El verdadero rey Lear: por qué la leyenda original acaba bien y solo Shakespeare la convirtió en tragedia
Durante cuatro siglos y medio la leyenda terminó con el rey restaurado y su hija menor en el trono. Shakespeare mató a Cordelia en 1606, e Inglaterra tardó siglo y medio en aceptar ese final: hasta 1838 se representaba otro.
Un rey viejo reparte su reino entre sus hijas según cuánto le quieran. La pequeña se niega a competir, la deshereda, las mayores lo humillan, y el anciano acaba desnudo bajo una tormenta perdiendo la cabeza. Todo el mundo conoce el final: mueren los dos, padre e hija, y no queda nada.
Ese final lo escribió Shakespeare en 1606. La leyenda tiene cuatro siglos y medio más de historia, y en todas las versiones anteriores el rey recupera el trono, vuelve a reinar y muere en la cama con su hija al lado.
¿Quién era el rey Lear en la leyenda medieval?
La primera versión completa aparece hacia 1136 en la Historia de los reyes de Britania de Geoffrey de Monmouth, el mismo libro que puso en circulación a Arturo y a Merlín. Ahí el personaje se llama Leir, gobierna Britania durante sesenta años y funda sobre el río Soar una ciudad llamada Kaerleir, la actual Leicester. No es un rey mítico sin dirección: la leyenda lo ancla en un sitio que existe [1].
El episodio del reparto está entero desde el principio. Leir pregunta a Gonorilla, Regau y Cordeilla cuánto lo aman; las dos mayores exageran, la pequeña responde que lo quiere como una hija debe querer a su padre, ni más ni menos; el rey se ofende y la casa sin dote con el rey de los francos. Después reparte el reino entre las otras dos, que van recortándole el séquito hasta dejarlo con un solo escudero.
El maltrato posterior está contado con una frialdad administrativa que impresiona más que cualquier grito. Gonorilla y Regau no lo expulsan: le recortan el séquito. Primero le dejan sesenta hombres, luego treinta, luego cinco, después uno solo. Cada recorte va acompañado de un argumento razonable sobre gastos y sobre lo que un anciano necesita de verdad, y cada uno le quita un poco más de capacidad para ser alguien. Un rey sin séquito no es un rey humillado: es un particular. La leyenda entendió hace novecientos años que la forma más eficaz de anular a una persona mayor no es echarla de casa, sino ir retirándole, con muy buenas razones, todo lo que le permitía decidir.
Y aquí la historia medieval se separa de la que conocemos. Leir cruza el mar, se presenta ante su hija menor, ella lo acoge, le devuelve la dignidad y le presta el ejército de su marido. El anciano regresa a Britania, derrota a sus yernos, recupera la corona y reina tres años más hasta morir. Después le sucede Cordeilla, que gobierna cinco años como reina por derecho propio [1].

La raíz celta que hay debajo del nombre
Antes de Geoffrey hay poco texto y muchas conjeturas razonables. El nombre remite al galés Llŷr, una figura del Otro Mundo asociada al mar y padre de Brân y Manawydan en los relatos galeses, y esa raíz es la misma que en Irlanda da Lir, el dios marino cuyos hijos protagonizan la leyenda de los hijos de Lir convertidos en cisnes. Los especialistas discuten hasta qué punto son el mismo personaje o nombres emparentados que evolucionaron por separado, y conviene decirlo sin adornos: no hay pruebas para cerrar el asunto [2].
Lo que sí puede afirmarse es que Geoffrey trabajaba con material tradicional británico y lo insertaba en una cronología de reyes al servicio de un proyecto muy concreto: dotar a la Britania anterior a los sajones de un pasado tan respetable como el de Roma. En ese mismo libro nacen buena parte de las piezas que hoy asociamos a la mitología del rey Arturo, montadas con la misma técnica de crónica ficticia.
La prueba del amor, por su parte, es un cuento tradicional documentado en toda Europa: el padre que pregunta a sus hijas cuánto lo quieren y desprecia a la que responde «como la carne quiere a la sal», hasta que en un banquete sin sal entiende lo que significaba. Ese cuento circula desde mucho antes y sigue vivo en el folclore de media docena de países [3]. Geoffrey le puso a esa historia una corona, una fecha y una ciudad.
¿Por qué Shakespeare decidió matar a Cordelia?
Todas las versiones que Shakespeare pudo leer terminaban razonablemente bien. Las crónicas de Holinshed, que eran su material de trabajo habitual, mantienen la restauración; la Reina de las hadas de Spenser también; y existía además una obra anónima anterior, La verdadera crónica del rey Leir, representada hacia 1590, que remata la historia con el rey recuperando el trono [4].
Shakespeare cambió tres cosas y las tres apuntan en la misma dirección. Injertó una segunda trama —la del conde de Gloucester y sus dos hijos, tomada de la Arcadia de Philip Sidney— para que la traición filial ocurriera dos veces y nadie pudiera pensar que era mala suerte; convirtió la locura del rey en el centro del texto; y mató a Cordelia después de la victoria, cuando el público ya daba por hecho el final feliz, con el cuerpo en brazos del padre y una orden de ejecución revocada demasiado tarde.
