Helena de Troya: la mujer que no causó la guerra (aunque todos la culparon)

La mujer más bella del mundo fue convertida en la responsable de una guerra que los hombres eligieron luchar. Pero ¿qué dicen realmente los mitos sobre la agencia de Helena?

Helena de Troya mirando melancólicamente desde una ventana hacia el mar Egeo, con los barcos griegos acercándose en el horizonte
Durante tres milenios, la cultura occidental ha culpado a Helena de Troya de la guerra más devastadora de la mitología. Sin embargo, una lectura atenta de los textos antiguos revela que su supuesta agencia fue una construcción literaria para absolver a los hombres de su propia violencia.

¿Puede el rostro de una sola mujer lanzar mil barcos y quemar las altas torres de una ciudad? La respuesta de la cultura occidental, repetida desde Homero hasta Hollywood, ha sido un rotundo sí. Helena de Troya, la mujer más hermosa del mundo, ha sido eternamente encasillada como la causante de la Guerra de Troya. Su huida (o secuestro) con el príncipe troyano Paris desencadenó un conflicto de diez años que aniquiló a una generación entera de héroes.

Pero cuando rascamos la superficie del mito y dejamos de lado la narrativa tradicional de la culpa femenina, nos encontramos con una historia mucho más oscura e incómoda. La leyenda de Helena no es realmente un relato sobre el poder de la belleza o la fuerza destructiva del amor. Es, en su núcleo, una de las primeras y más perdurables historias sobre cómo las estructuras de poder utilizan a las mujeres como chivos expiatorios para justificar la codicia, el orgullo y la violencia de los hombres.

El nacimiento de un premio, no de una persona

Para entender la tragedia de Helena, primero debemos entender su origen. A diferencia de los héroes masculinos de la mitología griega que forjaban su propio destino a través de hazañas y decisiones, el destino de Helena fue sellado antes de que ella pudiera hablar. Nació de la unión forzada entre su madre, Leda, y el dios supremo Zeus, quien se transformó en un cisne para seducirla (o violarla, dependiendo de la traducción del mito). Helena nació de un huevo, un comienzo que ya la marcaba como algo sobrenatural, un objeto de fascinación más que un ser humano.

Su extraordinaria belleza se convirtió rápidamente en una maldición. A la edad de doce años, fue secuestrada por el héroe ateniense Teseo, quien deseaba una hija de Zeus como esposa. Aunque sus hermanos, los Dióscuros, la rescataron, este evento sentó el precedente de toda su vida: Helena no era una persona con agencia, era un premio que los hombres poderosos creían tener derecho a poseer [1].

Cuando llegó a la edad de casarse, todos los reyes y príncipes de Grecia se reunieron en Esparta para competir por su mano. La tensión era tan alta que el derramamiento de sangre parecía inminente. Fue el astuto Odiseo quien propuso la solución: todos los pretendientes debían jurar un pacto solemne (el Juramento de Tindáreo) para proteger al marido elegido contra cualquier ofensa. El ganador fue Menelao, un hombre rico y poderoso, pero notoriamente carente del carisma de su hermano Agamenón. Helena no eligió a Menelao; fue entregada a él como parte de un tratado político diseñado para evitar una guerra civil griega.

El Juicio de Paris y la ilusión de la elección

La narrativa tradicional culpa a Helena por abandonar a Menelao y huir con Paris, el príncipe de Troya. Sin embargo, el mito del "Juicio de Paris" revela la absoluta falta de control que Helena tenía sobre la situación. Cuando la diosa Eris (la Discordia) arrojó la manzana dorada "para la más bella" entre Hera, Atenea y Afrodita, Zeus encargó a Paris que tomara la decisión.

Afrodita sobornó a Paris ofreciéndole el amor de la mujer más hermosa del mundo: Helena. Paris aceptó, y Afrodita cumplió su promesa. ¿Dónde está la decisión de Helena en este trato cósmico? No existe. Afrodita, la diosa del amor, intervino directamente, doblegando la voluntad de Helena (ya fuera a través de la magia, la persuasión divina o la fuerza bruta, según la versión del mito). Al igual que ocurrió con la diosa Hera, cuya autoridad fue apagada por los olímpicos, la voluntad de Helena fue anulada por los caprichos de los dioses y los deseos de los hombres.

Pintura de Helena de Troya con cabello rojizo, mirando fijamente al espectador con una expresión enigmática y desafiante
Helena de Troya pintada por Gaston Bussière (1895). El arte del siglo XIX a menudo retrató a Helena como una "femme fatale", una seductora consciente de su poder destructivo, ignorando que en los textos originales griegos ella es a menudo una prisionera de los dioses y de las circunstancias políticas. Imagen vía Wikimedia Commons.

La Ilíada: la voz de una prisionera

Si leemos la Ilíada de Homero con atención, descubrimos que la propia Helena se desprecia a sí misma y se siente profundamente miserable en Troya. Homero no la retrata como una seductora malvada que disfruta del caos que ha provocado, sino como una mujer atrapada en una jaula de oro, atormentada por la culpa que otros le han impuesto.

En el Canto III de la Ilíada, Helena se encuentra en las murallas de Troya junto al anciano rey Príamo, observando a los ejércitos griegos. Ella se refiere a sí misma con desprecio, llamándose a sí misma "perra" (kyon) y lamentando haber dejado su hogar. Príamo, en un raro momento de compasión masculina, le responde: "No te culpo a ti; culpo a los dioses, que me trajeron esta guerra de lágrimas" [2].

