¿Qué es un yokai? Cómo Japón convirtió sus miedos en un catálogo de monstruos

Antes de ser personajes, los yokai eran presagios: un ruido, una luz, un ahogado. En 1776 un grabador los ordenó en un catálogo, y buena parte de los que dibujó salieron de su imaginación.

Un paraguas de papel con un ojo, un mazo, una sandalia de paja y un laúd con patas desfilan de noche ante un torii bajo la luna
Ilustración IA generada para Mitos y Más. La linterna roja es el único color cálido de la escena y lo único que alumbra el camino: en el desfile de los cien demonios el miedo y la fiesta comparten la misma luz.

Hay un yokai que se cuela por debajo del suelo con el cuello larguísimo para lamer el aceite de las lámparas de quien trabaja de noche. Se llama himamushi-nyūdō, aparece con su historia y todo en la enciclopedia de monstruos japoneses de Shigeru Mizuki, y no es ningún vestigio antiguo: lo inventó el dibujante Toriyama Sekien en el siglo XVIII. De los más de doscientos que reunió en sus catálogos, hay un investigador que calcula que unos ochenta y cinco salieron de su cabeza [1].

Esa anécdota resume lo más raro de los yokai. Cuando buscas «qué es un yokai», casi todas las respuestas te dan una ficha de criaturas: el zorro de nueve colas, el duende del río, la mujer sin rostro. Pocas cuentan que la propia palabra funciona como un cajón en el que se fueron echando cosas distintas durante siglos, y que alguien tuvo que fabricar el cajón. Este artículo va de cómo el miedo a lo inexplicable dejó de ser un presagio para convertirse en un personaje con nombre, lista y merchandising.

¿Qué significa realmente la palabra yokai?

Yokai (妖怪, escrito también yōkai o youkai) es un compuesto de dos caracteres de origen chino. El primero, 妖 (yō), viene a decir «extraño, embrujado, de mal agüero»; el segundo, 怪 (kai), «misterioso, sospechoso». A veces lo verás traducido como «misterios cautivadores», una licencia poética que no ayuda: el sentido de partida es más seco, el de un fenómeno extraño que alguien no sabe explicar.

De ahí sale la primera clave. Un yokai no es solo una criatura, también es el suceso: el ruido en la casa vacía, la luz sobre el pantano, el niño que se ahoga en un río tranquilo. Michael Dylan Foster, uno de los especialistas de referencia, lo define como una amplia gama de criaturas y fenómenos misteriosos que incluye lo que llamaríamos fantasmas, casas encantadas, espíritus, monstruos, demonios y, a veces, hasta deidades [1]. Japón tenía muchas otras palabras para esas cosas, como bakemono o yūrei. Foster señala que solo en las últimas décadas «yokai» se ha vuelto el paraguas de todas [1].

Una nota sobre la grafía, porque es lo que más se teclea mal: se escribe yokai o yōkai (con la o larga), el japonés no distingue singular de plural, y en español se oyen tanto «los yokai» como «los yokais». También verás «jokai» por ahí. Es la misma palabra; aquí usamos la primera forma.

¿De dónde salen los yokai antes de llamarse así?

No hay un origen único, y conviene desconfiar de quien te dé uno. Los yokai son un sedimento: creencias locales, importaciones chinas, doctrina budista y literatura cortesana que se fueron apilando sin que nadie las ordenara. Se distinguen bien tres capas.

La primera es la de los dioses que perdieron el trono. El caso más comentado es el del kappa, el niño-tortuga de los ríos: según la tesis que defendieron los folcloristas Yanagita Kunio y Orikuchi Shinobu, fue antes una divinidad del agua, y su fama de ahogador y ladrón de caballos sería lo que queda de un culto que se vació. Es una hipótesis, aunque encaja con un patrón que se repite en medio mundo y que ya vimos al contar cómo se fabricaron los demonios antiguos: el dios de ayer es el demonio de hoy. Baal, el dios cananeo de las tormentas, es el ejemplo más citado: la tradición cristiana lo volvió el demonio Baal.

