La historia de Sigmund

La historia de Sigmund
Los mitos nórdicos cuenta con historias interesantes, como la de los volsungos, una raza de guerreros con varios héroes que sentaron las bases de varias tradiciones posteriores, aquí conocemos la leyenda de Sigmund.

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Los mitos que desarrollaron los pueblos nórdicos nutrieron posteriormente grandes leyendas épicas, en las que diferentes héroes lucharon contra seres monstruosos, estas leyendas fueron recopiladas en varios libros, de los que quizá los más importantes sean la Saga Volsunga y el Cantar de los Nibelungos, estas historias épicas, narran la vida de estos antiguos héroes y su lucha contra diversos problemas, y han servido de inspiración para autores más recientes, así es imposible negar la influencia de estos mitos en el desarrollo del Señor de los Anillos, una de las obras fantásticas más importantes de todos los tiempos, estas leyendas también fueron presentadas por el compositor alemán Richard Wagner en su ciclo de óperas el anillo del Nibelungo, en el episodio anterior conocimos ya la manera en que estas leyendas inician, con el robo del tesoro del enano Andvari por parte de Loki, tesoro que lleva atado a si una terrible maldición, lo que llevó a que Fafnir en su afán por proteger el tesoro se transformara en un monstruoso dragón, en este episodio continuaremos con la historia y sabremos qué pasó con su hermano Regin, que se vio obligado a huir tras la terrible transformación de Fafnir, también conoceremos a Sigfrido y a los Volsungos, una raza de valientes guerreros que fueron traicionados por sus aliados.

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Tras la acostumbrada pausa comercial seguimos con el episodio.

Bienvenidos a Mitos y más un espacio en el que cuentos mitos, leyendas y folclore de todo el mundo, historias desarrollados por diversas culturas en las que dioses, monstruos, héroes y humanos conviven, algunas increíblemente populares que crees conocer, pero cuyos orígenes y trasfondo te sorprendería, otras poco extendidas, que no has escuchado, pero que tiene mucho que decir.

Tras escapar de su hermano, Regin se refugió en el territorio del rey Alf, en este nuevo reino, se dedicó a la herrería, ofició para el que Regin estaba más que calificado, por eso no es de extrañar que este rápidamente se convirtió en el maestro herrero del reino.

Regin en su forja, en una pintura de Artur Rackham.
Regin en su forja, en una pintura de Artur Rackham.

En poco tiempo la fama de la herrería del hábil forastero se extendió por todo el reino de Alf, no solo por la gran calidad de las armas que el maestro herrero fabricaba, sino también por la sabiduría que compartía con quienes llegaban hasta su herrería, era tan sabio que loa pobladores decían que parecía haber reunido sus conocimientos a lo largo de muchos, muchos años, incluso los sabios más destacados del reino llegaron a acercarse a él, solicitándole ayuda en temas complejos debido a su gran conocimiento; y el propio rey buscó su consejo en los más difíciles asuntos de estado.

En la corte del Rey Alf vivía su hijo adoptivo Sigfrido, que a pesar de no ser de su sangre, era muy querido por el rey. El joven era alto y fuerte, de porte intrépido y con la mirada tan aguda que los hombres a menudo se acobardaban ante su apariencia. Su pelo era rojo dorado, y caía en largos mechones sobre sus hombros; y su cuerpo era de una fuerza que igualaba la belleza de su rostro.

Los hombres decían de él que «nunca se desanimaba, y de nada tenía miedo».

Cuando Sigfrido creció, el rey Alf lo envió a la herrería de Regin, para que a más de beneficiarse de la sabiduría del maestro, aprendiera a forjar una espada que pudiera ser portada dignamente por alguien de su nombre y raza, ya que Sigfrido era el último de los Volsungos, una raza de guerreros cuya fama aún estaba fresca en la mente de los hombres.

Al principio, a Sigfrido no le pareció adecuado que un príncipe llevara la tosca ropa de lana y cuero de un herrero, pero pronto aprendió a respetar tanto a su gran maestro, que el lugar adquirió una nueva dignidad ante sus ojos y ya no le irritaba el trabajo duro ni las sencillas comidas que compartía con Regin.

Por la mañana temprano se podía oír el sonido del martillo de Sigfrido mientras trabajaba alegremente en su oficio, y casi se olvidó de que había conocido otra vida que no fuera esta que ahora tenía al lado de Regin.

