El Minotauro: el monstruo que no eligió serlo y por qué Picasso lo entendió mejor que Teseo
¿Y si el verdadero monstruo del laberinto no fuera el Minotauro, sino quien lo construyó? La historia de Asterión, la víctima que Picasso y Borges rescataron del olvido.
¿Qué convierte a un monstruo en monstruo: sus cuernos o quien decide encerrarlo? El mito del Minotauro parece tener una respuesta cómoda —una bestia con cabeza de toro, hambre de carne humana y un héroe que llega a decapitarla—, pero basta rascar la superficie para que los papeles se inviertan. En el corazón del laberinto de Creta no aguardaba un villano, sino un prisionero que pagaba los pecados de sus padres: un ser que no eligió nacer, ni su forma híbrida, ni el destino que le impuso la misma sociedad que lo engendró.
Su verdadero nombre era Asterión, «el estrellado», y su historia es de las más célebres de la Antigüedad. Lo llamativo es cómo hemos ido cambiando de bando al contarla. Durante siglos celebramos al héroe que lo mató; ya en el siglo XX, frente al fascismo y a dos guerras mundiales, los artistas más lúcidos comprendieron algo que da vértigo: el auténtico monstruo de este relato nunca tuvo cuernos.
El origen de la bestia: la venganza de Poseidón
Para entender la tragedia del Minotauro hay que empezar por la soberbia de su «padre» legal, el rey Minos, que desafió a los dioses y lo pagó con su propia familia. Gobernante de la próspera isla de Creta, Minos necesitaba legitimar su poder frente a sus hermanos. Para probar que contaba con el favor divino, pidió a Poseidón que hiciera emerger un toro de las olas, con la promesa de sacrificarlo de inmediato en honor al dios del mar.
Poseidón cumplió y envió un toro blanco de belleza sobrenatural. Pero Minos, deslumbrado por el animal, rompió su juramento: escondió la bestia entre sus rebaños y sacrificó un toro corriente en su lugar, convencido de que el dios no notaría el cambio o de que no le importaría. Fue un error de cálculo con consecuencias monstruosas.
Hay una ironía cruel en todo esto. El propio Minos había nacido de un toro: era hijo de Europa y de Zeus, que se transformó en un manso toro blanco para raptar a la princesa fenicia y llevársela a Creta a través del mar. La estirpe entera está marcada por el animal, y ahora otro toro divino iba a hundir la casa reinante. Los toros dan y quitan poder en esta familia, y siempre cobran su precio.
En la mitología griega el engaño a los dioses jamás queda impune. Poseidón no fulminó a Minos: diseñó una venganza mucho más retorcida, capaz de arruinar para siempre la reputación y la paz del rey. Infundió en Pasífae, la esposa de Minos, un deseo incontrolable y antinatural por el toro blanco. Desesperada, la reina recurrió al ingenioso Dédalo, que construyó una vaca de madera hueca recubierta de piel real. Pasífae se ocultó en su interior, engañó al toro y de aquella unión nació Asterión: un ser con cuerpo de hombre y cabeza de toro [1]. Nadie le preguntó si quería existir.
El laberinto de Cnosos: una prisión de piedra y vergüenza
El nacimiento del Minotauro fue un escándalo colosal. Minos, humillado y aterrado, no podía matar a la criatura: pese a todo, era hijo de su esposa y fruto directo de una maldición divina. Optó por enterrar la prueba de su propio pecado. Ordenó a Dédalo levantar el Laberinto, una estructura de pasillos tan enrevesados que ni su propio creador acertaba a salir con facilidad.
Ese encierro plantea la primera gran pregunta moral del mito. Asterión fue arrojado a la oscuridad sin haber cometido crimen alguno. Su dieta de carne humana, la que lo haría infame, no fue un capricho, sino la consecuencia de una naturaleza híbrida que le impusieron los dioses. Cuando Creta venció a Atenas en una guerra —desatada por la muerte de Androgeo, otro hijo de Minos, durante unos juegos atenienses—, el rey exigió un tributo sangriento: cada nueve años, siete jóvenes y siete doncellas atenienses debían entrar al laberinto para alimentar a la bestia. No pidió nacer así. Tampoco pidió comer de ese modo.