La segunda capa llega desde China. El carácter que se lee oni (鬼) se pronunciaba en chino gui y designaba el alma de un difunto. En Japón el término acabó cubriendo tres cosas bien distintas: espíritus malignos o kami dañinos, forasteros y, de vez en cuando, dioses benéficos. Su cara de ogro se fue fijando con los ritos budistas de exorcismo de principio de año (tsuina), que terminaron celebrándose en la víspera de la primavera (el setsubun) tomando prestadas máscaras chinas de cuatro ojos [2].

La tercera capa, la más simpática, es la de los objetos. En el Tsukumogami ki, un relato del periodo Muromachi (siglos XIV a XVI), los utensilios domésticos que llegan a cierta edad, próxima al siglo, reciben un alma y se vengan de quienes los tiraron. La investigadora Noriko Reider sostiene que el texto, además de divertir, servía para predicar doctrina del budismo esotérico shingon a un público amplio apoyándose en una creencia popular que ya existía [3]. Los rollos ilustrados del desfile nocturno de los cien demonios, el hyakki yagyō, suelen pintar a esos cacharros con patas.

Fragmento de un rollo ilustrado japonés con criaturas grotescas que portan un mazo y un paraguas cerrado con un ojo, junto a un bulto naranja y una tela oscura con cara
Fragmento de un rollo de la época Muromachi (siglos XIV a XVI). Aquí el mazo, el paraguas y la paja van de procesión con ojos y garras, y el pintor los trata con un humor que hoy llamaríamos de dibujos animados: la amenaza de los objetos viejos se dibujaba con un guiño. Imagen vía Wikimedia Commons. Archivo: https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/3/3f/Hyakki-Yagyo-Emaki_Tsukumogami_1.jpg

¿Cuándo dejaron de ser un presagio y se volvieron personajes?

La respuesta tiene fecha y nombre, el siglo XVIII y Toriyama Sekien (1712-1788). Para entender lo que hizo hay que mirar antes en qué ambiente lo hizo.

El Japón de Edo vivió una fiebre por el conocimiento ordenado. Bajo la influencia del neoconfucianismo, que valoraba la racionalidad y la «investigación de las cosas», aparecieron las primeras enciclopedias ilustradas: el Kinmōzui (1666), pensado para que lo aprendieran los niños, y el Wakansansaizue (1713), de 105 volúmenes, que metía a algunos seres fantásticos en las mismas categorías que los animales y las plantas reales [1].

Sekien tomó ese formato y lo aplicó a los monstruos. Entre 1776 y 1784 publicó cuatro catálogos, el primero de ellos el Gazu hyakki yagyō, con más de doscientos tipos de yokai. Había imágenes de yokai desde mucho antes, en rollos y relatos, pero era la primera vez que formaban una categoría propia dentro de una enciclopedia ilustrada [1]. Cada uno aparecía separado de su cuento, de su templo o de su leyenda local, con su nombre y a veces unas líneas sobre sus costumbres, como en una guía de aves (la comparación es de Foster).

Lo que lo cambia todo es que el catálogo no solo recogía, también fabricaba. Sekien partía de fuentes chinas y japonesas, jugaba con las palabras al estilo de la poesía cómica kyōka, que entonces era un pasatiempo de moda, y envolvía el resultado en el tono de autoridad de una enciclopedia [1]. Una entrada de enciclopedia no dice «cuentan que»: dice «existe». Ese es el truco que hizo que sus criaturas se quedaran, incluidas las que él mismo se había sacado de la manga.

A mí lo que más me gusta de Sekien es que parece haberlo hecho en broma, o no del todo. Hoy existe una traducción inglesa completa de los cuatro libros [4], y basta hojearla para reconocer figuras que siguen circulando sin que nadie recuerde quién las dibujó primero.

Grabado japonés en el que una mujer con un pergamino invoca a un esqueleto gigantesco que se alza ante un guerrero
Takiyasha, hija del rebelde Taira no Masakado según la leyenda, invoca a un esqueleto gigante ante el guerrero enviado por la corte. Utagawa Kuniyoshi lo pintó hacia 1844, cuando el gusto de Edo por los monstruos ya era un espectáculo de masas y no un asunto de enciclopedistas.

