Los Djang'kawu y el robo del poder sagrado: El mito de creación aborigen australiano
En el Tiempo del Sueño, dos hermanas y un hermano crearon la Tierra de Arnhem. Descubre el épico mito aborigen de los Djang'kawu y por qué el poder mágico original de las mujeres fue robado por los hombres.
¿Qué pasaría si descubriéramos que el poder religioso y creativo más sagrado del mundo no fue entregado a los hombres por los dioses, sino que originalmente pertenecía a las mujeres y fue robado mientras dormían? En el corazón del desierto y las costas del norte de Australia, la cultura viva más antigua de la humanidad guarda una respuesta fascinante a esta pregunta. Se trata de la historia de los Djang'kawu, un mito de creación que desafía nuestras nociones occidentales sobre el género, el poder y la relación íntima entre el ser humano y el paisaje.
Para el pueblo Yolngu de la Tierra de Arnhem, el paisaje no es simplemente un telón de fondo inerte donde ocurren los eventos humanos. La tierra está viva, saturada de la energía de los seres ancestrales que la moldearon durante el Tiempo del Sueño (o Dreamtime). Y entre todos estos seres creadores, pocos tienen la magnitud, la profundidad y el impacto cultural del hermano y las dos hermanas Djang'kawu.
A diferencia de los dioses celestiales distantes de otras tradiciones, los Djang'kawu caminaron físicamente por el continente más seco y plano del planeta, transformando un desierto implacable en un hogar habitable. Su historia, codificada en un épico ciclo de canciones de 188 cantos, no solo narra cómo se formaron los manantiales y los animales, sino que encierra una profunda reflexión sociopolítica sobre quién controla la magia, la fertilidad y la ley ceremonial.
El viaje desde Burralku y la creación de la Tierra de Arnhem
El relato de los Djang'kawu comienza en el mar. Según la tradición, el hermano Djang'kawu y sus dos hermanas, Bitjiwurrurru y Madalatj, zarparon desde la mítica isla oriental de Burralku. Viajaban en una canoa a través de la oscuridad primordial, guiados únicamente por la luz de la Estrella de la Mañana [1].
Cuando finalmente alcanzaron las costas de Yalangbara (Port Bradshaw, en el Territorio del Norte), el sol salió por primera vez, iluminando el mundo y calentando sus pieles. Este momento de llegada marca el nacimiento del mundo tal como lo conocen los clanes de la mitad (o moiety) Dhuwa. Al pisar tierra firme, los hermanos comenzaron a cantar, celebrando la luz del sol y el inicio de su monumental tarea creadora.
Las hermanas Djang'kawu no viajaban con las manos vacías. Eran las custodias originales de la ley ceremonial y llevaban consigo objetos de inmenso poder: tocados de plumas, esteras tejidas de forma cónica (nganmarra) y, lo más importante, unos palos de excavar sagrados conocidos como rangga o mawalan [2].
A medida que caminaban por el árido paisaje australiano, las hermanas hundían sus palos de excavar en la tierra. Cada vez que la punta del rangga perforaba el suelo, brotaba un manantial de agua dulce. Alrededor de estos manantiales, las hermanas creaban árboles, vegetación y animales. Esta conexión intrínseca entre el agua y el origen de la vida resuena con fuerza si observamos el simbolismo del agua sagrada en las mitologías del mundo, donde los manantiales no son solo recursos físicos, sino portales espirituales hacia lo divino.

La fertilidad inagotable y el origen de los clanes
El poder de las hermanas no se limitaba a la geografía; ellas eran la fuente literal de la humanidad. En la mitología aborigen australiana, los Djang'kawu son los progenitores directos de la gente. Las hermanas, descritas a menudo como perpetuamente embarazadas, daban a luz a los primeros niños que poblarían los diferentes territorios de la Tierra de Arnhem.
En Yalangbara, en lo alto de las dunas de arena, Bitjiwurrurru dio a luz al clan Rirratjingu, otorgándoles su idioma específico y la propiedad inalienable de esa tierra [1]. A medida que los tres hermanos continuaban su viaje hacia el oeste, hacia el lado de la puesta del sol, seguían pariendo nuevos clanes, asignándoles territorios, tótems y dialectos. Este acto de dar a luz y nombrar estableció la compleja red de parentesco y propiedad territorial que aún rige la sociedad Yolngu contemporánea.
Las hermanas Djang'kawu encarnan el arquetipo primordial de la fertilidad. A diferencia de las figuras pasivas que a veces encontramos en Occidente, ellas eran creadoras activas y soberanas, un rasgo que nos recuerda a las diosas madre en las mitologías del mundo, donde lo femenino es la fuerza motriz indetenible que estructura el universo desde el caos.