Aquí la arqueología ofrece un giro fascinante. Cuando Arthur Evans excavó el palacio de Cnosos a comienzos del siglo XX, se topó con un complejo tan inmenso, sin un eje central claro y con cientos de estancias y pasillos ciegos, que lo asoció de inmediato con el mito del laberinto [2]. La figura del rey Minos y su palacio dejaba de ser pura fábula para asomar al terreno de la piedra real.
Los estudios recientes sobre el espacio palaciego minoico van más allá y sugieren que la arquitectura de Cnosos estaba pensada para desorientar, creando una experiencia casi ritual y laberíntica en quien la recorría [3]. A esa sensación se sumaban las paredes decoradas con la taurocatapsia —jóvenes saltando sobre toros— y el símbolo omnipresente del hacha de doble filo, el labrys, de donde probablemente deriva la palabra laberinto [4]. Los griegos continentales que llegaron después, ante aquellas ruinas incomprensibles y aquellos frescos de muchachos jugando con toros, tradujeron el recuerdo de una civilización perdida en la pesadilla del Minotauro. O al menos así lo cuenta la reconstrucción más aceptada.
¿Fue Teseo realmente el héroe de esta historia?
La versión tradicional alcanza su clímax con Teseo, el príncipe ateniense que se ofrece voluntario en el tributo para acabar con la matanza. Al llegar a Creta enamora a Ariadna, la princesa abandonada por Teseo poco después en la isla de Naxos, que antes de la traición le entrega un ovillo de hilo brillante y una espada, los recursos que el propio Dédalo había ideado para burlar la trampa espacial del laberinto.
Teseo entra, desenrolla el hilo, halla al Minotauro en el centro y lo mata a golpes o a puñaladas según la versión. Después sigue el hilo de vuelta a la luz, huye con Ariadna y regresa a Atenas como el gran salvador de la civilización. En el camino olvidará cambiar las velas de su barco, y su padre, creyéndolo muerto, se arrojará al mar.
El propio inventor pagaría caro haber ayudado a los dos bandos. Furioso al descubrir que Dédalo había ideado tanto la vaca de madera como la treta del hilo, Minos encerró al arquitecto y a su hijo Ícaro en el mismo laberinto que había construido. Escaparon con alas de cera y plumas, pero Ícaro voló demasiado cerca del sol, se le fundieron las alas y cayó al mar. El laberinto no perdona a nadie: ni a la bestia, ni al genio que lo diseñó, ni al muchacho que solo quería tocar el cielo.

Pero, ¿es Teseo un héroe intachable? Su victoria sobre el Minotauro es, en el fondo, la ejecución de un preso a oscuras. Teseo encarna el orden, la polis, la razón patriarcal que triunfa sobre lo irracional, lo bestial y lo matriarcal que representan Creta y Pasífae. Y sin embargo, su conducta posterior —abandonar a quien lo salvó, provocar sin querer la muerte de su padre— revela una naturaleza egoísta y destructiva. El héroe mata en la sombra; el monstruo muere sin apenas defenderse.
Picasso, Borges y la mirada desde dentro del monstruo
Tuvieron que pasar milenios para que la cultura se atreviera a mirar el mito con los ojos de la criatura. En un siglo XX arrasado por los totalitarismos, ya nadie podía creer del todo en héroes puros de armadura reluciente, y fue entonces cuando el Minotauro vivió su resurrección.
Para Picasso, la criatura se convirtió en obsesión durante los años treinta. En sus grabados y pinturas —sobre todo en la célebre Minotauromaquia y en los bocetos previos al Guernica— despojó al ser de su maldad de manual. Su Minotauro está abrumado por sus instintos, ciego, perdido, a ratos tierno y a ratos brutal, guiado por una niña que sostiene una vela. En plena Guerra Civil española y a las puertas de la Segunda Guerra Mundial, el pintor lanzaba un mensaje escalofriante: el Minotauro no es un monstruo ajeno a nosotros; el Minotauro somos nosotros, atrapados en el laberinto de nuestra propia violencia.
