El Mictlán: el más allá azteca que no juzgaba cómo vivías

Para los mexicas, adónde ibas al morir no lo decidía ningún juicio, sino lo que te había matado. El Mictlán era para casi todos, y a los muertos se les seguía mandando comida y ropa durante cuatro años.

Mictlantecuhtli, el señor de los muertos mexica, con calavera de ojos redondos, pelo rizado con estrellas y garras extendidas, entre pétalos de cempasúchil
El señor de los muertos entre flores de cempasúchil, la flor naranja que hoy se asocia al Día de Muertos. Ilustración IA generada para Mitos y Más.

Cuando alguien moría de enfermedad en Tenochtitlan, su familia le encogía las piernas, lo envolvía en sus mantas hasta dejarlo hecho un fardo, le metía en la boca una piedra verde que iba a hacer de corazón y lo despedía con una frase que hoy nadie se atrevería a decir en un velorio, que de él no iba a quedar memoria. Después, durante cuatro años, le seguían mandando comida, ropa y mantas.

Ese es el Mictlán, el lugar de los muertos de los mexicas, y casi nada en él se parece a lo que solemos imaginar cuando pensamos en un más allá. No había balanza ni tribunal que repasara la vida del difunto, y adónde iba cada uno lo decidía la causa de su muerte. Fuera de México, al Día de Muertos se le llama a menudo el Halloween mexicano, y para entender por qué la comparación falla hay que empezar por este viaje, que la familia preparaba con papeles, ropa, un perro y una paciencia de años.

Si la prefieres contada, está entera en el vídeo El Mictlán: la historia completa del viaje de cuatro años al inframundo mexica; si la prefieres en audio, en el episodio del podcast.

¿Qué era el Mictlán y quién lo contó por escrito?

Antes de seguir conviene saber de dónde sale todo esto, porque cambia la manera de leerlo. Todo lo que sabemos del Mictlán se escribió después de la conquista de 1521 y casi siempre con un fraile cerca. La fuente principal es el Códice Florentino, la enorme obra que dirigió el franciscano Bernardino de Sahagún con colaboradores nahuas y que se terminó entre 1575 y 1577. Está escrita a dos columnas, el náhuatl de los informantes a un lado y la versión castellana de Sahagún al otro, y esa versión no traduce palabra por palabra [1].

Las dos columnas no siempre dicen lo mismo. Sahagún llama al Mictlán «el Infierno» y a su señor «un diablo», mientras que el náhuatl no habla de castigo en ningún momento. Donde el castellano pinta una lagartija verde, el náhuatl la hace azul verdosa, y donde dice que los muertos «se acababan y fenecían», el náhuatl dice que allí había una desaparición completa [1]. Ese filtro cristiano metido en la propia escritura es una de las caras del sincretismo religioso azteca que siguió a la conquista.

Hay dos fuentes más que conviene tener a mano. La Leyenda de los Soles es un texto en náhuatl que lleva dentro su fecha (el 22 de mayo de 1558) y es el único en el que habla el señor de los muertos [2]. El Códice Vaticano A es una copia pintada que se hizo en Italia, con glosas atribuidas al dominico fray Pedro de los Ríos. De ahí sale la famosa lista de los nueve niveles [3]. Donde unas y otras no coincidan, lo iré diciendo sobre la marcha, porque a veces la discrepancia es lo más interesante del asunto.

La causa de la muerte decidía el destino

Lo primero que dejan claro esos textos es que había varios destinos y que nadie los elegía. Sahagún los ordena siempre por el tipo de muerte. Los que morían de enfermedad iban al Mictlán, y el texto añade una coletilla que lo cambia todo, «agora fuesen señores o principales o gente baxa» [1]. Al que mataba un rayo o se ahogaba le esperaba el Tlalocan; al que caía en la guerra, el cielo del sol; a la mujer que moría en su primer parto, ese mismo cielo, aunque por otra puerta.

