El Miedo a la Nada: Cómo la Epopeya de Gilgamesh Inventó la Ansiedad Existencial
La ansiedad de la existencia ha sido analizada y abordad por multiples autores, pero quizá sus ideas ya fueron valoradas por un antigulo libro mesopotámico.
Sartre escribió que la existencia precede a la esencia. Camus escribió que el único problema filosófico verdaderamente serio es el suicidio. Heidegger escribió que el ser-hacia-la-muerte es la condición fundamental de la existencia humana.
Todos ellos llegaron tarde.
Cuatro mil años antes, un escriba anónimo de Mesopotamia ya había articulado el mismo problema con una claridad que ningún filósofo posterior ha superado. Lo hizo en forma de historia, no de tratado. Y lo hizo con un personaje que no busca el sentido de la vida en abstracto, sino que lo busca porque acaba de ver morir a su mejor amigo.

El miedo que no tiene nombre
Hay una diferencia fundamental entre el miedo a la muerte y la ansiedad existencial. El miedo a la muerte es el miedo a un evento. La ansiedad existencial es el miedo a lo que la muerte implica: que la vida no tiene un significado inherente, que el universo es indiferente a nuestra existencia, que todo lo que somos y todo lo que amamos desaparecerá sin dejar rastro.
Es el miedo a la nada. Gilgamesh, después de la muerte de Enkidu, no tiene miedo de morir. Tiene miedo de que la muerte de Enkidu no signifique nada. De que su propio dolor no signifique nada. De que toda la grandeza de Uruk no signifique nada frente a la indiferencia del cosmos. Eso es la ansiedad existencial. Y Gilgamesh es el primer personaje literario en experimentarla.
La respuesta mesopotámica al absurdo
Albert Camus, en El mito de Sísifo, argumenta que la respuesta correcta al absurdo no es el suicidio ni la fe ciega, sino la rebelión. La respuesta de Gilgamesh es diferente, pero igualmente sofisticada. No es la rebelión de Camus. Es la construcción.
Cuando Gilgamesh regresa a Uruk y señala las murallas, no está negando la muerte ni rebelándose contra ella. Está señalando algo que la trasciende sin negarla. Las murallas son anteriores a él y serán posteriores a él. Su inmortalidad no está en su cuerpo, sino en su participación en algo más grande que él mismo. Es una respuesta que el existencialismo moderno, con su énfasis en la autenticidad individual, tiende a subestimar. La respuesta de Gilgamesh no es "yo creo mi propio sentido". Es "el sentido existe en la obra colectiva, y mi tarea es contribuir a ella".

La serpiente que muda de piel
Hay un detalle en la epopeya que merece más atención: la serpiente que roba la planta de la inmortalidad y muda de piel. En la tradición mesopotámica, la serpiente que muda de piel era un símbolo de renovación y de inmortalidad. La serpiente no muere: se renueva. Gilgamesh busca la inmortalidad como permanencia. La serpiente le muestra que existe otro tipo de inmortalidad: la de la transformación continua.
Es una distinción que el filósofo Paul Tillich articularía tres mil años después en su concepto de "coraje de ser": la capacidad de afirmar la propia existencia a pesar de la amenaza de la no-existencia, no negando la muerte sino integrándola en una comprensión más amplia de lo que significa existir.
El insomnio de Gilgamesh
La prueba que Utnapishtim le propone a Gilgamesh (permanecer despierto seis días y siete noches) es, en el contexto de la ansiedad existencial, una imagen de una precisión asombrosa. El insomnio es uno de los síntomas más comunes de la ansiedad existencial. Gilgamesh no puede permanecer despierto porque está agotado de hacerse esas preguntas. El sueño no es una debilidad. Es el cuerpo que finalmente se rinde ante la imposibilidad de resolver lo irresoluble.
Y aquí la epopeya hace algo extraordinario: no presenta el fracaso de Gilgamesh como una derrota. Lo presenta como el comienzo de la sabiduría. Solo después de fallar la prueba, solo después de aceptar que no puede vencer al sueño (y por extensión, a la muerte), puede empezar a construir de verdad.

Lo que Gilgamesh le diría a Sartre
Si Gilgamesh pudiera leer a Sartre, probablemente estaría de acuerdo con él en que la existencia precede a la esencia. No nacemos con un propósito predefinido. Lo construimos. Pero probablemente discreparia en el énfasis. Para Sartre, la construcción del sentido es un acto individual y solitario. Para Gilgamesh, la construcción del sentido es colectiva. La inmortalidad no está en el individuo que crea su propio sentido. Está en la obra que trasciende al individuo.
Es una respuesta a la ansiedad existencial que la filosofía occidental, con su énfasis en la autonomía individual, ha tardado mucho en recuperar. Y que, en el contexto de una crisis global que solo puede resolverse colectivamente, tiene una urgencia particular. Como ya señalé en el artículo sobre Inanna y la transformación interior, la tradición mesopotámica tenía una comprensión del yo radicalmente diferente a la occidental: el yo no es una entidad autónoma, sino una entidad relacional. Gilgamesh aprende esto de la manera más difícil posible. Pero lo aprende. Y eso, cuatro mil años después, sigue siendo suficiente.