Cuando el largo día terminaba y se sentaba con su maestro a la luz de la fragua, Regin le contaba maravillosos cuentos de dioses y héroes y especialmente de la raza guerrera de la que surgió Sigfrido.

Muchas veces se sentaron hasta que el último trozo de fuego de la fragua se convirtió en brasas sin vida, y aun así el joven escuchaba con entusiasmo las historias de las valientes acciones realizadas por los Volsungos muertos hace tiempo. La historia que nunca se cansó de oír era la de su propio nacimiento, y así empezaba Regin siempre el cuento:

Había una vez un poderoso rey llamado Volsung, hijo de Rerir, que era el hijo de Sigi, que a su vez era hijo de Odín. Volsung construyó un palacio señorial como los hombres nunca vieron antes ni volverán a ver; porque sus muros brillaban con miles de escudos tomados de sus enemigos en la batalla, y en el centro del palacio había un gran patio en el que crecía un árbol maravilloso. Este árbol era tan alto que se elevaba por encima de los muros del castillo, y sus ramas crecían tan gruesas que se extendían como un techo sobre todo el palacio. El rey llamó a este árbol Branstock, y alrededor de su poderoso tronco los Volsungos se reunieron para festejar y cantar canciones en alabanza de su rey y su raza.

Diez hijos y una hija nacieron del Rey Volsung, y de ellos el gran gobernante se enorgullecía con razón, ya que los jóvenes se esforzaban por superar a sus parientes en fuerza y coraje, mientras que la hija, Signy, era tan famosa por su belleza que los pretendientes venían de muchas tierras lejanas. Había un rey llamado Siggeir, gobernante de los gauta, que cortejaba a la bella Signy con muchos y ricos regalos, que la doncella despreciaba fríamente, ya que desconfiaba de su rostro oscuro y de aspecto malvado.

El rey Volsung, sin embargo, estaba muy impresionado por la riqueza de Siggeir y su aparente generosidad, e instó a su hija a aceptar a este donante de ricos regalos. Durante mucho tiempo Signy se negó a escuchar las palabras de su padre, pero al final cedió y se comprometió con su odiado pretendiente. Entonces se proclamó un gran banquete en todo el reino, y Siggeir dio libremente de su oro. El banquete de bodas se sirvió en el patio bajo las ramas extendidas del poderoso Branstock, y los invitados eran tan numerosos que casi llenaban los salones a rebosar.

Cuando el banquete y la alegría estaban en su punto más alto, de repente apareció en medio de los juerguistas un anciano alto. Tenía un manto azul sobre sus hombros, y su barba era larga y blanca. Solo unos pocos invitados pudieron ver su cara, pero los que lo hicieron afirmaron que solo tenía un ojo. Acercándose rápidamente al maravilloso árbol del Rey Volsung, sacó de debajo de su capa una brillante espada y la clavó con gran fuerza en el tronco del árbol, hasta la empuñadura. Luego, volviéndose a la asombrada compañía, dijo: «El que saque esta espada del árbol la tendrá como un regalo de mi parte, y descubrirá que nunca tuvo en su mano una espada mejor que esta». Y diciendo esto, el anciano salió de la sala, y nadie supo quién era ni adónde iba; pero algunos murmuraron que era el propio Odín el que había estado entre ellos.

Odín se presenta en la fiesta de los Volsungos y clava una espada en el Branstock. La espada genera una disputa entre el rey Siggeir y los Volsungos. Pintura de Emil Doepler.
Odín se presenta en la fiesta de los Volsungos y clava una espada en el Branstock. La espada genera una disputa entre el rey Siggeir y los Volsungos. Pintura de Emil Doepler.

Entonces, uno por uno, los invitados del rey Volsung trataron de sacar la espada, pero, aunque muchos de ellos eran guerreros de brazo fuerte, ni uno solo tenía el poder de aflojarla del árbol. El rey Siggeir fue uno de los últimos en probar su fuerza, y se esforzó hasta que sus ojos casi empezaron a salir de su cabeza. Pero él también falló como los otros, y volvió a su lugar enojado y humillado por su derrota.

Cuando todos los invitados fueron puestos a prueba y nadie desenvainó la espada, cierto señor le dijo al rey Volsung:

— «¿No tienes más hijos?»

— «Todavía hay uno más, pero es un simple muchacho. Sería cruel avergonzarlo ante un reto tan grande». Respondió el rey.