¿Qué tipos de yokai existen y son todos malvados?

Dividirlos en «buenos» y «malos» es lo primero que se intenta y lo primero que falla. Funciona mejor preguntarse qué hacen o dónde viven, y las categorías que salen se solapan sin parar.

Los yokai del agua y la montaña son quizá los más reconocibles. El kappa ahoga, aunque en varias tradiciones locales también concede peces o conocimientos de curandero; el tengu, de rostro rojo y nariz larga, se asocia con la soberbia, como se cuenta en el artículo sobre el tengu en la mitología japonesa. Entre las bestias de la naturaleza está el raiju, la criatura que va con el rayo.

Los cambiaformas son los más imitados: el kitsune (el zorro) y el tanuki (el perro mapache) toman forma humana y engañan, protegen o poseen. Al primero ya le dedicamos un artículo sobre el zorro kitsune, que sirve de ejemplo de lo borrosa que es la frontera: el mismo zorro es mensajero del dios Inari en un templo y amenaza para la familia en la historia de al lado.

Están también los fantasmas, como los yūrei y los onryō, almas que se quedan por una venganza pendiente. Están los de la casa, como el zashiki-warashi, un niño espectral que trae prosperidad y cuya marcha anuncia la ruina de la familia, según el folclore. Y están los tsukumogami, que ya conoces. Un mismo yokai puede encajar en tres cajones a la vez, lo cual no habla mal del sistema de clasificación sino de lo que clasifica.

Grabado en tinta de un kappa entre hojas de loto, con un plato en la cabeza, atribuido a Toriyama Sekien
El kappa que se le atribuye a Sekien. Hoy resulta imposible separar qué rasgos de la criatura vienen del folclore de los ríos y cuáles del catálogo, y ese es el problema que plantea Foster: la ficha acaba sustituyendo al original. Imagen vía Wikimedia Commons. Archivo: https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/8/8a/Kappa_jap_myth.jpg

¿Quién decidió que había que estudiar a los yokai?

A finales del siglo XIX, el filósofo Inoue Enryō (1858-1919), fundador de lo que acabaría siendo la Universidad Tōyō, se propuso lo contrario que Sekien: desmontarlos. Fue el primero en tener un gran impacto público como «doctor Fantasma». Montó una Sociedad de Investigación del Enigma en la Universidad de Tokio, publicó llamamientos en revistas para reunir casos de todo el país y definió el yokai como «todo lo que combina enigma y anormalidad». Su conclusión fue que entre el ochenta y el noventa por ciento de los misterios japoneses eran «asuntos de la mente» [5].

La paradoja es deliciosa: el hombre que quería acabar con los yokai fue quien los convirtió en objeto de estudio serio. Tanto, que un siglo después Mizuki dijo en un programa de televisión que nadie en Japón sabía más de yokai que Enryō [5].

En 1910 llegó Yanagita Kunio con el Tōno monogatari, un libro de relatos que le contó un vecino de Tōno (Iwate) y que suele considerarse el punto de partida del folclorismo japonés. Ahí aparecen ya en su forma canónica el kappa y el zashiki-warashi. Y en el siglo XX llegó Shigeru Mizuki (1922-2015), un dibujante al que de niño le contaba historias una vecina a la que llamaba Nononba, que perdió el brazo izquierdo en un bombardeo durante la guerra en Rabaul y que dibujó GeGeGe no Kitarō. Foster le atribuye un papel principal en el resurgir del interés por los yokai [1]. El título de su libro de 2009 resume todo el recorrido: de Pandemonium, lo inclasificable, a Parade, lo catalogado, descriptible y vendible [6].

¿Siguen apareciendo yokai nuevos?