No fue el único en la vanguardia. Entre 1933 y 1939, los surrealistas bautizaron su revista más influyente con el nombre de Minotaure y pusieron a la criatura en varias de sus portadas. Para aquella generación, el ser encerrado bajo tierra era la imagen perfecta de la parte oscura y reprimida de la psique, esa que el racionalismo europeo prefería no nombrar justo cuando el continente se despeñaba hacia la barbarie.

Algo parecido hizo Borges con su cuento La casa de Asterión (1947), incluido en El Aleph. El escritor argentino narra el mito desde la perspectiva del propio Minotauro y lo presenta como un ser solitario, casi infantil y profundamente incomprendido, que aguarda con ilusión a su «redentor» para que lo libere del peso de su encierro [5]. Cuando Teseo por fin lo alcanza, Asterión apenas se resiste, como quien recibe un favor.
Esa inversión es clave para la sensibilidad contemporánea. El Minotauro pasa a encarnar la otredad castigada, la criatura a la que se convierte en enemiga para no mirarla de frente. Otra figura recorrió ese mismo viaje de monstruo a víctima: el simbolismo de Medusa viró de la amenaza al duelo tras siglos de relectura. Y hay algo del mismo núcleo en la Bella y la Bestia, esa bestia que esconde una humanidad que la sociedad se niega a reconocer. Al sepultar a Asterión, Minos no protegía a su pueblo de un monstruo: intentaba enterrar su propia vergüenza en lo más hondo de la tierra.
El laberinto sigue en pie, aunque ya no como una mole de piedra junto al Egeo, sino como la maraña de excusas, muros y celdas que levantamos para ocultar lo que nos incomoda de nosotros mismos. Mientras sigamos aplaudiendo sin pensar a los Teseos que entran a matar en la oscuridad, seguiremos sin ver que, a veces, el verdadero monstruo es quien construye el laberinto.
A mí ese giro me sigue pareciendo el más perturbador del mito: el laberinto también funciona como un mapa de la mente. Esa lectura, la del Minotauro como metáfora de la ansiedad y de lo que llevamos dentro, la desarrollé en un episodio del podcast de Mitos y Más sobre el laberinto interior.
Preguntas frecuentes
¿Existió realmente el laberinto del Minotauro?
No como la trampa mortal del mito, pero la arqueología confirma que el palacio de Cnosos era una estructura inmensa, sin eje central claro y con cientos de habitaciones que desorientaban a los visitantes extranjeros. Esa arquitectura, sumada a los ritos minoicos con toros vivos, fue la semilla histórica que los griegos convirtieron en leyenda.
¿Por qué el Minotauro comía carne humana?
En el relato, la antropofagia funciona como prueba de su naturaleza antinatural. Históricamente, el tributo de jóvenes atenienses probablemente conserva el recuerdo de la época en que Creta dominaba política y militarmente a la Grecia continental y exigía rehenes que quizá morían en los peligrosos juegos del salto del toro.
Fuentes y referencias bibliográficas
- Graves R. Los mitos griegos. Madrid: Alianza Editorial; 2001.
- Farnoux A. Knossos: Searching for the Legendary Palace of King Minos. New York: Harry N. Abrams; 1993.
- Herva VP, Rapakko J. Insides, outsides and the labyrinth: Knossos, palatial space and environmental perception in Minoan Crete. Journal of Social Archaeology. 2023;23(3):331-349. DOI: 10.1177/14696053231186771.
- Myths of the Labyrinth. Ashmolean Museum, University of Oxford; 2023 [citado 2026 Jul 19].
- Borges JL. El Aleph. Buenos Aires: Editorial Losada; 1949.