Freyja: por qué la diosa nórdica del amor se queda con la mitad de los muertos

Odín solo se lleva la mitad de los caídos; la otra mitad es de Freyja. Su magia, el seiðr, era tan poderosa que deshonraba al hombre que la practicara. La «Venus nórdica» nunca existió.

Freyja con un collar de oro y capa de plumas de halcón se inclina sobre un guerrero caído en un campo helado, junto a un carro tirado por dos grandes gatos
La escena que casi nunca se ilustra: la señora de Fólkvangr recorriendo el campo después de la batalla. Los gatos del carro no son un adorno doméstico, sino animales de tiro en un paisaje de nieve y hierro

El propio Odín admite, en un poema conservado en un manuscrito islandés del siglo XIII, que solo se queda con la mitad de los guerreros muertos en combate. La otra mitad se la lleva cada día una diosa a la que llevamos doscientos años presentando como la encargada del amor.

Esa diosa es Freyja, la más célebre de las ásynjur y probablemente la divinidad femenina de la que más nombres, atributos, topónimos y objetos conserva la mitología nórdica. La divulgación la ha resuelto casi siempre con una etiqueta cómoda y muy vendible, la Venus del norte. Belleza, deseo, fertilidad, un collar espectacular y un carro tirado por gatos que queda precioso en las ilustraciones victorianas.

El problema de esa etiqueta es que no describe a Freyja: describe nuestra manera de ordenar lo divino en cajones. Amor en uno, guerra en otro, magia en un tercero. En las fuentes escandinavas esos tres cajones no aparecen separados por ninguna parte, y el texto que mejor lo demuestra no es un himno devoto ni un tratado teológico, sino una escena de insultos entre dioses durante un banquete.

¿Quién era Freyja y por qué vivía entre sus enemigos?

Freyja no nació en Asgard. Pertenecía a los vanir, la estirpe divina ligada a la fertilidad y a la riqueza del mar, distinta y anterior a los æsir que gobierna Odín. Era hija de Njörðr, señor de los vientos favorables y de las buenas pesqueras, y hermana de Freyr. Las dos familias divinas libraron una guerra que ninguna de ellas fue capaz de ganar, y la cerraron con un intercambio de rehenes: Njörðr, Freyr y Freyja se quedaron a vivir entre los æsir, y la Ynglinga saga añade el detalle que lo cambia todo, porque fue ella quien introdujo entre sus antiguos enemigos el arte mágico que se practicaba en su tierra [1].

Conviene detenerse en su nombre, que en realidad no es un nombre. Freyja significa «señora», del mismo modo que Freyr significa «señor»; son títulos, no identidades personales, y esa vaguedad ha alimentado durante décadas la sospecha de que detrás de ellos hubo cultos locales muy distintos entre sí que la literatura islandesa terminó unificando en dos figuras [1].

Snorri Sturluson, que escribe ya en el siglo XIII y desde el cristianismo, la presenta en su Edda como la más gloriosa de las diosas. Vive en una morada llamada Fólkvangr, está casada con un tal Óðr que desaparece en viajes larguísimos y a quien ella busca por pueblos desconocidos llorando; las lágrimas que derrama son de oro rojo, y por eso los poetas escaldos podían decir «llanto de Freyja» cuando querían decir simplemente oro. Sus dos hijas se llaman Hnoss y Gersemi, dos palabras que significan «joya» y «tesoro», y ella misma responde a los nombres de Mardöll, Hörn, Gefn y Sýr, adoptados —dice Snorri— durante esa búsqueda interminable del marido ausente [2].

¿Qué es el Brísingamen y qué precio pagó Freyja por él?

El objeto que la identifica ante cualquier lector es el Brísingamen, un collar o torque de oro cuyo nombre puede traducirse como «el aderezo de los Brísingar». Salió de la fragua de cuatro enanos, y aquí conviene recordar que en el imaginario escandinavo los elfos y los enanos ocupan un lugar profundamente ambiguo: son los artesanos a los que el panteón entero debe sus objetos de poder y, a la vez, seres a los que ningún dios trata como iguales.