Los guerreros le instaron, sin embargo, a convocar al joven; y aunque ansioso por salvar a su hijo menor, el rey consintió de mala gana en que apareciera Sigmund. El muchacho se paró derecho, fuerte y sin miedo ante la compañía señorial, y preguntó cuál era la voluntad del rey.

Volsung señaló la espada y pidió al joven Sigmund que la sacara. Para asombro de todos, el muchacho se acercó valientemente al Branstock y, agarrando la empuñadura de la espada, la sacó tan fácilmente como si solo hubiera estado guardada en su vaina. Los invitados estaban encantados con esta evidencia del favor de Odín hacia un el joven que ni siquiera había luchado en una guerra aún; y todos elogiaron la buena suerte de Sigmund, todos menos el rey Siggeir, que se sintió celoso del joven desde ese día.

Tanto deseaba tener la espada que demostraba la gracia de Odín, que intento comprar la espada a Sigmund ofreciéndole el triple de su peso en oro, sin embargo el joven respondió:

— «Podrías haber tenido la espada si fuera la voluntad de Odín que la llevaras. Pero ahora será mía, porque Odín me ha elegido a mí, y no dejaré esta espada en tus manos ni aunque me ofrezcas todo el oro que tienes».

La espada enterrada por Odín, fue interpretada como una señal de su favor para con quien pudiera obtenerla.
La espada enterrada por Odín, fue interpretada como una señal de su favor para con quien pudiera obtenerla.

Después de estas palabras burlonas el rey Siggeir se llenó de ira y juró venganza contra Sigmund y todos los Volsungos.

Cuando el banquete de bodas terminó y llegó el momento de que Signy zarpara con su marido a su nuevo hogar, el Rey Siggeir habló con palabras muy amables a Volsung y a sus diez hijos, además de invitarles amistosamente a que lo visitaran en Gotland.

En ese momento Signy dijo a su padre:

—«Te ruego que me pidas no irme con el Rey Siggeir, porque por mi presciencia estoy segura de que este matrimonio no traerá nada bueno».

Pero Volsung respondió:

—«No hables así, hija mía, y vete con tu marido, porque nos avergonzaría mucho desconfiar de él sin motivo. Además, nos pagará muy mal si rompemos su confianza de esta manera».

Así que Signy triste y desconfiada embarcó como su marido, y se alejó de la tierra de los volsungos.

Luego de algún tiempo y como el rey Volsung, había prometido a Siggeir una visita en Gotland, tomó a sus hijos y sus mejores hombres y se embarcó rumbo al reino en el que ahora vivía su hija. Después de algunos días de viaje agradable, alcanzaron el país extranjero, y llegaron a la orilla con la marea de la tarde.

Sin embargo antes de que lograran desembarcar, la reina Signy se acercó en secreto a ellos y les rogó que volvieran inmediatamente a su tierra, ya que Siggeir había jurado matarlos. Las súplicas de la reina fueron en vano, ya que el viejo y orgulloso rey de los volsungos nunca le había dado la espalda a un enemigo, y no le temía a Siggeir y su ejército. Así que Signy regresó al palacio, y el viejo rey con sus seguidores esperó al amanecer. En un momento oportuno dejaron los barcos y buscaron el camino al palacio del rey Siggeir. Parecían un grupo bien vestido que había venido como invitados a un banquete de boda, pero bajo sus mantos cada hombre llevaba una espada, teniendo en cuenta la advertencia de Signy.

Ningún mensajero salió a darles la bienvenida, pero al acercarse al palacio el rey Siggeir se abalanzó sobre ellos con un enorme ejército, lastimosamente ni la valentía, ni la destreza de los volsungos, les hizo posible resistir un ataque tan numeroso. Los héroes lucharon duro, con todo el valor por el que su mítica raza era conocida, derrotando a muchos de sus enemigos, los que se amontonaban a los pies de viejo rey y sus hijos, pero al final, el mismo Volsung fue abatido por un golpe traicionero; y cuando sus seguidores vieron a su líder muerto, perdieron el ánimo para la lucha. Fue entonces que la nutrida tripulación que había llegado a Gotland con el rey fue asesinada por los hombres de Siggeir, y pronto no quedó en el campo de batalla ninguno de los volsungos, excepto los diez hijos del rey. Estos estaban muy heridos, pero vivos, así que fueron atados con cadenas y llevados ante Siggeir para que él determinara por qué tormento debían morir.