Pero el momento más revelador de la agencia de Helena ocurre poco después, cuando Afrodita se le aparece y le ordena ir a la cama con Paris, quien acaba de huir cobardemente de un duelo con Menelao. Helena, en un acto de sorprendente desafío, se rebela contra la diosa. Le dice a Afrodita que vaya ella misma a acostarse con Paris, que renuncie al Olimpo y se convierta en su esclava. Es un estallido de ira de una mujer harta de ser un peón. Sin embargo, Afrodita la amenaza con un odio divino y la destrucción total, obligando a Helena a someterse en silencio. Este pasaje demuestra que, incluso cuando Helena intentaba ejercer su voluntad, las estructuras de poder y el destino inevitable la aplastaban inmediatamente.

El chivo expiatorio perfecto para una guerra de hombres

La Guerra de Troya nunca fue realmente sobre el amor o el honor matrimonial. Fue una guerra de conquista, saqueo y control de las rutas comerciales del Egeo. Agamenón, el líder de los griegos, no movilizó una flota masiva simplemente porque extrañaba a su cuñada; vio en el rapto de Helena la excusa diplomática perfecta (el Juramento de Tindáreo) para unir a las fracturadas ciudades-estado griegas y atacar a la rica y poderosa ciudad de Troya, su principal rival comercial [3].

Culpar a Helena era conveniente para todos. Para los troyanos, justificaba el asedio que estaban sufriendo (no era culpa de la política de su rey, sino de una mujer extranjera maldita). Para los griegos, proporcionaba un barniz de nobleza a lo que de otro modo sería un simple acto de piratería y masacre. Al igual que en el caso de la locura de Heracles, donde la intervención divina excusaba la violencia masculina extrema, la "traición" de Helena excusaba la brutalidad de la guerra.

Una figura femenina solitaria envuelta en telas ricas, caminando entre las ruinas humeantes de una antigua ciudad, con soldados caídos a su alrededor
Tras la caída de Troya, Helena fue devuelta a Esparta como trofeo. La narrativa que la culpaba de la guerra sobrevivió a la propia ciudad, consolidando el arquetipo de la mujer hermosa como intrínsecamente peligrosa y destructiva.

La supervivencia y el silencio final

Lo que a menudo se olvida de la historia de Helena es que ella sobrevive. Después de la caída de Troya, Menelao la encuentra con la intención de matarla por su traición. Pero, según la leyenda, cuando ella deja caer su túnica y él ve su belleza intacta, deja caer su espada. Helena regresa a Esparta con él, retomando su papel como reina, como si los diez años de sangre y fuego nunca hubieran ocurrido.

En la Odisea, vemos a una Helena madura, de vuelta en Esparta, recibiendo al hijo de Odiseo, Telémaco. Ella droga el vino de los hombres con una poción egipcia para borrar el dolor de sus recuerdos y luego cuenta una historia sobre cómo ayudó a Odiseo durante la guerra. Menelao, inmediatamente después, cuenta una historia contradictoria sobre cómo Helena intentó sabotear el Caballo de Troya. Incluso en su propio hogar, su voz es silenciada y contradicha por su marido. Sigue siendo un objeto hermoso y peligroso que debe ser controlado [4].

La figura de Helena de Troya nos obliga a enfrentarnos a una verdad incómoda sobre cómo contamos las historias. Es mucho más fácil culpar de la catástrofe a la seducción de una mujer que examinar la codicia, el orgullo y la violencia inherentes a las sociedades dominadas por hombres. A diferencia del dios Hermes, que usaba su astucia para cruzar fronteras y escapar de las consecuencias, Helena nunca tuvo la oportunidad de escribir sus propias reglas. Fue la prisionera más famosa de la historia, condenada a llevar el peso de una guerra que ella no declaró, por una ciudad que no era la suya, y por hombres que solo la valoraban como un trofeo.

Preguntas Frecuentes

¿Es cierto que Helena nunca fue a Troya?

Existe una versión alternativa del mito, popularizada por el poeta Estesícoro y el dramaturgo Eurípides (en su obra Helena), que afirma que Helena nunca pisó Troya. Según esta versión, los dioses crearon un "fantasma" o doble (eidolon) hecho de nubes que viajó con Paris a Troya, mientras que la verdadera Helena fue escondida en Egipto durante toda la guerra. Esta versión fue un intento de la antigüedad por limpiar su reputación y absolverla de la culpa de la guerra.

¿Qué pasó con Helena después de la muerte de Menelao?

Los mitos sobre su final varían enormemente. Algunas versiones dicen que fue divinizada y ascendió al Olimpo o a los Campos Elíseos. Otras versiones más oscuras, recogidas por el geógrafo Pausanias, afirman que tras la muerte de Menelao, Helena fue expulsada de Esparta por sus hijastros y huyó a Rodas. Allí, la reina Polixo, que había perdido a su marido en la Guerra de Troya, se vengó haciendo que sus sirvientas, disfrazadas de Erinias (Furias), ahorcaran a Helena de un árbol.


Fuentes y referencias bibliográficas

  1. Hughes B. Helen of Troy: The Story Behind the Most Beautiful Woman in the World. New York: Vintage Books; 2005.
  2. Homero. Ilíada. Traducción de Emilio Crespo Güemes. Madrid: Editorial Gredos; 1991.
  3. Pomeroy SB. Goddesses, Whores, Wives, and Slaves: Women in Classical Antiquity. New York: Schocken Books; 1995.
  4. Homero. Odisea. Traducción de José Manuel Pabón. Madrid: Editorial Gredos; 1982.
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