La versión que todo el mundo repite —que Freyja consiguió el collar pasando una noche con cada uno de los cuatro herreros— procede de un único texto, el Sörla þáttr, compilado en Islandia a finales del siglo XIV, casi cuatro siglos después de la conversión al cristianismo [3]. Bueno, «versión» le queda grande: se trata de un testimonio solitario y muy tardío, escrito por alguien que tenía todos los motivos del mundo para subrayar la lujuria de una diosa pagana.

Lo que sí es antiguo es el propio collar. Un poema escáldico del siglo X, la Húsdrápa de Úlfr Uggason, ya aludía a un combate entre Heimdall y Loki, transformados ambos en focas, por una joya de Freyja frente a una roca marina [2]. La pieza estaba en circulación mucho antes de que nadie escribiera la anécdota de los enanos.

El Þrymskviða, uno de los poemas más divertidos de la Edda poética, ofrece la mejor prueba del carácter de su dueña. Cuando los æsir le proponen tranquilamente entregarla como esposa a un gigante a cambio del martillo robado de Thor, Freyja monta en una cólera tan violenta que las salas de los dioses tiemblan y el Brísingamen salta hecho pedazos de su cuello [4]. Nadie vuelve a sugerirlo.

Pintura romántica en la que Heimdall, de pie sobre rocas junto al mar, devuelve un collar de oro a Freyja rodeada de figuras aladas
El romanticismo escandinavo del siglo XIX rescató a Freyja del olvido y, de paso, la vistió de heroína salonesca: aquí el collar vuelve a su dueña en un ambiente de idilio nórdico que las fuentes medievales no autorizan en ninguna parte. Nils Blommér, Heimdall devuelve el Brísingamen a Freyja, 1846, Malmö Konstmuseum. Imagen vía Wikimedia Commons.

¿Por qué la mitad de los muertos en combate son suyos?

El pasaje decisivo está en el Grímnismál, donde Odín va enumerando las moradas divinas. Al llegar a la novena declara que Fólkvangr («el campo del ejército») pertenece a Freyja, que allí es ella quien decide quién ocupa cada asiento de la sala y que cada día elige la mitad de los caídos, mientras la otra mitad le corresponde a él [4]. La sala que corona ese campo se llama Sessrúmnir, «la de los muchos asientos», un nombre que evoca menos un palacio de banquetes que un barco con sus bancos de remeros alineados.

Las fuentes no explican con qué criterio se hace ese reparto, y la discusión sobre cómo se decidía quién iba al Valhalla sigue abierta entre los filólogos. Lo que sí queda claro es que el Valhalla nunca fue el destino universal del guerrero escandinavo: era una opción entre varias. Quien moría de vejez, de enfermedad o de parto bajaba a otra parte, al inframundo nórdico de Niflheim, donde no había hidromiel ni gloria, solo frío y permanencia.

Britt-Mari Näsström dedicó una monografía entera a defender que la función guerrera de Freyja pertenece al núcleo antiguo de su culto y no a la imaginación de los poetas islandeses del siglo XIII; en su lectura, Freyja es una gran diosa que reúne en una sola persona la fertilidad, la riqueza, la muerte y el combate, como otras divinidades femeninas del ámbito indoeuropeo [5]. Bajo esa lectura, el reparto del Grímnismál deja de ser una excentricidad y se convierte en la punta visible de un culto mucho más amplio del que la literatura islandesa solo conservó fragmentos.

Interior de una sala nórdica con forma de barco invertido donde una mujer de capa roja asigna asientos a filas de guerreros muertos
Sessrúmnir significa literalmente «la de los muchos asientos», y varios estudiosos han propuesto leer la sala como una nave varada en el campo: una imagen coherente con los enterramientos escandinavos en barco

¿Por qué el seiðr deshonraba a un hombre?