Signy llegó a la sala del palacio y rogó piedad por sus vidas al rey; pero Siggeir se rio de sus plegarias y ordenó a sus hombres que mataran a los hijos de Volsung ante los ojos de su hermana.

Antes de que se diera la orden de matarlos, sin embargo, le quitó a Sigmund el codiciado regalo de Odín y, declaró que el joven debía morir por un golpe de su propia espada.

Ante esta nueva perspectiva Signy se arrojó a los pies de su señor y le rogó que concediera a sus hermanos unos días más de vida. Diciéndole que al menos les permitiera recuperarse de sus heridas y que al final de ese tiempo él podría hacer con ellos lo que quisiera, además de que tras ese tiempo ella no suplicaría más y olvidaría para siempre el tema. Para probar que su intención no era liberarlos, sino asegurarse una muerte digna para alguien de su estatus, pidió que los encadenaran a cierto roble caído en el bosque para poder visitarlos sin incurrir en el desagrado del rey. Como todos los volsungos estaban heridos, y algunos de ellos sufriendo mucho, la idea de prolongar su tormento agradó a Siggeir; y aceptó dejar a los hermanos vivir unos días encadenados al roble caído; sin embargo encerró a Signy en el palacio bajo una estricta vigilancia.

A medianoche, una loba, que era la madre de Siggeir que había sido hechizada, salió del corazón del bosque y, atacando a uno de los volsungos, lo devoró y se fue. Cuando la noticia de este terrible desastre llegó a Signy, ella le rogó a Siggeir que pusiera a sus hermanos en prisión; pero el rey solo se rio de nuevo y dejó a los volsungos en el bosque.

Desde ese día cada noche, a medianoche, la loba salía de lo profundo del bosque y devoraba a uno de los hermanos; esto se repitió hasta que todos los hermanos fueron devorados, todos excepto Sigmund.

Al ver que solo uno de sus hermanos estaba vivo, Signy llamó a una sirvienta de confianza, y poniendo un tarro de miel en su mano, le ordenó ir al bosque y untar la cara y las manos de su hermano con el dulce líquido. La sirviente hizo lo que la reina le ordenó; así que esa noche, cuando la loba salió del bosque, olió el dulce olor, y en lugar de lanzarse sobre Sigmund para hacerle pedazos, empezó a lamer la miel de su cara y sus manos.

Parte del líquido había goteado sobre los labios de Sigmund, y cuando la loba le metió su lengua en la boca, el héroe tomó la lengua de la bestia firmemente entre los dientes y la mordió con todas sus fuerzas. En sus frenéticos esfuerzos por liberarse de la mordida torturadora, la loba puso sus pies contra el árbol caído y se tensó tan poderosamente que la cadena que ataba a Sigmund se rompió en dos pedazos y el joven se encontró libre. Entonces agarró a la loba por la garganta y la estranguló con sus propias manos. Dejando el cuerpo de la bestia y sus propias ropas desgarradas junto al roble, entonces huyó adentrándose en el bosque.

Sigmund retiene la lengua de la feroz loba, con lo que finalmente logra liberarse de su atadura.
Sigmund retiene la lengua de la feroz loba, con lo que finalmente logra liberarse de su atadura.

A la mañana siguiente, a pesar del animal muerto, el rey Siggeir pensó que ningún ser humano podría haber sobrevivido al ataque del monstruoso animal, y que el último de los volsungos había muerto de la misma manera que sus hermanos; Signy en cambio tenía el presentimiento que Sigmund había logrado, gracias a su estrategia, escapar.

No pasó mucho tiempo hasta que su fiel sirvienta le dijo que Sigmund estaba vivo y necesitaba de su ayuda; así que cada día enviaba un mensajero al bosque con comida para su hermano, dándole de esta manera la seguridad de que siempre velaría por sus necesidades.

Gracias a la ayuda de Signy, Sigmund construyó una cabaña subterránea en el bosque, y se dedicó a vivir como un hombre salvaje; aprendiendo todo lo que debía conocer de la naturaleza.

Con el paso del tiempo, cuando Siggeir se sentía seguro de que los volsungos ya no eran un problema, este liberó a la reina de su cautiverio, entonces Signy pudo visitar a su hermano en varias ocasiones.

En esas reuniones decidieron que debían tomar venganza por el asesinato de sus parientes, aun así sus planes parecían inútiles, pues ¿cómo podría un joven vencer al ejército de un rey?

Fuentes consultadas: