El toque de Midas: por qué convertimos en símbolo de la codicia a un rey de Frigia que existió de verdad
En la tumba de Gordio no apareció oro: apareció el mayor ajuar de bronce de la Edad del Hierro y los restos de un banquete con cerveza, vino e hidromiel. El metal que hizo famoso a Midas se lo pusimos encima nosotros.
En 1957, un equipo de arqueólogos abrió en el centro de Turquía un túmulo de cincuenta metros de altura y encontró intacta la cámara funeraria de madera más antigua del mundo. Dentro había un hombre de unos sesenta años, ciento cincuenta vasijas de bronce, restos de un banquete y ni una sola pieza de oro. El yacimiento es Gordio, la capital de Frigia, y el difunto es, con toda probabilidad, el padre del rey que la tradición occidental convirtió en sinónimo de codicia.
Ese es el punto de partida incómodo de esta historia. Midas existió, gobernó un reino real, aparece en documentos administrativos de sus enemigos y no dejó tras de sí ningún rastro de oro. Todo lo demás se lo pusimos encima nosotros.
¿Existió el rey Midas en la realidad?
Existió, y lo sabemos por sus adversarios. En los anales del rey asirio Sargón II, hacia finales del siglo VIII a. C., aparece repetidamente un tal Mita del país de Mushki, un soberano de Anatolia occidental que intriga contra el imperio, sostiene revueltas en las ciudades fronterizas y acaba enviando embajadores para pactar. Ese Mita corresponde al Midas frigio de las fuentes griegas [1].
Los propios griegos lo trataban como personaje histórico, no como figura de cuento. Heródoto cuenta que el trono desde el que Midas impartía justicia estaba expuesto en el santuario de Delfos, y lo menciona como una de las primeras ofrendas hechas por un rey no griego a un oráculo griego, en la misma frase en que habla de los regalos de Giges de Lidia [2]. Un mueble concreto, en un sitio concreto, que los visitantes podían ver.
La arqueología completa el retrato. Las excavaciones de Gordio muestran una capital fortificada, con talleres, arquitectura monumental y un comercio activo con el Egeo y con Mesopotamia. Es un reino serio, situado justo en la bisagra entre el mundo griego y el oriental, y esa posición explica bastante mejor su fama de riqueza que cualquier don sobrenatural [1].
El don que mata de hambre
La versión que todos conocemos está fijada por Ovidio en las Metamorfosis, ya en época romana. El anciano Sileno, maestro y compañero de borracheras del dios del vino, se pierde en Frigia; unos campesinos lo encuentran y lo llevan ante el rey, que lo trata durante diez días con una hospitalidad exquisita antes de devolverlo a su señor. Agradecido, Dioniso, dios del vino, le concede al rey un deseo, y el rey pide que todo lo que toque se convierta en oro [3].
La trampa se revela en la mesa. El pan se endurece en metal, el agua baja como líquido y se solidifica en la garganta, la fruta pesa de pronto como una piedra. Midas, en el reino más rico imaginable, se está muriendo de hambre y de sed, exactamente igual que el castigo de Tántalo, que tiene el agua al cuello y la fruta sobre la cabeza y no alcanza ninguna de las dos. Suplica que le retiren el don y el dios le ordena lavarse en el nacimiento del río Pactolo.
Y aquí está la costura que delata para qué servía el cuento. El Pactolo, en Lidia, arrastraba oro aluvial de verdad, y de ese oro salió la fortuna de los reyes lidios, incluido Creso, y probablemente las primeras monedas acuñadas de la historia. La fábula del rey que se lava en sus aguas es, entre otras cosas, una explicación de por qué aquel río en concreto llevaba pepitas: los mitos etiológicos son la manera antigua de contestar preguntas geológicas.

¿Qué había realmente en la tumba de Gordio?
El llamado Túmulo MM se excavó en 1957 y sigue siendo uno de los hallazgos mejor conservados de la Edad del Hierro. La cámara, construida con troncos de enebro y pino, contenía un cuerpo depositado sobre un lecho, muebles con marquetería finísima, cuencos de bronce apilados por decenas y calderos con soportes en forma de sirena. Oro, ninguno.
El análisis químico de los residuos secos de las vasijas dio además una fotografía casi conmovedora del funeral: se sirvió un guiso de cordero o cabra con lentejas y especias, y una bebida mezclada de vino de uva, cerveza de cebada e hidromiel [4]. Es decir, sabemos qué cenaron los frigios el día que enterraron a su rey. La datación sitúa la tumba hacia el 740 a. C., algo temprana para el Midas de los asirios, por lo que hoy se atribuye más bien a su padre.
De aquella ciudad procede además el otro objeto frigio que todo el mundo conoce sin saber de dónde viene. El nudo gordiano ataba el carro que, según la leyenda local, había llevado hasta el trono a Gordias, el padre de Midas, y un oráculo prometía Asia entera a quien lograra desatarlo; Alejandro Magno resolvió el problema con la espada en el 333 a. C. La religión de la zona giraba en torno a Cibeles, la Gran Madre anatolia, cuyos santuarios rupestres siguen excavados en la roca del altiplano. Frigia no era, en resumen, un decorado exótico: era una cultura con su propia teología, su música y su idea del poder [1].
