Querubines: qué significan y por qué no son bebés con alas

Los llamamos querubines y los pintamos como bebés regordetes, pero la Biblia los describe como guardianes de cuatro caras y alas llenas de ojos. Esta es su historia real.

Querubines: qué significan y por qué no son bebés con alas
Photo by Boston Public Library / Unsplash

Si un querubín tal como lo describe la Biblia apareciera esta noche en tu salón, no lo abrazarías: saldrías corriendo. Cuatro caras —de hombre, de león, de toro y de águila—, alas cubiertas de ojos y un fulgor de bronce al rojo. Nada que ver con el bebé regordete y sonrosado que ponemos en las tarjetas de San Valentín.

Esa distancia entre lo que un querubín era y lo que creemos que es resume una de las operaciones más curiosas de la historia cultural: cómo un centinela aterrador acabó convertido en un símbolo de ternura. Para entender qué significan de verdad los querubines hay que deshacer varios siglos de dulcificación y volver al principio, cuando su sola presencia bastaba para custodiar la frontera entre lo humano y lo divino. Vale la pena el viaje, porque la versión original es mucho más interesante que la de las tarjetas.

Tetramorfo: representación de una criatura con cuatro rostros —hombre, león, toro y águila— en un fresco del monasterio de Meteora.
El tetramorfo de un monasterio de Meteora reúne los cuatro rostros del querubín de Ezequiel: la imagen que precedió al bebé alado.

¿Qué significan los querubines? El guardián mesopotámico

La palabra delata su origen. Querubín procede del acadio karibu, "el que intercede" o "el que bendice", el nombre que en Mesopotamia recibían los espíritus guardianes [1]. Mucho antes de la Biblia, esos guardianes eran los lamassu: colosos de piedra con cuerpo de toro o de león, alas de águila y cabeza humana barbada, plantados a las puertas de los palacios asirios para cerrarles el paso a las fuerzas del mal [2]. Un querubín, en su primera acepción, no era un ángel bonito: era un portero sobrenatural con cara de pocos amigos.

Su forma híbrida no era capricho. Cada animal aportaba un poder —la fuerza del toro, la realeza del león, la altura del águila, la inteligencia del hombre—, del mismo modo que otras criaturas compuestas del bestiario, como la mantícora, condensaban en un solo cuerpo varios miedos y virtudes. Los lamassu que hoy se conservan en los museos, procedentes de palacios como los de Nínive o Nimrud, tienen incluso cinco patas: de frente parecen firmes y quietos; de perfil, avanzando. Eran umbrales con forma de animal, la primera línea de defensa de un rey contra lo invisible.

Cuando la tradición hebrea heredó a estos centinelas mesopotámicos, hizo con ellos lo que ya había hecho con otras figuras de la región —absorbió y reescribió, igual que ocurrió con Lilith, la primera mujer de Adán—: los ascendió de guardianes de palacio a servidores directos de Dios. Y les dio un puesto insólito. En varios pasajes, Yahvé aparece descrito como "el que se sienta sobre los querubines" [1]: ya no son solo porteros, sino el trono viviente de la divinidad, las criaturas sobre cuyas alas se posa la presencia de Dios. Pocos ascensos hay tan vertiginosos en toda la mitología: de la puerta de un palacio babilónico al mismísimo asiento del cielo.

¿Cómo son los querubines según la Biblia?

Aquí llega la sorpresa que casi nadie espera. El profeta Ezequiel, en el capítulo primero de su libro, describe a los querubines como criaturas de cuatro rostros —humano, león, toro y águila—, cuatro alas, pies como de becerro y un cuerpo que refulge como bronce bruñido; a su lado giran ruedas altísimas cubiertas de ojos [3]. No hay ternura por ningún lado: hay una máquina viviente, sobrecogedora, hecha para inspirar temor reverencial.

Esa visión de Ezequiel tiene nombre: la merkabah, el carro-trono de Dios, uno de los pasajes más comentados y enigmáticos de toda la Biblia. Las ruedas que acompañan a los querubines —los ophanim, "rueda dentro de rueda", con el borde lleno de ojos— se movían con ellos sin girar, como si el trono divino pudiera desplazarse en cualquier dirección sin darse la vuelta. Por si quedaba duda de quiénes eran, en el capítulo décimo el propio profeta se detiene a aclararlo: aquellas criaturas del primer capítulo "eran querubines" [3]. La imagen es deliberadamente inhumana, hecha para que el lector sienta lo que se siente ante lo sagrado: no ternura, sino vértigo.

El otro gran retrato bíblico es el del Génesis: tras expulsar a Adán y Eva, Dios coloca a los querubines con una espada flamígera para custodiar el camino de vuelta al árbol de la vida, en la entrada del jardín del Edén [3]. Y en el Éxodo, dos querubines de oro se enfrentan sobre el Arca de la Alianza, extendiendo las alas sobre el propósito más sagrado de Israel [3]. Siglos después, Salomón llenaría el templo de Jerusalén de querubines tallados y dos colosos de madera dorada de casi cinco metros vigilarían el sanctasanctórum. Guardianes de un umbral, siempre: la puerta del paraíso, la tapa del arca, el corazón del templo. Los estudiosos coinciden en que este querubín de cuatro caras es el primo israelita del lamassu asirio, el mismo centinela con distinto uniforme [4].

