha vengado a su hija y la cuenta está saldada.

El problema es que su propia lógica la condena. Si la sangre se paga con sangre, la regla no distingue cuándo te conviene: Clitemnestra tiene un hijo.

¿Murió Agamenón en Troya?

No. Es una de las confusiones más extendidas sobre el personaje, y tiene una explicación razonable: la Ilíada es lo que casi todo el mundo ha leído o visto adaptado, y en la Ilíada Agamenón está vivo. El poema, además, ni siquiera llega a la caída de la ciudad; termina con el funeral de Héctor.

Agamenón sobrevive a la guerra, embarca con el botín y llega a Micenas. Muere en su casa, el día del regreso, a manos de su mujer y del amante de su mujer. Ninguna de las versiones antiguas lo mata en combate, y esa es justamente la ironía sobre la que se construye el personaje: el hombre que sobrevivió diez años de guerra no sobrevivió a una tarde en su cuarto de baño.

Orestes, las Erinias y el juicio que rompe la cadena

La misma ley que absuelve a la madre vengadora obliga al hijo a vengar al padre, aunque la asesina de su padre sea su madre. Orestes cumple. Mata a Clitemnestra y a Egisto, con la ayuda de su hermana Electra, y durante un instante parece que la deuda por fin queda a cero.

Entonces del suelo se levantan unas figuras más viejas que los dioses del Olimpo, con serpientes en el pelo. Son las Erinias, y su oficio es perseguir a quien derrama sangre de su propia familia. La venganza de las Erinias no admite atenuantes ni contexto: Orestes ha matado a su madre, y eso es todo lo que necesitan saber. Lo persiguen hasta dejarlo al borde de la locura.

Ese es el callejón sin salida que ni los dioses sabían resolver, y el motivo por el que esta historia sigue interesando veinticinco siglos después. Las dos partes tienen razón al mismo tiempo. Orestes mató a una asesina, sí, pero la asesina era su madre.

La salida la encuentra Atenea en el Areópago de Atenas, y consiste en hacer algo que ningún dios había hecho antes en un mito griego: no decidir. En vez de dictar sentencia, reúne a un jurado de ciudadanos corrientes para que escuchen a las dos partes y voten. Se vota y el resultado es un empate exacto. El voto de Atenea deshace el empate a favor de la absolución.

Orestes queda libre, y la cadena de sangre se rompe. Pero no se rompe porque alguien perdone: se rompe porque, por primera vez, la decisión no la toma un pariente con un arma sino una institución. Esquilo escribió esa escena en el 458 a.C., cuando el Areópago ateniense acababa de ser reformado en una pelea política muy real, y lo que puso en el escenario era una idea sobre su propia ciudad: la venganza no desaparece, se domestica. A las Erinias no las destruyen ni las destierran; les ofrecen un santuario bajo la ciudad y un puesto en el nuevo orden, y cambian de nombre para llamarse Euménides, «las benévolas».

Ese movimiento —sustituir la represalia entre familias por un procedimiento público— no es exclusivo de Grecia, aunque nos lo hayan contado así. En el Malí del siglo XIII, la tradición mandinga cuenta que Sundiata Keita, tras ganar la batalla decisiva, convocó una asamblea en vez de imponerse: la Kouroukan Fouga es la misma intuición contada en otro continente y con otros nombres. Cuando una comunidad decide que la sangre ya no la cobran los deudos, siempre inventa una sala y una votación.

El asesinato de Agamenón, ilustración de 1879
Las ilustraciones victorianas del crimen suelen poner el hacha en primer plano, que es precisamente el arma que el texto de Esquilo no menciona.

¿Existió Agamenón en la vida real?

No hay ninguna prueba de que existiera un rey llamado Agamenón, y sí bastantes indicios de que el mundo que el mito describe fue real.

Micenas existió: es un yacimiento excavado, con murallas ciclópeas, tumbas de pozo y un palacio, y fue el centro de una civilización que dominó el Egeo entre el 1600 y el 1100 a.C. Troya también: la colina de Hisarlik, en la costa de Turquía, tiene nueve ciudades superpuestas, y una de ellas muestra destrucción por incendio en una fecha compatible con la guerra que cuenta la leyenda.

Cuando Heinrich Schliemann desenterró en 1876 una máscara funeraria de oro en Micenas, telegrafió que había contemplado el rostro de Agamenón. La frase hizo fortuna y es falsa por un motivo aburrido: la máscara es unos tres siglos anterior a cualquier fecha plausible para la guerra de Troya. Hay además una discusión abierta y bastante ácida sobre si Schliemann la retocó para que resultara más impresionante.[1]

El dato más sugerente no viene de Grecia sino de los archivos hititas. Las tablillas de Hattusa mencionan durante siglos un reino llamado Ahhiyawa —muy parecido al aqueos de Homero— con el que el imperio negocia y discute por el control de la costa occidental de Anatolia, la zona donde está Troya.[2] No prueban que hubiera un Agamenón. Prueban algo quizá más interesante: que había reyes griegos con flota metiéndose en asuntos de aquella costa, y que alguien se acordó de ellos lo suficiente como para convertirlo en un poema.

Lo que sí ha resistido intacto veinticinco siglos es la pregunta. Cada vez que un país sale de una guerra o de una dictadura tiene que elegir entre la venganza casa por casa y un tribunal que juzgue a los culpables, y esa elección, que dicha así parece obvia, ha costado y sigue costando muertos. Núremberg fue esa decisión. Las comisiones de la verdad también. A mí lo que me sigue pareciendo más fino del mito es lo que hace con las Erinias al final: nadie les dice que su rabia estuviera mal. Le dan un asiento dentro del tribunal y un límite, que es exactamente lo que hace un sistema de justicia con la tuya cuando alguien te hace daño. La próxima vez que oigas que la justicia de verdad es la que se toma por la mano, acuérdate de que a Agamenón lo esperaba una bañera.

El mito de Agamenón, en vídeo

Esta historia —la casa de los Atridas, el sacrificio de Áulide, el regreso y el juicio del Areópago— la he contado también en el canal, con las ilustraciones de cada escena:

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Preguntas frecuentes

¿Quién mató a Agamenón, Clitemnestra o Egisto?

Depende de la fuente. En la Odisea lo mata Egisto durante un banquete; en la Orestíada de Esquilo lo mata Clitemnestra en el baño y Egisto queda como cómplice. La versión de Esquilo es la que ha prevalecido en la cultura popular.

¿Qué relación hay entre Agamenón y Helena de Troya?

Es su cuñado por partida doble: Helena de Troya está casada con su hermano Menelao, y además es hermana de su propia esposa, Clitemnestra. Las dos son hijas de Tíndaro de Esparta.

¿Agamenón era griego o troyano?

Griego. Era el rey de Micenas y el jefe supremo del ejército aqueo que sitió Troya durante diez años. Los troyanos eran sus enemigos.


Fuentes y referencias

  1. Dickinson OTPK. The «Face of Agamemnon». Hesperia. 2005;74(3):299-308.
  2. Beckman GM, Bryce TR, Cline EH. The Ahhiyawa Texts. Atlanta: Society of Biblical Literature; 2011.
  3. Homero. Odisea. Canto XI. Madrid: Gredos; 1982.
  4. Esquilo. Orestíada (Agamenón · Coéforas · Euménides). Madrid: Gredos; 1986.
  5. Burkert W. Religión griega arcaica y clásica. Madrid: Abada; 2007.
  6. Britannica. Clytemnestra. Disponible en: britannica.com
  7. Britannica. Areopagus. Disponible en: britannica.com
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