En ninguno de los tres capítulos hay un juicio, ni una lista de pecados, ni nadie que pese el alma, que es justo lo contrario del Libro de los Muertos egipcio, donde el corazón del difunto se ponía en una balanza ante Osiris. La historiadora Mónica Luna López lo resume diciendo que las regiones del más allá «estaban destinadas a la calidad de la muerte», y que llamarlas infiernos fue un error de concepción cristiana [4]. El reparto se parece más al de los antiguos escandinavos, que mandaban con Odín a los caídos en batalla y con la diosa nórdica de los muertos a los que se morían de enfermedad o de viejos.

El entierro: el fardo, la despedida y la piedra que hacía de corazón

Cuando alguien moría, unos ancianos se encargaban del cuerpo. Le encogían las piernas, lo vestían con papeles cortados, lo envolvían en sus mantas y lo ataban fuerte. Antes le echaban agua sobre la cabeza diciéndole que era la de la que había gozado en vida, y le metían un jarrillo de agua entre las mortajas para el camino [1]. Al final lo quemaban, mientras dos viejos alanceaban el cuerpo con palos y otros cantaban.

Lo más duro es lo que le decían. Que el señor de los muertos ya se lo había llevado y la señora ya le había dado asiento, y que todos irían allá algún día, porque «aquel lugar es para todos, y es muy ancho, y no habrá más memoria de vos». Iba, le decían, «al lugar oscurísimo que no tiene luz ni ventanas», del que ya no volvería a salir [1].

A mí esta despedida me parece de lo más estremecedor que se conserva del mundo mexica, precisamente porque no promete nada, ni reencuentros ni descanso, solo un sitio ancho, oscuro y compartido por todos los que mueren en la cama.

Faltaba el corazón. A los señores y a los nobles les ponían en la boca una piedra verde, un chalchíhuitl; a la gente corriente, una piedra de poco valor, el texoxoctli o piedra de navaja, y el texto explica que «lo ponían por corazón del defuncto» [1]. Los huesos y las cenizas, lavados con agua, acababan en una olla con otra piedra verde, enterrada en un cuarto de la propia casa.

El camino al Mictlán y el viento de navajas

Para cada peligro del camino el muerto llevaba un lote de papeles, como quien lleva un salvoconducto para cada aduana, y al dárselos le iban diciendo para qué servía cada uno. Sahagún los da en este orden: pasar entre dos sierras que chocan una con otra, el camino que guarda una culebra, el sitio de una lagartija llamada Xochitónal, ocho páramos, ocho collados y, al final, el viento de navajas, que en náhuatl se llamaba itzehecayan [1].

Ese último paso era el peor. Según el texto, el viento «llevaba las piedras y pedazos de navajas», esquirlas de obsidiana, la piedra volcánica negra con la que se hacían los cuchillos. Para cruzarlo servía lo que se quemaba en el funeral: la ropa del muerto, sus armas, los despojos de los prisioneros que hubiera capturado y, si era mujer, los utensilios de hilar y de tejer, con los que se hacía un abrigo para agazaparse. Sahagún añade una advertencia que suena casi a reproche, que «el que ningún hato tenía sentía gran trabajo» con el viento de aquel paso [1].

Un hombre mexica de piel pálida, envuelto en una manta blanca, avanza encorvado contra un vendaval de piedras y esquirlas negras de obsidiana entre montañas oscuras
Un alma cruza el vendaval de obsidiana, encogida bajo su manta. Lo que la familia quemaba en la pira era, en la práctica, el equipaje para este tramo. Ilustración IA generada para Mitos y Más.

Lo que no aparece en ninguno de esos peligros es una pregunta sobre la conducta del muerto. Lo que le ayuda a pasar es lo que lleva encima, y eso se lo preparaba su familia antes de quemarlo.

Mictlantecuhtli y Mictecacíhuatl, los señores del Mictlán

Al llegar, el muerto se presentaba ante la pareja que reinaba allá abajo, Mictlantecuhtli, al que Sahagún también llama Tzontémoc y Aculnahuácatl, y su mujer, Mictecacíhuatl. Les entregaba lo que traía: los papeles, haces de teas, cañas para fumar tabaco, hilo de algodón blanco y colorado, una manta y un taparrabos; si era mujer, faldas y camisas [1]. Llegaba a casa ajena, y llegaba con regalos.