El robo del poder sagrado: Un giro político en el mito
Sin embargo, el ciclo de los Djang'kawu contiene un evento dramático que cambia para siempre el equilibrio de poder entre hombres y mujeres. Originalmente, las hermanas poseían tanto los órganos sexuales masculinos como los femeninos (o, en algunas versiones, su hermano alteró sus cuerpos para que fueran exclusivamente femeninos), pero lo más crucial es que ellas eran las dueñas exclusivas de los objetos sagrados y de la ley ceremonial [3].
Un día, exhaustas tras su incesante labor de creación y parto, las hermanas dejaron sus canastas cónicas (nganmarra) en el campamento y se adentraron en los manglares para recolectar mariscos. Aprovechando que estaban lejos y distraídas, el hermano Djang'kawu y sus compañeros hombres se acercaron sigilosamente al campamento y robaron las canastas que contenían los rangga y los emblemas de plumas.
Cuando las hermanas regresaron y descubrieron el robo, escucharon a los hombres cantando las canciones sagradas y golpeando los bastones a lo lejos. En lugar de luchar para recuperarlos, las hermanas tomaron una decisión trascendental. Aceptaron que, a partir de ese momento, los hombres serían los custodios de los rituales y los objetos sagrados, mientras que ellas retendrían el poder supremo: la capacidad de dar vida [4].
Como cantan las hermanas en el mito: "Los hombres pueden hacer las ceremonias ahora, pero nosotras tenemos el verdadero poder. Nosotras creamos a la gente. Nosotras creamos la tierra".

El significado profundo: Género, magia y sociedad
Este episodio del robo no es un simple cuento moral, sino la justificación fundacional de la estructura social y religiosa del pueblo Yolngu. Explica por qué, en la práctica histórica, son los hombres quienes dirigen las ceremonias secretas (como el ritual Ngarra) y custodian los objetos sagrados, a pesar de que el mito reconoce explícitamente que la fuente original de todo el poder mágico y espiritual proviene de las mujeres.
Esta dualidad es fascinante. A diferencia de las religiones patriarcales que a menudo borran a la mujer de la creación divina, el mito de los Djang'kawu mantiene la primacía femenina intacta. Los hombres tienen el control ritual *porque lo robaron*, no porque les fuera otorgado por derecho divino. Es un reconocimiento de que el poder político y ceremonial masculino es, en cierto sentido, una compensación por su incapacidad biológica para dar a luz.
Este equilibrio de poderes, donde la autoridad institucional masculina se sostiene sobre un sustrato de poder mágico y biológico femenino, tiene ecos en otras culturas complejas. Podemos observar dinámicas similares al analizar el formidable poder femenino en el panteón mexica, donde las diosas de la tierra y la fertilidad poseían una fuerza destructiva y creadora que los sacerdotes varones debían apaciguar constantemente.
El ciclo de canciones Djanggawul: La memoria viva de la tierra
Hoy en día, la historia de los Djang'kawu no es una reliquia del pasado, sino un documento legal, espiritual y geográfico vivo. El ciclo de canciones Djanggawul, documentado exhaustivamente por antropólogos como Ronald Berndt en la década de 1950, funciona como un mapa oral del territorio [3].
Cada clan conoce solo la parte del ciclo de canciones que corresponde a su territorio específico. Durante las grandes reuniones ceremoniales, los clanes se juntan para intercambiar y unir sus cantos, recreando así el viaje completo de los Ancestros. Esta práctica no solo mantiene viva la memoria de la creación, sino que reafirma los lazos de parentesco y las fronteras territoriales. Las canciones detallan con precisión topográfica dónde están los manantiales, qué animales habitan cada zona y cómo se formaron las rocas y las dunas.
Como vimos en nuestro breve repaso de la mitología aborigen australiana, el Tiempo del Sueño no es una era histórica que terminó, sino una dimensión paralela que coexiste con el presente. Cuando los ancianos Yolngu cantan las canciones de los Djang'kawu, no están recordando un mito antiguo; están invocando la presencia activa de los creadores, asegurando que el agua siga fluyendo, que los animales sigan reproduciéndose y que la tierra siga viva.
El mito de los Djang'kawu nos invita a mirar el mundo natural con un profundo respeto reverencial. Nos recuerda que el paisaje que habitamos no es nuestro para explotarlo, sino un legado sagrado forjado por seres ancestrales. Y, quizás lo más subversivo de todo, nos susurra desde la antigüedad que el verdadero poder, el poder de crear vida y sostener el mundo, siempre ha residido en las manos de las mujeres.
Referencias
1. National Museum of Australia. (n.d.). The Djang'kawu ancestors - Yalangbara. Recuperado de la exposición Yalangbara.
2. Isaacs, J. (1980). Australian Dreaming: 40,000 Years of Aboriginal History. Lansdowne Press.
3. Berndt, R. M. (1952). Djanggawul: An Aboriginal Religious Cult of North-Eastern Arnhem Land. Routledge & Kegan Paul.
4. Narogin, M. (1997). The Indigenous Literature of Australia: Milli Milli Wangka. Hyland House.
5. Simpson, M (2022).Djanggawul song cycle. EBSCO Research Starters.