El seiðr era una técnica mágica ritual que servía para ver el futuro, alterar el destino, atraer la abundancia o dañar a un enemigo desde lejos. La Ynglinga saga afirma sin rodeos que fue Freyja quien lo enseñó a los æsir, y que el propio Odín lo aprendió de ella [1]. La divinidad más poderosa del panteón masculino debe su recurso más temible a una rehén de guerra.

El mismo texto añade una frase que a mí me parece la más reveladora de todo el corpus nórdico y que casi nunca se cita: a esa magia la acompañaba tanta ergi que a los hombres no les parecía honroso practicarla, y por eso se enseñaba a las sacerdotisas [1]. Ergi es un término jurídico además de un insulto. Acusar a un hombre libre de ser argr —afeminado, pasivo— lo autorizaba a matar al que lo dijera, y las leyes islandesas medievales lo tipificaban entre las injurias más graves que existían.

Aquí es donde entra la Lokasenna. En pleno banquete, Loki le recuerda a Odín delante de todos que golpeó el tambor y practicó el seiðr en la isla de Sámsey igual que una völva, y remata diciendo que eso le pareció propio de un argr. En el mismo poema acusa a Freyja de haberse acostado con todos los æsir y los elfos allí presentes, incluido su propio hermano [4]. La escena funciona porque el público sabía exactamente qué se estaba jugando cada uno.

Y no era solo literatura. La Saga de Eirík el Rojo describe con detalle a Þorbjörg, la völva menor a la que reciben en una granja de Herjolfsnes, en Groenlandia: manto azul cubierto de piedras, zapatos de piel de becerro con grandes botones, un bastón rematado en pomo con incrustaciones y unos guantes forrados de piel blanca y peluda por dentro. Neil Price ha mostrado que ese retrato encaja con un conjunto real de tumbas escandinavas en las que aparecen varas de hierro y ajuares que no corresponden a mujeres corrientes [6]. Los guantes de gato de Þorbjörg y el carro de gatos de la diosa no son coincidencia decorativa.

Ármann Jakobsson ha analizado esta contradicción desde el lado de Odín y ha propuesto que los dioses medievales islandeses se describen deliberadamente como figuras desviadas, patriarcas que hacen justo aquello que la sociedad castigaba en un varón, porque a lo divino se le permite habitar el margen que a lo humano le está prohibido [7]. Esa sospecha hacia el poder mágico femenino no es exclusiva del norte. En el Mediterráneo, Circe, la bruja de la Odisea, terminó reducida a advertencia moral por exactamente los mismos motivos.

Anciana vidente sentada en un asiento elevado dentro de una casa larga, con manto azul con piedras, guantes de piel blanca y un bastón sobre las rodillas
La descripción de Þorbjörg es tan minuciosa que funciona como inventario: quien escribió la saga conocía el atuendo profesional de una vidente, aunque escribiera dos siglos después de que aquello dejara de practicarse abiertamente.

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¿Qué perdemos al llamarla «la Venus nórdica»?

La costumbre de traducir dioses ajenos a nombres propios viene de lejos. Los romanos lo hicieron sistemáticamente con las divinidades germánicas, y los anticuarios europeos del siglo XVIII heredaron el hábito sin examinarlo. Si una diosa tiene que ver con el deseo, es una Venus, y punto. El precio de esa traducción se ve en cuanto uno repasa el inventario de sus atributos.

Freyja viaja en un carro tirado por gatos, posee una capa de plumas de halcón que le permite tomar forma de ave y cruzar los mundos —y que Loki le pide prestada cada vez que necesita salir de un apuro—, y cabalga un jabalí llamado Hildisvíni, cuyo nombre significa literalmente «cerdo de batalla» [8]. Ninguno de los tres es un accesorio de tocador. La capa es un instrumento de metamorfosis de raíz chamánica, el jabalí es una montura de guerra y los gatos arrastran un vehículo que en el Grímnismál circula por un campo lleno de muertos.