Mictlantecuhtli, esquelético y con pelo rizado, y Mictecacíhuatl, con calavera por rostro y vestido blanco, sentados en dos tronos de piedra en una sala subterránea con lechuzas sobre las columnas
La pareja que reinaba sobre los muertos, en una sala sin luz custodiada por lechuzas. En la Leyenda de los Soles ella aparece con otro nombre, Mictlancíhuatl. Ilustración IA generada para Mitos y Más.

Sus mensajeros eran los búhos y las lechuzas. Si una lechuza chillaba sobre la casa, decían que era «el mensajero del dios Mictlantecuhtli, que iba y venía al infierno», y su rumbo era el norte, porque al viento del norte lo llamaban mictlampa ehecatl, el viento que viene de hacia el lugar de los muertos [5].

De su aspecto tenemos una idea muy concreta gracias a la arqueología. En agosto de 1994, en un túnel de la Casa de las Águilas, junto al Templo Mayor, aparecieron dos esculturas de barro de Mictlantecuhtli rotas en cientos de pedazos. Reconstruidas miden 1,74 metros. Tienen las costillas a la vista, garras en lugar de manos, agujeros en el cráneo para ponerles pelo y, colgando del esternón, una pieza de tres lóbulos que representa el hígado y la vesícula biliar [6]. Flanqueaban la entrada del ala norte de aquel edificio, y hoy se exponen en el Museo del Templo Mayor.

Escultura de barro de Mictlantecuhtli de pie, con el cráneo descarnado, las costillas marcadas, las manos en garra levantadas y el hígado colgando bajo el pecho, en una sala de museo
Una de las dos figuras de la Casa de las Águilas, armada de nuevo a partir de sus fragmentos; por la presión de la tierra habían perdido casi 30 centímetros de altura. Museo del Templo Mayor, Ciudad de México. Foto de Luisalvaz, 2026, CC0. Imagen vía Wikimedia Commons. Archivo: https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/a/a8/Mictlantecuhtli_en_el_Museo_del_Templo_Mayor_01.jpg

Quetzalcóatl y los huesos preciosos

Solo hay un relato en el que Mictlantecuhtli habla, y en él hace trampas. Cuando los dioses quisieron crear una humanidad nueva necesitaban los huesos de la anterior, guardados en el Mictlán. Bajó a pedirlos Quetzalcóatl, la Serpiente Emplumada. «He venido por los huesos preciosos que tú guardas», le dijo. El señor de los muertos no se negó, pero le puso una condición, que tocara su caracol y lo llevara cuatro veces alrededor de su asiento de piedras preciosas, y el caracol no tenía agujeros [2].

Quetzalcóatl llamó a los gusanos para que lo perforaran y a las abejas para que entraran en él y lo hicieran sonar. Mictlantecuhtli le dijo que se los llevara, y enseguida mandó a sus mensajeros a decirle que tenía que devolverlos. Quetzalcóatl hizo trampa también, porque mandó a su nahual a gritar que los devolvería mientras él decía para sí «no, me los llevo para siempre». Entonces el señor de los muertos mandó cavar un hoyo. Unas codornices espantaron a Quetzalcóatl, que cayó dentro y quedó como muerto mientras los huesos se esparcían por el suelo y las codornices los mordían y roían. Aun así los recogió y los llevó a Tamoanchan, donde la diosa Quilachtli (que es Cihuacóatl) los molió en un lebrillo y Quetzalcóatl se sangró sobre ellos para que nacieran los humanos [2].