Grabado medieval de un querubín cubierto de alas y ojos, procedente de la Patrologia de Migne.
Un grabado medieval conserva al querubín "correcto": todo alas y ojos, más cerca del monstruo de Ezequiel que del angelito moderno.

¿Por qué asociamos a los querubines con el amor?

Si buscas el significado del querubín en el amor, te toparás con corazones, parejas y bebés alados disparando flechas. Nada de eso viene del querubín bíblico: viene de una confusión afortunada. En el Renacimiento, los pintores empezaron a poblar sus cuadros de putti, niños desnudos y regordetes con alitas que simbolizaban el amor y la inocencia, herederos directos del Cupido romano [5]. Como también tenían alas y flotaban entre nubes, el lenguaje popular los fundió con los querubines, y el nombre del guardián terrible quedó pegado al angelito del amor.

El linaje del bebé alado es, en realidad, pagano. Viene de Eros, el dios griego del deseo, que Roma rebautizó como Cupido y que el arte fue rejuveneciendo hasta dejarlo en un niño travieso con arco. Cuando la Europa cristiana llenó sus iglesias de putti, ese Cupido bautizado se coló entre los ángeles sin pedir permiso. Y en el siglo XIX, con la moda de las tarjetas de San Valentín, la industria del romance lo consagró definitivamente: el guardián de cuatro caras de la Biblia y el amorcillo que dispara flechas quedaron fundidos para siempre en la imaginación popular.

Así que el "querubín" de las tarjetas es, en rigor, un Cupido disfrazado. La criatura de Ezequiel y el bebé que adorna una caja de bombones comparten nombre por accidente, no por historia. Es uno de esos malentendidos que se repiten tanto que terminan pareciendo verdad, hasta el punto de que hoy la imagen falsa ha sepultado por completo a la verdadera.

Putto renacentista: un bebé alado y regordete, el tipo de figura que hoy llamamos erróneamente querubín.
El putto renacentista, heredero de Cupido, es la imagen que hoy confundimos con el querubín. (Foto: Europeana / Unsplash).

La domesticación de lo terrible

Lo que le pasó al querubín no es un caso aislado, y por eso el mito sigue vivo. Tomamos a un centinela de ojos innumerables, capaz de custodiar la puerta del paraíso con una espada de fuego, y lo convertimos en un adorno de guardería. Rebajamos lo sobrecogedor hasta volverlo adorable, porque lo adorable no exige nada de nosotros: no impone respeto, no da miedo, se puede comprar. La ternura, en el fondo, es una forma de control: lo que nos enternece deja de inquietarnos, y lo que no nos inquieta deja de vigilarse.

Es un gesto muy humano y muy actual. Vivimos rodeados de cosas poderosas y opacas —aplicaciones que lo saben todo de nosotros, tecnologías que vigilan, sistemas que deciden— y las presentamos con caritas sonrientes, formas redondeadas y mascotas simpáticas, precisamente para que bajemos la guardia ante ellas. Es la misma alquimia que suavizó al querubín, en dirección contraria a la que convirtió a los dioses antiguos en demonios: unas veces endulzamos lo temible, otras demonizamos lo que ya no adoramos, pero siempre reescribimos lo sagrado para que quepa en nuestra época.

Los antiguos no habrían entendido nuestro empeño en volverlo todo adorable: para ellos, que algo protegiera y diera miedo a la vez no era una contradicción, sino casi la definición de lo sagrado. Por eso el querubín resulta más interesante en su versión monstruosa que en la dulce: nos recuerda que hubo un tiempo en que lo que custodiaba también imponía, y que perderle el respeto a un guardián tiene un precio. La pregunta que deja es incómoda: ¿cuántas de las figuras que hoy nos parecen inofensivas empezaron siendo guardianes a los que convenía temer?

Preguntas frecuentes sobre los querubines

¿Cuántas alas tienen los querubines?

Según Ezequiel, cada querubín tiene cuatro alas. No hay que confundirlos con los serafines de Isaías, que tienen seis. El bebé alado del arte popular, con solo un par de alitas, no responde a ninguna descripción bíblica.

¿Un querubín es lo mismo que un ángel cualquiera?

No exactamente. En la jerarquía angélica cristiana tradicional, los querubines forman uno de los coros más altos, justo por debajo de los serafines. Son un tipo muy concreto de ángel, no un ángel genérico.

¿Cuál es la diferencia entre querubín y serafín?

El serafín (de Isaías 6) tiene seis alas y se asocia al fuego y a la adoración; el querubín (de Ezequiel y el Génesis) tiene cuatro rostros y cumple funciones de guardián. Son órdenes angélicas distintas.


Fuentes y referencias bibliográficas

  1. de Vaux R. Instituciones del Antiguo Testamento. Barcelona: Herder; 1985.
  2. Cherub. World History Encyclopedia. [citado 2026 Jul 15].
  3. La Biblia de Jerusalén. Bilbao: Desclée de Brouwer; 2009.
  4. Wood A. Of Wings and Wheels: A Synthetic Study of the Biblical Cherubim. Berlin: De Gruyter; 2008.
  5. Eichler R. Cherub: A History of Interpretation. Biblica. 2015;96(1):26-38.
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