Sí, y con fecha. En diciembre de 1978 corrió en Gifu el rumor de una mujer de boca rajada que pregunta «¿soy bonita?». La recogió la prensa local en enero de 1979, el semanario Shūkan Asahi en marzo, y en verano había colegios que despedían a los niños en grupo y patrullas de policía por las calles. El rumor se apagó con las vacaciones [7]. Mizuki consideraba a Kuchisake-onna un yokai de pleno derecho, y quienes han estudiado el caso apuntan a una vía de contagio muy concreta: las academias de repaso, donde chicos de barrios distintos se mezclaban [7].

Más sorprendente es el caso de Amabie. En 1846, en la provincia de Higo (hoy Kumamoto), unos pliegos impresos contaron que un ser marino de aspecto de sirena había anunciado seis años de buenas cosechas y después una epidemia, y pedía que lo dibujaran y se lo enseñaran a la gente. Casi dos siglos más tarde, a finales de enero de 2020, un tuit lo relacionó con el coronavirus y a finales de febrero otro lo avivó; el 15 de marzo hubo 46.000 mensajes sobre Amabie en un solo día. El Ministerio de Sanidad japonés acabó usándolo en sus campañas para quedarse en casa [8].

Pliego impreso japonés de 1846 con un ser marino de larga cabellera, pico y cuerpo escamoso entre olas, y un texto manuscrito a su lado
El pliego de 1846 conservado en la Universidad de Kioto. Lo que pide Amabie es que la dibujen y la enseñen, y en 2020 la gente obedeció al pie de la letra: la profecía se cumplió en su forma más literal, la de una imagen que se reproduce. Imagen vía Wikimedia Commons. Archivo: https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/2/25/Higo_Amabie.jpg

Si quitas los colmillos y las patas, un yokai es lo que una comunidad hace con aquello que no puede explicar: le pone un nombre, una cara, unas costumbres, y a partir de ahí se puede conversar con el miedo. Sekien lo hizo con una enciclopedia, Enryō con un laboratorio de psicología, Mizuki con tinta y un gran puñado de cuartillas, Gifu con un rumor de recreo. Ninguna de esas estrategias ha servido para que los yokai desaparezcan. Japón no tiene el monopolio: los dioses oscuros de otras mitologías también empezaron como nombres puestos al miedo, y a la peste de 2020 solo le faltaba una cara. La próxima vez que una noticia o un rumor te ponga el vello de punta, mira quién le está poniendo nombre y pregúntate si lo que crece es el miedo o el catálogo.

Preguntas Frecuentes

¿Yokai y yūrei son lo mismo?

No exactamente. El yūrei es el fantasma de una persona que murió con una cuenta pendiente, como Oiwa. El yokai es el paraguas más amplio, que incluye a los fantasmas pero se usa sobre todo para criaturas y fenómenos que no son difuntos.

¿Cuántos yokai hay?

No hay una cifra cerrada. Sekien catalogó más de doscientos entre 1776 y 1784, y la enciclopedia de Mizuki de 1994 tiene entradas por centenares. Cada época añade los suyos.

Fuentes y referencias bibliográficas

  1. Foster MD. Creating monsters: Toriyama Sekien and the encyclopedic imagination. Minikomi. 2002;(64):7-9.
  2. Oni. Kawamura K. En: Encyclopedia of Shinto. Kokugakuin University [citado 2026 Oct 10].
  3. Reider NT. Animating objects: Tsukumogami ki and the medieval illustration of Shingon truth. Japanese Journal of Religious Studies. 2009;36(2):231-57.
  4. Yoda H, Alt M. Japandemonium Illustrated: The Yokai Encyclopedias of Toriyama Sekien. New York: Dover; 2016.
  5. Challenger Inoue Enryo. Toyo University [citado 2026 Oct 10].
  6. Foster MD. Pandemonium and Parade: Japanese Monsters and the Culture of Yōkai. Berkeley: University of California Press; 2009.
  7. Kuchisake-onna in 1979. yokai.jp [citado 2026 Oct 10].
  8. Furukawa Y, Kansaku R. Amabié: a Japanese symbol of the COVID-19 pandemic. JAMA. 2020;324(6):531-3.
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