Lámina pintada de un códice mesoamericano con dos dioses espalda con espalda, uno con cuerpo de esqueleto y otro con máscara de pico rojo, sobre una franja con símbolos y rodeados de una cenefa de signos calendáricos
Códice Borgia, lámina 56, con Quetzalcóatl y Mictlantecuhtli espalda con espalda. Es un códice pintado antes de 1521; la imagen es del facsímil de 1898. Dominio público. Imagen vía Wikimedia Commons. Archivo: https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/5/50/Codex_Borgia_page_56.jpg

Hay otra versión, la que recogió fray Jerónimo de Mendieta a finales del siglo XVI siguiendo a fray Andrés de Olmos, en la que quien baja es Xólotl, un dios con rasgos de perro. Mictlantecuhtli sale corriendo detrás de él, Xólotl tropieza y el hueso, que medía una braza, se le rompe en pedazos mayores y menores, «por lo cual dicen, los hombres ser menores unos que otros» [7]. Esa explicación de las estaturas se atribuye a menudo a la Leyenda de los Soles, donde no aparece. Lo que me gusta de las dos versiones es que el dios de la muerte no devora a nadie, porque se comporta como un dueño celoso de lo suyo, y en su casa se entra y se sale a base de trampas, de un lado y del otro.

Cuatro años de ofrendas y el río de las nueve aguas

Mientras el muerto está ante los señores, su familia todavía no ha terminado con él. Le quemaban ofrendas a los ochenta días, al cumplirse el año y a los dos, a los tres y a los cuatro años, porque creían que «todas las ofrendas que hacían por los defunctos en este mundo iban delante el diablo que se decía Mictlantecuhtli». Además, donde estaba enterrada la olla con los huesos, «cada día daban y ponían ofrendas» [1]. El muerto vivía bajo el suelo de la casa, y la casa le daba de comer.

Con los señores había otra costumbre que hay que contar sin adornos. Cuando moría uno, mataban a veinte esclavos y veinte esclavas para que le sirvieran allá abajo como le habían servido aquí, y los enterraban aparte [1].

Pasados los cuatro años, el muerto salía hacia «los nueve infiernos», y en el camino había un río muy ancho, el Chiconahuapan, el de las nueve aguas. Allí no había barquero, sino el perro que habían quemado con él, que lo esperaba en la orilla y, si reconocía a su amo, se echaba al agua y lo pasaba a cuestas. Por eso, dice el texto, la gente criaba perritos para este fin, y al morir le daban uno con un hilo flojo de algodón atado al cuello [1].

Tenía que ser de color. Los blancos y los negros no cruzaban, y Sahagún apunta hasta sus excusas: el blanco decía «yo me lavé» y el negro, «yo me he manchado de color prieto, y por eso no puedo pasaros». Solo el de pelo bermejo podía llevar al difunto hasta la otra orilla del río [1].

Un perro de pelo rojizo con un hilo blanco al cuello nada por un río negro y brumoso mientras un hombre mexica se agarra a su lomo
El perro lleva al muerto a la otra orilla. En el funeral mataban al perro del difunto y lo quemaban con él, para que lo estuviera esperando aquí. Ilustración IA generada para Mitos y Más.

¿El perro del Mictlán era un xoloitzcuintle?

Hoy ese perro se dibuja casi siempre como un xoloitzcuintle (el perro mexicano sin pelo) y se repite mucho que Xólotl guiaba a los muertos. En los textos del siglo XVI no está ni una cosa ni la otra. El perro del río se distingue precisamente por el color de su pelo, que en castellano es bermejo y en náhuatl, coçi, amarillo. Al xoloitzcuintli Sahagún lo describe en otro libro, el XI, como unos perrillos que «ningún pelo tenían» y a los que de noche abrigaban con mantas para dormir, sin ninguna relación con el Mictlán [5]. La pareja del perro pelón y el más allá es una lectura del siglo XX, la misma que llevó a Pixar a hacer de Dante, el perro de Coco, un xolo.

¿Cuáles son los nueve niveles del Mictlán?

Al otro lado del río estaba el final, que Sahagún llama Chicunamictlan, el noveno lugar de los muertos. Aquí las dos columnas del códice vuelven a separarse. El castellano dice que allí los difuntos «se acababan y fenecían»; el náhuatl, con menos palabras, que había desaparición completa [1]. El viaje acababa en nada, que era justo lo que le habían anunciado al muerto el día de su entierro.