Conviene inventariar cuánto de lo que damos por «la historia de Lear» es suyo y no de la leyenda. El bufón que dice verdades no aparece en ninguna crónica: es invención del dramaturgo, y desaparece de la obra a mitad de camino sin explicación. La tormenta tampoco existía. El bastardo Edmund, que hoy es el villano más citado del texto, viene de la trama injertada. Y la ceguera de Gloucester, arrancada en escena delante del público, no tiene precedente en el material británico. La leyenda medieval aportaba el reparto, las tres respuestas y la restauración; todo lo que hace que la obra duela es material añadido en 1606.
Hay además un detalle que suele sorprender: no existe un único texto de la obra. El Cuarto impreso en 1608 y el Folio de 1623 difieren en varios centenares de líneas, con escenas enteras presentes en uno y ausentes en el otro, y la mayoría de los editores modernos considera hoy que se trata de dos versiones distintas, probablemente una revisión del propio autor. La obra más desoladora del teatro inglés ni siquiera nos ha llegado con una forma fija.
El resultado fue tan insoportable que Inglaterra tardó siglo y medio en aceptarlo. En 1681, Nahum Tate reescribió la obra con final feliz: Cordelia vive, se casa con Edgar y Lear vuelve al trono. Esa versión, y no la de Shakespeare, fue la que se representó en los teatros ingleses hasta 1838 [5]. Samuel Johnson, que era cualquier cosa menos sentimental, confesó que la muerte de Cordelia le resultaba tan dolorosa que evitaba releer el final.

Qué cambia exactamente al cambiar el final
La versión medieval y la de Shakespeare cuentan los mismos hechos y significan cosas opuestas. En Geoffrey, el mundo funciona: la injusticia se corrige, el mérito se reconoce, la hija honrada acaba en el trono. El error del rey fue confundir la retórica con la lealtad, y la historia le da tiempo para enmendarlo.
En Shakespeare no hay corrección posible. El personaje entiende su error, lo reconoce ante la persona ofendida, obtiene su perdón y aun así lo pierde todo, porque un mensajero llega tarde. La obra insiste en que el arrepentimiento no compra nada y que la reparación no está garantizada, y por eso el final que a nosotros nos parece «el verdadero» es en realidad la lectura más moderna y más incómoda del material.
Hay una consecuencia curiosa de todo esto para quien lee las dos versiones seguidas. La medieval es más ingenua en su moral y más dura en sus datos: allí Cordelia gobierna, es derrocada por sus sobrinos y muere en la cárcel años después, de modo que la restauración solo aplaza el desastre una generación. La de Shakespeare es más negra en el ánimo y más limpia en la estructura, porque concentra toda la ruina en tres días. Ninguna de las dos ofrece consuelo; simplemente reparten el golpe de manera distinta.
El reparto del poder en vida, mientras tanto, sigue siendo un problema abierto de manual. Los mitos llevan milenios advirtiendo de lo que ocurre cuando un padre y el poder ocupan el mismo sitio: Crono devorando a sus hijos resuelve la amenaza sucesoria eliminando a los sucesores, y le sale exactamente igual de mal. Lear intenta lo contrario, ceder por adelantado, y descubre que un rey que reparte su reino a cambio de declaraciones de cariño ha convertido el afecto en moneda y ya no podrá saber nunca quién lo quiere.
Ahí está lo que hace que el texto siga vivo, y es más doméstico que político. Cualquier notario que haya tramitado una herencia en vida reconoce la escena: el padre que reparte para asegurarse cuidados, los hijos que responden lo que hay que responder, y el que dice la verdad incómoda quedándose fuera del reparto. Lo que la leyenda medieval prometía era que ese error tenía arreglo si uno vivía lo suficiente. Lo que Shakespeare añadió fue la posibilidad de que no. ¿Qué versión te contarías a ti mismo si tuvieras que repartir mañana lo que has construido?
Preguntas Frecuentes
¿Existió el rey Lear en la historia?
No hay ninguna evidencia. Geoffrey de Monmouth lo sitúa en torno al siglo VIII a. C. dentro de una lista de reyes britanos legendaria, elaborada con material tradicional y con bastante invención propia; ningún registro arqueológico o documental lo respalda.
¿Qué le ocurre a Cordelia después de reinar?
En Geoffrey, sus sobrinos Marganus y Cunedagius se rebelan contra ella, la derrotan y la encarcelan, y la reina se quita la vida en prisión. Ese detalle sombrío ya estaba en la crónica medieval, aunque casi ninguna versión posterior lo recoge [6].
Fuentes y referencias bibliográficas
- Geoffrey de Monmouth. Historia de los reyes de Britania. Madrid: Siruela; 2004.
- Mac Cana P. Celtic Mythology. London: Hamlyn; 1970.
- Thompson S. The Folktale. Berkeley: University of California Press; 1977.
- Bullough G. Narrative and Dramatic Sources of Shakespeare, vol. VII. London: Routledge; 1973.
- Muir K. Samuel Harsnett and King Lear. Review of English Studies. 1951;2:11-21.
- King Lear. Folger Shakespeare Library. 2024 [citado 2026 Ago 5].