De Humbaba al Amazonas: Una Historia de Ecocidio y Deforestación en los Mitos
¿Cómo es posible que una epopeya de 400 años de antigüedad nos de claves de la destrucción ecológica actual?
Hay un bosque en el Líbano que lleva siendo talado cuatro mil años. No de forma continua, pero sí de forma sistemática. Primero los mesopotámicos. Luego los egipcios, que usaron su madera para construir barcos. Los fenicios, para sus flotas comerciales. Los romanos, para sus templos. Los otomanos, para las traviesas del ferrocarril de Hiyaz. Y hoy, el cambio climático y la deforestación ilegal están terminando el trabajo.
Lo que queda del Bosque de Cedros del Líbano son unos pocos bosquecillos dispersos, algunos de ellos protegidos como patrimonio de la UNESCO. Una fracción ínfima de lo que fue.
Y el primer texto literario de la humanidad ya lo advertía.

El guardián que nadie debería haber matado
En la Epopeya de Gilgamesh, el Bosque de Cedros no es un lugar cualquiera. Es un lugar sagrado, custodiado por Humbaba, un ser monstruoso puesto allí por el dios Enlil, el señor de la tierra, para protegerlo. La epopeya describe el bosque con una reverencia que roza lo religioso: un lugar de una belleza y un poder abrumadores, donde los cedros se alzan hasta el cielo y el suelo está cubierto de sombra.
Gilgamesh y Enkidu van allí a buscar gloria. Matan a Humbaba. Talan los cedros. Y la epopeya no lo presenta como un triunfo sin consecuencias. La muerte de Humbaba desencadena la ira de los dioses. La tala del bosque es uno de los actos de hubris que llevan a la muerte de Enkidu y al colapso del mundo de Gilgamesh.
El mensaje no podría ser más claro: hay cosas que no deberían talarse. Y si las talas, hay consecuencias.
El ecocidio más antiguo documentado
El historiador ambiental J. Donald Hughes, en su estudio sobre la degradación ecológica en el mundo antiguo, señala que la deforestación del Líbano y Siria es uno de los primeros ejemplos documentados de degradación ambiental a escala regional causada por actividad humana. Las tablillas mesopotámicas registran expediciones para obtener madera de cedro desde al menos el tercer milenio antes de Cristo.
Lo que hace extraordinaria la Epopeya de Gilgamesh no es que registre este ecocidio, sino que lo narre con una conciencia de sus consecuencias. No es un texto de contabilidad que registra cuántos cedros se talaron. Es una historia que pregunta si debería haberse hecho.
Enkidu, el hombre que nació en la naturaleza y fue "civilizado", es el personaje que mejor encarna esta ambivalencia. Es él quien guía a Gilgamesh al bosque. Es él quien convence a Gilgamesh de matar a Humbaba cuando el monstruo suplica por su vida. Y es él quien muere primero como consecuencia de los actos cometidos en el bosque. La epopeya sugiere que quien traiciona a la naturaleza es destruido por esa traición, aunque sea el último en saberlo.

El patrón que se repite
El Bosque de Cedros no es el único bosque sagrado que aparece en la mitología mundial como víctima de la ambición humana. En la mitología griega, los bosques de Dodona eran sagrados para Zeus, y su tala era un sacrilegio. En la tradición celta, los druidas consideraban los bosques de robles como espacios sagrados cuya destrucción era un crimen cosmológico. En la mitología japonesa, los bosques de las montañas son habitados por kami, espíritus que protegen el equilibrio natural.
La idea de que los bosques tienen guardianes, y que talarlos tiene consecuencias, es una constante transcultural que aparece en prácticamente todas las tradiciones mitológicas del mundo. No es una coincidencia. Es el registro de una experiencia histórica repetida: las civilizaciones que destruyeron sus bosques sufrieron consecuencias.
Del Líbano al Amazonas
La historia del Bosque de Cedros tiene un paralelo contemporáneo tan obvio que resulta casi doloroso de señalar. El Amazonas es el Bosque de Cedros de nuestro tiempo. Un ecosistema de una complejidad y una belleza abrumadoras, custodiado por comunidades indígenas que llevan milenios siendo los Humbaba de este bosque: guardianes que el mundo "civilizado" mata para poder talar los árboles.
La diferencia de escala es astronómica. Los mesopotámicos talaron un bosque regional. Nosotros estamos talando el pulmón del planeta. Pero la lógica es la misma: la gloria a corto plazo (la madera, la soja, el ganado) frente a las consecuencias a largo plazo (la desestabilización del ciclo del agua, la pérdida de biodiversidad, la aceleración del cambio climático). Como señala el artículo sobre Ragnarök y la crisis climática, las culturas antiguas tenían una comprensión intuitiva de que los sistemas naturales tienen límites, y que cruzarlos tiene consecuencias catastróficas.

Lo que Humbaba sabía
Hay una escena en la epopeya que merece más atención de la que suele recibir. Cuando Gilgamesh y Enkidu derrotan a Humbaba, el guardián del bosque no ataca. Suplica. Le promete a Gilgamesh que le dará todos los cedros que quiera si le perdona la vida.
Es Enkidu, el hombre de la naturaleza, quien insiste en matarlo. "No confíes en él", le dice a Gilgamesh. Es una escena extraña. El guardián de la naturaleza ofrece un pacto. El hombre que nació en la naturaleza lo rechaza. Y el resultado es la destrucción del bosque.
La epopeya parece sugerir que la civilización no destruye la naturaleza a pesar de conocer su valor, sino precisamente porque lo conoce. La tentación no es la ignorancia. Es la codicia informada. Cuatro mil años después, seguimos en el mismo dilema.