La lista de nueve niveles con nombre que circula por todas partes no es de Sahagún. Sale de un solo códice, el Vaticano A. En esa lista el primer nivel ni siquiera está bajo tierra, porque es Tlalticpac, «sobre la tierra», donde estamos ahora. Después vienen el lugar donde se cruza el agua, el de los cerros que se juntan, el cerro de obsidiana, el del viento de obsidiana, el lugar donde ondean las banderas, el lugar donde se flecha a la gente, el de los corazones devorados y, al final, el lugar de obsidiana de los muertos [8].

Las dos listas coinciden en los cerros que chocan, en el viento de obsidiana y en el agua que hay que cruzar, y en poco más. Son dos mapas del mismo sitio, y ninguno lo dibujó un mexica antes de la conquista, de modo que tomar cualquiera de los dos como el plano oficial del Mictlán es pedirles a las fuentes una precisión que no tienen.

El Tlalocan y la casa del sol, los otros destinos

Al que mataba un rayo, al ahogado, al leproso, al que tenía bubas o gota o al que moría hinchado de agua no lo quemaban. Lo enterraban con semillas de bledo en la cara, la frente pintada de azul, vestido con papeles y con una vara en la mano, y se iba al Tlalocan, el paraíso de Tláloc, el dios de la lluvia [1]. Allí, dice Sahagún, «nunca jamás faltan las mazorcas de maíz verdes», ni las calabazas, el chile verde, los jitomates, los frijoles tiernos o las flores, lo cuidaban unos dioses que parecían sacerdotes de pelo largo y «había siempre jamás verdura y verano».

Fragmento de mural sobre fondo rojo oscuro con un monte azul verdoso del que brota agua y decenas de pequeñas figuras humanas alrededor, con partes del enlucido perdidas
Pintura mural del palacio de Tepantitla, en Teotihuacan. Alfonso Caso la bautizó en 1942 como el Tlalocan, una lectura que se discute desde hace medio siglo, y Teotihuacan es unos mil años anterior a los mexicas. Foto de Álvaro de la Paz Franco, 2025, CC0. Imagen vía Wikimedia Commons. Archivo: https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/2/24/Pinturas_murales_en_Palacio_de_Tepantitla_01.jpg

Aquí tengo que corregirme un poco. He dicho que nadie juzgaba la conducta del muerto, y es cierto que no hay juicio después de morir, pero en otra parte del mismo libro esas mismas enfermedades aparecen como castigo. El dios Tezcatlipoca, con el nombre de Titlacahuan, mandaba lepra, bubas, gota, sarna e hidropesía «cuando estaba enojado con los que no cumplían y quebrantaban el voto y penitencia» [5]. Para quien quisiera leerlo así, el juicio no llegaba después de la muerte, porque a veces era la muerte misma.

El otro destino estaba en el cielo, en la casa del sol, que en náhuatl es tonatiuh ichan. Allí iban los que morían en la guerra y los prisioneros sacrificados por sus enemigos. Vivían en un llano y, cada mañana, cuando salía el sol, gritaban y golpeaban los escudos para recibirlo [1], y lo acompañaban peleando de juego hasta el mediodía [9].

En ese pasaje hay un detalle que a mí me parece de lo más bonito de todo el códice: «el que tiene rodela horadada de saetas, por los agujeros de la rodela mira al Sol», y el que tiene el escudo entero no puede mirarlo [1]. Abajo, el lugar de los muertos no tenía ventanas, y arriba las ventanas las abrían las heridas. A los cuatro años, otra vez cuatro, se convertían en pájaros de plumas de colores, colibríes en la columna castellana y también mariposas en la náhuatl, que bajaban a la tierra a chupar el néctar de las flores.

Las mujeres muertas en el parto, guerreras del sol

Para los mexicas, el parto era una batalla. Cuando una mujer daba a luz con éxito, la partera daba voces como en la guerra, porque la madre «había captivado un niño», y el cautivo era el bebé [9]. La que moría en su primer parto moría por tanto como un guerrero y no iba al Mictlán. La llamaban mocihuaquetzqui, «mujer valiente», y a estas mujeres divinizadas se las conoce también como cihuateteo o cihuapipiltin.