La combinación tampoco resulta rara si se mira fuera de Escandinavia. La Morrígan de la mitología celta reúne igualmente la soberanía y el deseo con la carnicería del campo de batalla, y ninguna fuente irlandesa medieval siente la necesidad de justificarlo. La anomalía está en nosotros, en la insistencia con que exigimos a una divinidad femenina que elija departamento. La etiqueta de «Venus nórdica» dice bastante más de la taxonomía de quien la usa que de la diosa a la que pretende describir.

¿Por qué hoy hay una pelea abierta por Freyja?

En agosto de 2016, docenas de organizaciones paganas de tradición nórdica firmaron un documento que llamaron Declaración 127. El nombre remite a la estrofa 127 del Hávamál, aquella que aconseja denunciar el mal allí donde se reconozca y no dar tregua a los enemigos. El texto anunciaba que esas organizaciones rompían todo trato con la Ásatrú Folk Assembly estadounidense por su historial documentado de discriminación por etnia, orientación sexual e identidad de género. Para febrero de 2022 lo habían suscrito 180 grupos de más de veinte países.

La disputa importa porque el conflicto se libra sobre símbolos concretos, y Freyja está en el centro de todos ellos. Los grupos identitarios que se apropian del imaginario vikingo construyen una estética de masculinidad guerrera y étnicamente cerrada. La religión que dicen recuperar sostenía que la magia más poderosa del norte la trajo una extranjera, que se enseñaba a mujeres y que marcaba como argr a cualquier hombre que la practicara. En los círculos neopaganos que han reconstruido el seiðr durante las últimas tres décadas, mayoritariamente liderados por mujeres y por practicantes queer, Freyja es la deidad más invocada.

Mil años después, la diosa que llegó a Asgard como rehén de guerra y terminó enseñando a sus captores el arte que ellos mismos consideraban vergonzoso vuelve a estar en medio de una disputa por quién tiene derecho a nombrarla. Puede que la incomodidad sea su rasgo más duradero, y desde luego no se disuelve por mucho que insistamos en llamarla diosa del amor. ¿Y si la pregunta correcta no fuera qué gobernaba Freyja, sino por qué necesitamos tanto que gobierne una sola cosa?

Preguntas Frecuentes

¿Freyja y Frigg son la misma diosa?

En las fuentes islandesas son dos personajes distintos: Frigg es la esposa de Odín y Freyja la señora de Fólkvangr. Varios filólogos han propuesto que ambas descienden de una única diosa germánica anterior que se habría escindido en dos, pero es una hipótesis, no un dato.

¿El viernes se llama así por Freyja?

Probablemente no. Los nombres germánicos del viernes traducen el latín dies Veneris y remiten al parecer a Frigg, no a Freyja; en las lenguas escandinavas el nombre llegó más tarde por vía del bajo alemán.

¿Existió culto real a Freyja o es literatura tardía?

Existió. Hay topónimos escandinavos formados con su nombre, testimonios sobre sacrificios y un texto tan poco sospechoso de simpatía pagana como la Ynglinga saga, que la presenta como la última de los dioses en seguir recibiendo ofrendas.


Fuentes y referencias bibliográficas

  1. Lindow J. Norse Mythology: A Guide to the Gods, Heroes, Rituals, and Beliefs. Oxford: Oxford University Press; 2001.
  2. Sturluson S. Edda. Faulkes A, traductor. London: Everyman; 1987.
  3. Simek R. Dictionary of Northern Mythology. Hall A, traductora. Cambridge: D.S. Brewer; 1993.
  4. Edda mayor. Lerate L, traductor. Madrid: Alianza Editorial; 2016.
  5. Näsström BM. Freyja — the Great Goddess of the North. Lund: Department of History of Religions, University of Lund; 1995.
  6. Price N. The Viking Way: Magic and Mind in Late Iron Age Scandinavia. 2ª ed. Oxford: Oxbow Books; 2019.
  7. Ármann Jakobsson. Óðinn as mother: The Old Norse deviant patriarch. Arkiv för nordisk filologi. 2011;126:5-16.
  8. Freyja. World History Encyclopedia. 2018 [citado 2026 Jul 24].
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