El contraste entre ese ajuar de bronce y comida y la leyenda del hombre que convertía en oro hasta a su propia hija dice mucho sobre cómo funciona la fama. Frigia era rica en metal, en madera y en tejidos, y estaba en la ruta que unía Oriente con el Egeo; a los griegos, que empezaban a organizar su comercio, esa prosperidad extranjera les resultaba fascinante y sospechosa a partes iguales. El monarca real se convirtió en la mascota de una idea que no era suya.
Las orejas de asno y el agujero en el suelo
Hay una segunda historia de Midas, menos citada y mucho más afilada. En un certamen musical entre Apolo, con su lira, y Pan, con su flauta rústica, el jurado da la victoria al dios olímpico. Midas, que estaba presente, declara en voz alta que a él le ha gustado más el otro. Apolo no discute el criterio: le alarga las orejas hasta convertirlas en orejas de asno, por si acaso oye mejor con ellas [3].
El rey se cubre la cabeza con un gorro y esconde el defecto durante años, pero su barbero lo descubre. Incapaz de callarse y aterrado ante la idea de hablar, el barbero cava un hoyo en la tierra, susurra dentro «el rey Midas tiene orejas de asno» y lo tapa. En aquel sitio crecen cañas, y cuando el viento las mueve, las cañas repiten la frase a todo el valle.
Es difícil encontrar en la Antigüedad una parábola más exacta sobre los secretos. La información que alguien se ha comprometido a guardar sigue existiendo, y no necesita un traidor para salir: le basta con un cañaveral y algo de viento. El detalle de que el castigo llegue por dar una opinión estética divergente completa el retrato, porque el pecado de Midas no es la ignorancia sino la discrepancia pública con quien tiene poder.

¿Por qué seguimos diciendo «tiene el toque de Midas»?
La expresión sobrevive porque describe algo que sigue ocurriendo, aunque casi siempre la usamos al revés. Cuando decimos que alguien tiene el toque de Midas queremos elogiarlo: todo lo que emprende le sale rentable. En el mito, esa capacidad es precisamente la desgracia. El problema del rey no es tener oro, es que ha perdido la posibilidad de que las cosas sigan siendo lo que son.
Ahí está la parte que envejece bien. El don convierte cualquier objeto en la misma sustancia, y una sustancia sirve para comprar pero no para cenar. Cuando una afición se convierte en un canal con ingresos, cuando una amistad se convierte en una red de contactos y una comida familiar en contenido, el mecanismo es idéntico: lo que se tocaba tenía un valor propio y ahora tiene un precio, que es una forma de valor mucho más pobre y mucho más fácil de comparar. La codicia del cuento no consiste en querer mucho, sino en tener una sola manera de medir.
Otras culturas contaron su versión con distinto acento. En los Andes, el mito de El Dorado nace de un rito muisca real —un cacique cubierto de polvo de oro que se sumergía en la laguna de Guatavita— y termina con expediciones europeas que se dejan la vida buscando una ciudad que nunca existió; allí el oro también mata, pero mata al que lo persigue, no al que lo posee. La lección griega es más doméstica y más incómoda, porque no habla de conquistadores sino de un señor sentado a la mesa de su casa.
Del Midas histórico, mientras tanto, apenas queda nada en la memoria común. Un rey que negoció con Asiria, que mandó su trono a el oráculo de Delfos y al que sus súbditos enterraron con un guiso de lentejas y cerveza acabó reducido a una metáfora sobre la avaricia. Puestos a elegir cómo ser recordado, no sé si preferiría el olvido: al menos el olvido no te atribuye una moraleja que no es tuya. ¿Qué historia contarán de ti los que solo conozcan tu titular?
Preguntas Frecuentes
¿Midas convirtió a su hija en oro?
No en las fuentes antiguas. Ovidio no menciona ninguna hija: el episodio lo añade Nathaniel Hawthorne en un libro de mitos para niños de 1852, y de ahí pasó al cine y a los cuentos ilustrados hasta parecer parte del mito original.
¿Se puede visitar la tumba de Gordio?
Sí. El yacimiento está cerca de Yassıhüyük, a unos noventa kilómetros de Ankara, y la cámara funeraria del Túmulo MM es accesible mediante un túnel. Los objetos se conservan en el museo del sitio y en el Museo de las Civilizaciones Anatolias [5].
Fuentes y referencias bibliográficas
- Roller LE. The Legend of Midas. Classical Antiquity. 1983;2:299-313.
- Heródoto. Historia, libro I. Madrid: Gredos; 1992.
- Ovidio. Metamorfosis, libro XI. Madrid: Gredos; 2008.
- McGovern PE. Ancient Wine: The Search for the Origins of Viniculture. Princeton: Princeton University Press; 2003.
- The Gordion Archaeological Project. Penn Museum, University of Pennsylvania. 2024 [citado 2026 Ago 5].