La enterraban al atardecer, a la hora en que se pone el sol, en el patio del templo de estas diosas. El marido la llevaba a cuestas y alrededor iban las parteras y las viejas, «con rodelas y espadas, y dando voces, como cuando vocean los soldados». Por el camino les salían al paso los jóvenes guerreros para quitarles el cuerpo, y Sahagún insiste en que aquello no era una representación, porque «peleaban de veras» [9].

Querían el cadáver para cortarle el dedo de en medio de la mano izquierda y los cabellos, que los guerreros metían dentro del escudo porque creían que así cegaban los ojos de los enemigos. Había además unos ladrones, los temamacpalitotique, que buscaban el brazo izquierdo de la muerta para hacer desmayarse a los de las casas que iban a robar [9]. Por eso el marido y sus amigos velaban la tumba cuatro noches seguidas, mientras la familia de la muerta se alegraba, porque decían que «no iba al Infierno, sino que iba a la Casa del Sol».

Ancianas mexicas de pelo gris, con huipil blanco, escudos redondos con un águila y espadas de madera, gritan como si cargaran contra un enemigo al atardecer, con Tenochtitlan al fondo
Las parteras y las viejas acompañan a la muerta como un escuadrón. La oración que le dirigían la felicitaba por haber usado «de la rodela y de la espada» como una valiente. Ilustración IA generada para Mitos y Más.

En el cielo tenían un trabajo. Los guerreros llevaban el sol desde el amanecer hasta el mediodía, y allí lo recogían ellas, armadas, para bajarlo hasta el poniente en unas andas de plumas de quetzal y entregárselo a los de abajo, porque «cuando acomienza la noche, comenzaba amanecer en el Infierno, y entonce despertaban y se levantaban de dormir los muertos» [9].

Pero no se quedaban arriba. En ciertos días del calendario bajaban juntas a la tierra por el aire y se aparecían en las encrucijadas, donde les mandaban enfermedades a los niños, sobre todo parálisis. Esos días los padres no dejaban salir a sus hijos de casa [9]. En cada barrio donde se cruzaban dos calles había un pequeño templo para ellas llamado cihuateocalli, y les ofrecían pan con forma de mariposa [5].

Son a la vez las más honradas y las más temidas del más allá mexica, las que bajan el sol cada tarde y las que esperan a los niños en los cruces de caminos. Quien conozca la leyenda de la Llorona reconocerá a otra mujer de esta misma tierra que vaga de noche, aunque estas son otra cosa, más cerca de las diosas del panteón mexica que de los fantasmas.

Escultura mexica de piedra de una figura arrodillada con rostro descarnado, ojos redondos y las manos alzadas como garras, sobre fondo gris
Una cihuateotl de piedra, arte mexica de los siglos XV o principios del XVI. The Metropolitan Museum of Art, Nueva York, CC0. Imagen vía Wikimedia Commons. Archivo: https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/2/2b/Cihuateotl_MET_DT5116.jpg

¿Por qué el Día de Muertos no es el Halloween mexicano?

Con todo esto delante, la pregunta es qué tiene que ver el Mictlán con la fiesta de noviembre, y la respuesta es que bastante menos de lo que se suele decir, aunque lo que tiene es lo más importante. Los mexicas tenían fiestas de muertos, pero caían hacia agosto. Dos veintenas del calendario, Tlaxochimaco y Xócotl huetzi, se conocen también como la fiesta pequeña y la fiesta grande de los muertos [10], aunque esos nombres proceden sobre todo del cronista Durán [11], y en Sahagún las dos tienen otro sentido, una ofrenda de flores a Huitzilopochtli y la fiesta del gran tronco que se traía del monte [5].

Lo del 1 y el 2 de noviembre llegó con los españoles. El 1 es Todos los Santos, que hacia el año 800 ya se celebraba en esa fecha en Inglaterra y Alemania y que Roma fijó en 835 según la tradición. El 2 es el de los Fieles Difuntos, que se generalizó a partir de la orden que dio Odilón de Cluny a sus monasterios hacia el 998 [12]. Halloween es la víspera de esa misma fiesta, All Hallows' Eve, así que los dos son primos de calendario. Tampoco está tan claro lo de la antigua fiesta celta de los muertos, porque en Irlanda había una a primeros de noviembre, Samhain, que marcaba el comienzo del invierno, pero no hay pruebas de que fuera una fiesta de difuntos, y buena parte del origen de Halloween está en esa vecindad con la fiesta cristiana [12].

Ahí se acaba el parentesco. Halloween es una noche de disfraces y de pedir dulces de puerta en puerta, una costumbre que se fijó en Norteamérica en el siglo XX. El Día de Muertos son dos días para poner la ofrenda en casa e ir al cementerio a recibir a los propios muertos, y la UNESCO lo proclamó en 2003 e inscribió en 2008 como «la festividad indígena dedicada a los muertos» [13]. El antropólogo Stanley Brandes ha estudiado cómo en México se presentó el Día de Muertos precisamente contra Halloween, como una marca de identidad nacional [14]. En una fiesta los muertos son un disfraz, y en la otra son invitados a la mesa.

Una familia mexicana, madre, padre e hijo, monta en casa un altar de Día de Muertos con flores de cempasúchil, velas, pan de muerto, calaveras de azúcar, un vaso de agua y fotografías
Una ofrenda de hoy, con cempasúchil, velas, pan de muerto y un vaso de agua, que se pone porque el camino del muerto es largo. Ilustración IA generada para Mitos y Más.

Cuánto de esa mesa es mexica y cuánto llegó de Europa se sigue discutiendo. Brandes explica el pan, el azúcar de las calaveras y la iconografía macabra por la costumbre ibérica del Día de Difuntos y por el azúcar colonial [14], y en España, en sitios como Salamanca, Soria o Cáceres, se llevaba pan y cera a los difuntos [15]. Lo que sí estaba aquí antes, y está escrito con todo detalle, es la costumbre de seguir mandándole cosas al muerto, de tenerlo en casa y de darle de comer durante años.

Creo que la diferencia de verdad está entre dos maneras de estar con la muerte, más que entre México y Estados Unidos. En 1955 el antropólogo inglés Geoffrey Gorer escribió que la muerte había ocupado el lugar del sexo como tabú [16], y Philippe Ariès habló después de la muerte prohibida, la que ocurre en el hospital y se despacha cuanto antes [17]. Enfrente está la cultura que le pone mesa, y Octavio Paz la retrató en 1950 con una frase que se cita muchísimo: «El mexicano, en cambio, la frecuenta, la burla, la acaricia, duerme con ella, la festeja» [11].

Es una frase preciosa, y es literatura. Carlos Navarrete ya sostenía que el mito de la parca festejada «no se remonta más allá de los años veintes» [6], y Claudio Lomnitz ha contado cómo la muerte se convirtió en el siglo XX en un tótem nacional [18]. La Catrina nació como la Calavera Garbancera de José Guadalupe Posada, publicada en 1913. Diego Rivera la pintó de cuerpo entero en un mural de 1946-1947. El gran desfile de Ciudad de México empezó en 2016, inspirado en la escena inicial de una película de James Bond, Spectre [19].

Grabado en blanco y negro de una calavera de mujer con un gran sombrero de ala ancha adornado con flores y plumas, sobre un texto impreso
La Calavera Garbancera de Posada, en la hoja volante de 1913. La «garbancera» era quien, siendo de origen indígena, renegaba de él y aparentaba ser europea. José Guadalupe Posada, dominio público. Imagen vía Wikimedia Commons. Archivo: https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/0/00/La-Calavera-Catrina-Web.jpg

La película Coco le dio la vuelta del todo. Allí el perro guía es un xolo y la segunda muerte llega cuando ya nadie se acuerda de ti, mientras que en el entierro mexica le decían al muerto a la cara que de él no quedaría memoria, y lo que le daban no era recuerdo, eran cosas: papeles para el camino, ropa para el viento, una piedra por corazón, un perro para el río y cuatro años de comida.

Los mexicas no fueron los únicos que mandaban a sus muertos con instrucciones para el viaje. En Grecia hubo gente que se hizo enterrar con láminas de oro en las que llevaba escrito lo que tenía que decir ante la reina de los muertos, la de Hades y Perséfone. Allí abajo también hay un río y un perro, aunque ese no ayuda a cruzar a nadie. La próxima vez que oigas lo del Halloween mexicano, mira la mesa: el agua, la comida y las cosas que el muerto usaba están ahí por la misma razón que el jarrito, la piedra verde y el perro de Tenochtitlan. ¿Qué pesa más en una ofrenda, el recuerdo del muerto o las cosas que se le dejan para el viaje?

Preguntas Frecuentes

¿Qué significa Mictlán?

Es el nombre náhuatl del lugar de los muertos; en su traducción de la Leyenda de los Soles, Primo Feliciano Velázquez lo glosa como «entre los muertos». Sahagún lo llamó «el Infierno», pero en las fuentes no es un lugar de castigo, sino de desgaste y desaparición.

¿Qué es Chichihuacuauhco?

Un cuarto destino que no está en Sahagún. Lo pinta el Códice Vaticano A: un árbol con pechos que amamanta a los niños muertos antes de dejar la leche, que esperaban allí para volver a nacer.

¿Dónde se pueden ver las esculturas de Mictlantecuhtli?

En el Museo del Templo Mayor, en Ciudad de México. Son las dos figuras de barro de 1,74 metros halladas en 1994 en la Casa de las Águilas, junto al recinto sagrado de Tenochtitlan.


Fuentes y referencias bibliográficas

  1. Sahagún B. Historia general de las cosas de Nueva España (Códice Florentino), libro III, apéndice, caps. 1-3. 1575-1577. En: Digital Florentine Codex. Los Ángeles: Getty Research Institute [citado 2026 Oct 24].
  2. Velázquez PF, traductor. Leyenda de los Soles. En: Códice Chimalpopoca: Anales de Cuauhtitlan y Leyenda de los Soles. 3.ª ed. México: UNAM, Instituto de Investigaciones Históricas; 1992. p. 119-121.
  3. Codex Vaticanus A (Vat. lat. 3738). Ciudad del Vaticano: Biblioteca Apostolica Vaticana [citado 2026 Oct 24].
  4. Luna López M. El camino al Mictlan. ¿Camino al tormento o camino al origen? Vita Brevis. 2017;(11):159-73.
  5. Sahagún B. Historia general de las cosas de Nueva España. Bustamante CM, editor. 3 vols. México: Imprenta del ciudadano Alejandro Valdés; 1829-1830.
  6. López Luján L, Mercado V. Dos esculturas de Mictlantecuhtli encontradas en el recinto sagrado de México-Tenochtitlan. Estud Cult Náhuatl. 1996;26:41-68.
  7. Mendieta G de. Historia eclesiástica indiana. Libro II, cap. 1. Escrita hacia 1596, inédita hasta 1870. Edición digital: Internet Archive; 2008.
  8. Roldán Olmos E. Reflexiones sobre la muerte entre los antiguos nahuas II. Seminario Crónicas y fuentes de origen indígena del siglo XVI novohispano. México: FES Acatlán, UNAM; 2015 sep 26 [citado 2026 Oct 24].
  9. Sahagún B. Historia general de las cosas de Nueva España (Códice Florentino), libro VI, caps. 29-30, y libro I, cap. 10. 1575-1577. En: Digital Florentine Codex. Los Ángeles: Getty Research Institute [citado 2026 Oct 24].
  10. Tlaxochimaco. Arqueología Mexicana. 2014;(ed. esp. 59) [citado 2026 Oct 24].
  11. Alonso Meneses G. Miccailhuitl ~ Xantolo: Día de Muertos y Todos Santos en Octavio Paz y el padre José Barón. Disparidades. 2022;77(2):e025.
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